Literatura

El urólogo vengador

Arnoldo Mestre Arzuaga

08/07/2026 - 06:37

 

El urólogo vengador

 

Lo sé porque me lo contaron. Tampoco recuerdo quién me lo contó; quien lo hizo lo supo por otro a quien también se lo dijeron. De boca en boca se fue propagando hasta convertirse en un hecho de conocimiento público. Sucedió en un pueblito de la costa caribe y ahora se sabe en toda la región. Lo cierto es que hoy en día, a todos los tenorios cebados con las muchachitas impolutas, les gritan a todo pulmón: «¡Cuidado, te va a pasar lo que le hizo el urólogo al cuñao!».

Aunque sé que muchos lectores lo saben, de nuevo se los voy a contar.

José Carlos Muxica, nacido en algún lugar de las sabanas del Perro del Adelantado, era un presumido muchacho que quería diferenciarse de sus paisanos de alguna manera. Su apellido real era Mojica. Parece que en algún texto de historia se encontró a un personaje importante con ese apellido y, desde entonces, lo usó como lo vio por primera vez en aquel texto, sin saber que fueron los esclavos libres desde 1852 a quienes sus amos les permitieron usar su apellido con la condición de que cambiaran la X por la J.

De pelo ensortijado, de mediana estatura, nariz de patacón pisao´ y nalgas que amenazaban subirse a la nuca, eso sí, vestía elegante, con jeans de marcas plagiadas en Panamá, ajustados, y camisas Temu con figuras de animales estampados que realzaban su color achocolatado. También se bañaba en un perfume que una hábil vendedora de revistas le fió triplicándole el precio. Su olor era inconfundible y los vientos alisios veraneros se encargaban de esparcirlo por todo el caserío, lo que estableció la célebre frase: «Por aquí pasó Muxica».

Era coqueto y refinado en su hablar para dar la sensación de que era un hombre culto, aunque sus estudios no pasaron del cuarto de primaria que realizó en la escuela rural de su caserío.

Eso sí, no había muchacha de edad primaveral a la que no enamorara. Con sus promesas de matrimonio les pedía un adelantico y, después de desflorarlas y mancillarlas en su honor con toda clase de vejámenes sexuales, las abandonaba a su suerte.

Todo empezó el día que conoció a Mayerlis, una agraciada jovencita a la que apenas le despuntaban sus mamas. Para entonces podría contar con catorce años. Era morena clara, de cabellos negros, ojos grandes y miradas sostenidas al hablar. Ese día llegó al caserío en compañía de su padre y de su hermanito Fidel. Estaban en la tienda del cachaco Alirio cuando José Carlos la vio por primera vez. Como era sábado, José Carlos se paseaba por todo el caserío. Ese día estaba preparado para cualquier conquista fortuita. Su manera de vestir y su inconfundible olor a perfume de revistas hicieron que Mayerlis notara su presencia. Sin recato alguno, le picó el ojo, la miró fijamente de forma insinuante, de abajo para arriba, y en un descuido de su padre empezó su tarea, que sabía hacer muy bien. Primero la abordó con elogios, resaltándole su belleza; la comparó con la luna en noches oscuras que iluminaba el camino a los viajeros nocturnos. De sus ojos, le dijo mirándola fijamente, que eran como dos luceros que brillaban en el cielo. Finalmente, ensalzó su cuerpo, que era como palmeras mecidas por el viento al andar. La presencia de su padre interrumpió los halagos, pero antes le había dicho que el próximo sábado quería verla de nuevo. Ella, con su mirada afirmativa y una sonrisa picaresca, aceptó la pretensión del recién conocido. Estaba confundida; jamás hombre alguno le había expresado tantas cosas bellas.

En toda la semana recordó todo lo que le dijo José Carlos. Aventuraba su pensamiento en su figura varonil, percibía en su olfato el olor del perfume que le quedó impregnado en su vestido. Ansiosa esperaba la llegada del fin de semana, cuando su padre salía a surtirse de víveres y elementos para realizar su labor.

