Literatura

Judíos por cerdos: formas nuevas de horror

Samuel Whelpley

20/05/2026 - 06:15

 

Judíos por cerdos: formas nuevas de horror

 

Sobre “Los Exportados” de Sonia Devillers

A veces me pregunto si es posible que de un acto intrínsecamente malo pueda surgir algo bueno. Supongo que esta discusión es vieja: Si el fin justifica los medios sería otra forma de expresarlo; para preguntas complejas, estos tiempos binarios de bueno-malo no son el momento apropiado para responder con sutileza a esta pregunta. La respuesta es que los casos existen, han existido y seguirán existiendo. Eso pensaba cuando leía Los exportados, novela de la periodista francesa Sonia Devillers.

Siendo un poco cínico, Los exportados no parece decir nada nuevo: trata sobre el tráfico de personas. Y, sin embargo, lo hace desde un ángulo inquietante. A través de una familia que cambia de apellido como quien muda de piel, que en el camino reconstruye una historia de la Rumania comunista: la de un Estado que vendió a sus ciudadanos judíos a cambio de animales vivos (vacas, cerdos), semillas, herramientas agrícolas y, finalmente, dinero. Todo quedó registrado en la maquinaria burocrática del régimen, donde cada vida tenía un precio.

Es Sonia —nieta de una familia judía rumana que renegaba de esa identidad y que pertenecía a la aristocracia cultural del país— quien desentierra este episodio familiar. Historiadores, músicos (uno de los parientes de su abuela compuso el himno nacional rumano), políticos, científicos, escritores: un linaje que la autora reconstruye a partir de la figura de su abuela Gabriela, atravesada por múltiples nombres —Sanilevici por línea materna, Spitzer por la paterna, Greenberg por matrimonio, Deleune tras su llegada a Francia—. Cuatro identidades que condensan vidas diversas, entrelazadas con la historia de Rumania, una historia a poco conocida, pero fascinante.

En ese proceso la autora rememora al apartamento de sus abuelos, que en sus palabras “Esto era para mí Rumania: una multitud de platos colgados en las paredes”. Pero los abuelos no contaron su pasado de forma directa. Lo hicieron de manera fragmentada a través de anécdotas, algunas ingeniosas, que envolvían y envolvían y a la vez ocultaban lo esencial: lo que significó ser judíos en un país que se alineó tempranamente con la Alemania nazi; vivir el antisemitismo social aceptado; asistir al ascenso de una figura tan fascinante como siniestra, el líder fascista Corneliu Zelea Codreanu, fundador de la Legión de San Miguel Arcángel, luego conocida como la Guardia de Hierro. Sufrieron la persecución, pero sobrevivieron acomodándose, y más tarde, tras la derrota de Rumania, la caída del rey y la derrota de los fascistas rumanos, depositaron sus esperanzas en el nuevo régimen comunista, donde incluso llegaron a ocupar posiciones valoradas. Pero ese reconocimiento sería efímero: el Estado terminó por descubrir que resultaban más útiles como mercancía. En su caso, ser intercambiados por cerdos daneses, apreciados por su rendimiento cárnico.

En su investigación, Sonia reconstruye no solo la historia familiar, sino también la trama de ese comercio de vidas humanas. Aparece entonces la figura de Henry Jacober, un comerciante inglés de importación y exportación que oficiaba como intermediario y cobraba su comisión en el proceso, aunque su monto exacto nunca llegó a conocerse. Cifras frías: Hombre, 50 años, buena salud. Valor 10 cerdos daneses.

El libro se sostiene en una cuidada labor documental: datos, archivos, contrastes. Pero también abre la puerta a verdades incómodas. Rumania no fue, como durante mucho tiempo se sostuvo, un territorio relativamente seguro para los judíos durante la guerra. Devillers documenta crímenes cometidos por fuerzas rumanas en Besarabia, Transnistria y regiones de la actual Ucrania. Es un recordatorio de algo sabido, pero a menudo soslayado en los relatos del Holocausto: la participación —activa o pasiva, interesada o circunstancial— de sectores de la población de países aliados u ocupados por Alemania en el genocidio. En esa misma línea, la autora evoca las simpatías fascistas de figuras centrales de la cultura rumana, como Emil Cioran y Mircea Eliade.

El recorrido histórico pasa luego a la llegada de los comunistas quienes pronto añaden un chivo expiatorio nuevo: Los judíos cosmopolitas, que ahora han devenido en sionistas; bueno esos judíos, no sus abuelos que en sus palabras “no se dan por aludidos.” Hasta que la realidad llega a ellos: pronto alguna frase mal dicha, ser amigo de alguien sospechoso o caído en desgracia, precipitará la ruina familiar. En esa histeria antisemita, los abuelos son destituidos de sus cargos, relegados a puestos secundarios, y obligados a autocríticas que no son aceptadas. Obligados, se encierran en su casa, hasta que tras multitud de peripecias, sobornos, desencuentros, son autorizados a emigrar, luego de negociar el comerciante e importador de granos, ganado -y personas- su venta por cerdos daneses. Para las autoridades comunistas, no eran personas, pero tampoco basura; eran mercancías. Y las mercancías se venden al mejor postor. Este se llama Henry Jacober, un personaje tan ambiguo como fascinante. La autora no escapa a la fascinación por el personaje, pero su relato en este punto a un sin salida definitivo, incapaz de formar un juicio definitivo.

El libro se presenta como un viaje a la memoria, narrado de manera lineal: desde la bisabuela hasta la madre, con la abuela como eje. Pero ese recorrido encuentra resistencias: la madre se niega a contar su historia, y deberá deducirlo de las investigaciones que hace en los archivos. Un trauma oculto que no se puede superar.

Se percibe con claridad el oficio periodístico de la autora. Su prosa es sobria, precisa, despojada de sentimentalismo. Narra sin adornos la historia si se quiere de seres humanos ajenos a su destino: intercambiados por animales de granja, reducidos a una descripción y un número. Objetos. Y, sin embargo, esa misma distancia deja una zona en sombra, y contradicciones: en el posfacio del libro la autora cuenta el impacto que el libro produce en su familia, y las reacciones que causa su publicación en Rumania: Muchos que leyeron el texto se lamentan no haber estado en esas listas.  

Ante la ausencia de los abuelos, la autora depende de la memoria fragmentada de los sobrevivientes y no logra responder del todo a una pregunta que queda como deuda: ¿qué sintieron frente a todo lo que vivieron? Pienso que la respuesta, aunque dolorosa, es simple: se limitaron a sobrevivir, a dejar todo atrás y empezar de nuevo con otro nombre en otro país que les ofrecía libertad. A veces no hay opción.

Tal vez esa es la respuesta a mi pregunta: A veces no hay más que alternativas inmorales, y el comerciante inglés Jacober es a la vez las dos caras de una moneda: Un ventajista y un salvador.

 

Samuel Welpley

 

Sobre el autor

Samuel Whelpley

Samuel Whelpley

Profesión: Lector

Barranquillero, con un único título de Ingeniero Civil de la Universidad del Norte. Con una casa, un trabajo, una esposa, una hija y un gato. Amigo de sus amigos. Pésimo bailarín. Ante todo, lector. A ratos dice que escribe. No mucho más que eso. 

 

@SWhelpley samuel.whelpley

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