Literatura
Torta de naranja

–Una cosa es mi deseo de tener un hijo, otra es casarse para tenerlo, ¡carajo!
Ofrece sus palmas y la mirada al aire enfatizando el pensamiento.
–¿Es que hay relación de una cosa con la otra? Noooo. No me vengan con cuentos.
Sus brazos extendidos, una pierna flexionada dando un paso inseguro en la alcoba. La blusa de tirantes a sus pies, su ropa interior doblada en la silla la víspera. El espejo de cuerpo entero era la rutina del día a día, su autoaprobación, las manos ahora se deslizan torneando su esbelta figura, los costados hacía la cadera, carnes elásticas bronceadas, huellas pálidas de tirantes de brasier acariciadas por sus largos dedos “mamá y su tonto pudor. Yo debería broncearme en pelota” huellas pálidas de sus pantaloncitos, el triángulo negro invertido, ahora sus dedos son patas de araña ensortijándose en el ritual de tira y encoge, el pelo abigarrado, el hipogastrio sintiendo el impulso maquinal de contracción y rodillas apretadas, “un hijo” el abdomen ahora plano se hincha en el anhelo y aplaza la locura para cuando sea tiempo, para cuando la semilla germine.
Días antes acudió al médico a causa de sus incapacitantes cólicos menstruales y salió de allí con esa absurda receta:
–El alivio ocurrirá al tener un hijo, señorita. De paso le advierto, no deje pasar demasiado tiempo pues corre el riesgo de quedar infértil.
“Y este individuo ahora quiere aprovecharse. Ja”.
Jugueteó con su cuerpo frente al espejo, las manos se multiplicaron en caricias por doquier, susurró en quejidos: “¿seré fértil, seré estéril?” Ahora se enfrentaba a una respuesta nunca imaginada y aterradora. El espejo se movió sensual, ella abrió sus piernas, las rodillas de nuevo chocaron “seré fértil, seré estéril” Y la escena de la víspera, la conversación seria, “pero si yo apenas tengo 18 años, y eso de pedir la mano, de verse vestida de blanco y la iglesia y los invitados y el arroz, y el hijo, el remedio del doctor, tantas majaderías” su vestido de novia a los pies junto a la blusa, ella erguida en espasmos, senos erectos y pezones frontales, cabello crespo cubriendo los omoplatos, muslos de contornos amurallados, la cabeza giró violenta y quedó luego hacía atrás, las piernas rígidas y un grito agudo escapó de su boca cayendo al suelo con la risa estentórea, satisfecha.
–Niña Cony, ¿se encuentra bien?
–Sí, Lucinda, gritó con la risa, no te preocupes, ya salgo.
Corrió a la ducha, lavó sus malos pensamientos y maldijo al doctor y al porvenir. “Así estoy bien”.
Saludó a Lucinda en la cocina y desayunó. Luego, el delantal puesto sobre un transparente vestido de tela suave, sus manos amasando en el mesón harina, agua, sal, azúcar, huevos, rayadura de naranja en un vaivén adelante y atrás, Lucinda la miraba de reojo moviendo negativa su ancha cabeza y su incrédula mirada, no acertaba a descifrar la extraña presencia de la niña en la cocina.
–¿Usted en esas, niña Cony?
Cony sonreía, ojos de especial brillo dirían los entendidos, “hoy es el cumpleaños de mi novio”.
Se prometió regalarle una buena torta y volverían a hablar lo aplazado, se esperaba una respuesta. Hoy era el día. Jugo de naranja, levadura, una mirada al horno puesto a punto, el molde, el tiempo para el efecto de la levadura, el tiempo dentro del horno, los perversos designios de las recetas para tener un hijo, para hacer una torta, para ser feliz. Tarareó la canción que los unía, una clásica pieza de salsa con la cual copaban entre vueltas y vueltas toda la pista de la discoteca del pueblo y luego desplazó su afecto a Lucinda aplicándole un cariño de harina en la punta de la nariz. Ambas rieron cómplices.
La víspera hubo otro ingrediente, la voz gruesa de su novio fue confusa entre asumir el remedio del médico y un destino ya trazado, no lo entendió, sus dudas, sus interrogantes fueron aplacados por sendos besos, “¿se estaba despidiendo?” una calle oscura, ella ahuecándose contra él en el muro de barro, sintió su boca en el cuello “yo gimiendo como una bestia, carajo”, una sensación de lujuria, rodillas juntas y flexionadas, sus manos agarrando el borde del mesón, el abdomen encogido, sus ojos blanqueados y el sofoco brutal pidiendo aire, el éxtasis echado a perder con un grito animal de furia contenida que se detuvo al instante. Su hermano salió despavorido de allí y ella anticipó el desenlace en casa. Lucinda también gritó advirtiendo el molde de la torta a punto de caer al piso. Cony salió de su éxtasis con la cara enrojecida y respiración agitada. “Ya, Lucinda, tranquila. Ufff”
–Niña Cony ¿en qué estaba pensando?
Otra vez la risa de sus ojos y dientes tranquilizadora, labios sensuales. El asunto de la víspera zanjado con una severa reprimenda paterna.
–Ese tipo no te conviene hija, es un desvergonzado, un corrompido, no respeta a las mujeres y a ti sobre todo que eres apenas una niña. Si no es por tu hermano quien sabe qué hubiera pasado. Dios nos libre.
Y el hermano sapo jactándose de su hazaña en la mesa. Eso fue todo.
–Voy al baño Lucinda jaja, tranquila, no pasa nada. Vigila que no se vaya a quemar la torta.
“¿Seré fértil, seré estéril?” Humedades cómplices en el cesto de papel, se arregló el cabello frente al espejo, reconoció sus vergüenzas en las mejillas rubicundas, se alisó el vestido debajo del delantal.
–Uff.
Y habló en voz alta para que no quedaran dudas:
–Esta torta, es su cumpleaños, él espera de mi una respuesta a su pretensión. La torta va a quedar deliciosa. Es mi sorpresa, no la espera. Se la entregaré con un beso profundo y dejaré mis interrogantes para más adelante.
–¡¿Matrimonio, hijos? ¡Vete a la mierda!
Edgar Arcos
San juan de Pasto