El sábado siguiente tuvieron más acercamientos. José Carlos esta vez no llegó a la tienda del cachaco Alirio; se apostó al frente, donde era visible para Mayerlis, y le hizo señas para que se acercara. Hábilmente, ella le dijo a su padre que iba a dar una vuelta con su hermanito. A pocos pasos de allí había una romería de gente escuchando a los misioneros. La misión de este grupo de religiosos combinaba objetivos eclesiales, humanitarios y de preservación cultural. Actuaban como mediadores para detener la violencia y ganarse la confianza de las comunidades mediante expediciones pacíficas. Allí estaba la gente de todo el caserío. Esto lo aprovechó José Carlos para confundirse con Mayerlis entre la multitud. La agarró de la mano y la condujo hasta un claro de las sabanas. Su hermanito, por órdenes de ella, se quedó a unos metros de donde se estacionaron. Sin prefacio alguno, José Carlos la atrajo a su pecho, la abrazó fuerte mientras le decía: «No he dejado de pensarte, me enamoré de ti desde que te vi por primera vez». Ella no opuso resistencia alguna. Su corazón latía aceleradamente y expuso su boca para recibir el primer beso de un hombre. Sintió al mundo hundirse a sus pies. Arcoíris de colores y estrellas luminosas pasaron por su mente. Nunca antes había sentido esa sensación. Allí, entre caricias y promesas, estuvieron por más de media hora. El tiempo era su enemigo y no podía permitir que su padre notara la demora de su ausencia. Sin embargo, le dijo a José, como empezó a llamarlo, que su padre trabajaba toda la mañana, regresaba a almorzar y después se iba de nuevo para el trabajo, que podía visitarla en la finca donde ella vivía. Se despidieron con un beso largo con la promesa de verse de nuevo en la finca.

El lunes, a eso de las diez de la mañana, Mayerlis sintió ese olor inconfundible para ella. Lo guardó en su cerebro como si fuera una joya preciosa. Allí estaba José Carlos. Esta vez vestía una pantaloneta negra que combinaba con una camiseta del Junior y, en su cabeza, llevaba puesta una gorra barata del mismo color de la pantaloneta, con las iniciales de los Yanquis de Nueva York. Apenas lo vio venir en una bicicleta, corrió a su encuentro. Se abrazaron y se dieron un beso largo y apasionado en la boca. Fidel observó todo en silencio. Ya su hermana le había informado de la próxima llegada de su amigo que conoció en el caserío y le advirtió que no le fuera a decir nada a su papá. También unos mecatos que llevó José en una mochila hicieron ganarse la confianza del pequeño cuñao. Se puso feliz cuando de la mochila, como si fuera una bolsa mágica, el recién llegado sacó bolsas de chitos, confites y chocolates. Su hermana le ordenó que se adelantara en el camino y vigilara por si acaso venía su padre.

Solos y acostados en una hamaca, el hábil conquistador empezó a acariciar a Mayerlis con más arrebato que la primera vez. Besó sus labios con más libertad, acarició su busto intacto que apenas despuntaba, lo besó y chupó tanto que sus picos se hincharon y enrojecieron. Ella perdió la noción del tiempo. No supo en qué momento su amado la despojó de su ropa interior. Solo reaccionó cuando sintió un ardor en su parte íntima. No lo rechazó; era un ardor que se confundía con un placer jamás sentido por ella. Desde entonces, estos encuentros se volvieron rutinarios. Fidel también, ansioso, esperaba sus golosinas. Apenas las recibía, automáticamente se adelantaba en el camino para actuar como campanero por si acaso aparecía su padre o algún extraño.

En una ocasión, el sol estaba muy templado y Fidel se quedó cerca. Desde su sitio, aunque no veía los pormenores de lo que hacía su hermana, sí podía escuchar claramente los quejidos y las palabras de la pareja en acción:
—No, Jose, por ahí no, me duele mucho.
—Será solo la puntica, te lo prometo —le replicaba con artificio suplicante.
Finalmente, ella lanzó un grito que él calló tapándole la boca con su mano derecha. Hubo un instante de silencio y, finalmente, ella rompió el silencio:
—Me dijiste que la puntica y la metiste hasta el tronco, me arde mucho, José.
Sin inmutarse, la abrazó y la besó mientras le decía:
—Son cosas del amor, ya te acostumbrarás.

Los días y las semanas fueron pasando, y la acción era repetitiva. Fidel, de apenas ocho añitos, escuchaba todo lo que hacía su hermana con José Carlos, aquel extraño hombre que una mañana conocieron en la tienda del cachaco Alirio.

Algo diferente sucedió en el vientre de Mayerlis: se fue abultando, su busto creció y las areolas se tornaron más oscuras y grandes. Una picazón intensa y sensibilidad al roce con su ropa interior la invadía. Además, todo lo que comía lo vomitaba. Todo esto no fue ajeno a su padre, que, indignado y sintiéndose burlado, con una rula colín en el cinto, buscó al causante por todo el caserío. Pero ya este, consciente de su mala acción, había huido del caserío sin rumbo conocido por los moradores de aquel lugar.

Ya habían pasado varios años y muchas cosas habían sucedido. Mayerlis tuvo un hermoso negrito y, después de un tiempo, se comprometió con un joven que llegó de las sabanas de Bolívar a trabajar en la finca que administraba su padre. Fidel se fue a vivir a la ciudad. El patrón de su padre se lo había llevado para que realizara algunas actividades en su casa y, en la noche, estudiara su bachillerato en un colegio municipal. Fue tanto el esmero e interés en el estudio que su patrón le vio, que al terminar sus estudios secundarios le dio un dinero para que se fuera a estudiar a Argentina, donde un amigo le había dicho que allá podía ingresar fácilmente a la facultad de medicina, como así fue.

El tiempo no detuvo su curso. Ahora Fidel era un notable médico urólogo que en poco tiempo ganó fama y ascendencia en la ciudad. Su figura, antes debilitada y larga, ahora era diferente; lucía apuesto y elegante en su andar, a excepción de sus manos que denotaban su trabajo de niño y de juventud ayudando a su padre en el ordeño de las vacas. Eran grandes y de dedos largos y gruesos. Cuando por casualidad dejaba ver el dorso, sus dedos eran como racimos de guineo serrano.

José Carlos también había sufrido algunos cambios. Ya no era el apuesto joven de nariz de patacón pisao, ni dejaba su agradable olor al andar. Ahora sí usaba su apellido heredado de los esclavos en libertad: José Carlos Mojica. Lucía enfermo. Ya no podía hacer figuras en el suelo cuando lanzaba su meado a gran distancia; ahora tenía que hacer malabares para lograr una micción. En las noches se levantaba hasta seis veces a orinar y siempre quedaba con la sensación de querer orinar.

Se había inscrito en el SISBEN y como usuario llegó al consultorio del doctor Fidel. Habían pasado muchos años y no tenía ni idea de quién era el urólogo que lo atendía, a diferencia de Fidel, quien lo reconoció inmediatamente. Lo trató con mucha paciencia. El paciente le contó lo que le sucedía.

—Bueno, amigo, usted lo que tiene es una prostatitis, es decir, la próstata se le ha crecido y se ha inflamado. Ahora lo que tenemos que hacer es verificar si está blanda o endurecida. Para eso es necesario hacerle un tacto rectal. Es algo médico que se le hace a todos los pacientes que sufren de su mismo mal. A regañadientes, José Carlos Mojica aceptó las indicaciones del médico. Después de bajarse el pantalón hasta las rodillas, se apoyó inclinado sobre el escritorio del galeno. Desde esa posición pudo ver cuando este a duras penas pudo calzarse los dedos con un guante que amenazaba romperse por lo grueso de sus dedos. Antes de realizar el examen, Fidel recordó las palabras de su hermanita: «José, por ahí no, me duele mucho». No usó crema alguna. Antes le dijo:

—Será algo rápido, solo introduciré la parte de la falange distal. Al igual que lo hizo con su hermana, también lo sablazó y le introdujo todo el dedo hasta el fondo. Sintió placer cuando el paciente gritó a todo pulmón:

—¡Ayyyy, doctor, duele mucho! Entonces pensó: «Esto por lo que le hiciste a mi hermana Mayerlis». Terminada la consulta, el médico le aconsejó regresar en tres días, que lo más probable era repetir el examen porque tenía algunas dudas; había sentido la próstata endurecida, pero quería estar seguro.

Como así fue, el paciente regresó en varias oportunidades y en cada jornada Fidel iba cambiando de dedos hasta lograr introducir el más grueso y largo.

Hubo cambios en el paciente. Su andar erguido y coqueto ahora era lento y apoyado en un bastón, lo hacía con las piernas abiertas. Era el hazmerreír de la gente, que le gritaba a viva voz: «¡Camina como chencha!».

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

0 Comentarios


Escriba aquí su comentario Autorizo el tratamiento de mis datos según el siguiente Aviso de Privacidad.

Te puede interesar

Panorama Cultural y el Banco de la República convocan el Primer Premio de Periodismo Cultural Ciudad de Valledupar 2012

Panorama Cultural y el Banco de la República convocan el Primer Premio de Periodismo Cultural Ciudad de Valledupar 2012

Con el fin de promover el interés por la cultura y el conocimiento de las principales figuras y expresiones locales, el periódico...

Plagios y escritores ilustres: una relación tormentosa

Plagios y escritores ilustres: una relación tormentosa

En los oídos sigue resonando la noticia del plagio de Alfredo Bryce Echenique. El escritor peruano, autor de “La amigdalitis de...

Cuando leer es aprender a escribir: El juilguero de Donna Tartt

Cuando leer es aprender a escribir: El juilguero de Donna Tartt

En estos últimos días estuve sumergida en un libro de Donna Tartt (Estados Unidos, 1963), una obra que debería ser estudiada en los...

Los diferentes tipos de narradores y sus características

Los diferentes tipos de narradores y sus características

A la hora de contar historias, ya sean reales o ficticias, no solo importa cómo es el mundo que se describe y los acontecimientos que...

Gabo no inventó el Realismo Mágico, solo se sentó a escucharlo

Gabo no inventó el Realismo Mágico, solo se sentó a escucharlo

Aquel día, en las aguas cristalinas del arroyo cerca de Aracataca, un niño trazaba constelaciones en la orilla; jugaba a ser...