Literatura

Memoria de un escribidor

Samuel Whelpley

14/07/2026 - 06:40

 

Memoria de un escribidor
Algunas de las obras publicadas por el escritor Manuel Mejía / Foto: Samuel Whelpley

 

Por razones supersticiosas, creo que moriré a los 84 años. En primer lugar, la edad media de mis padres al fallecer era de 84 años. Mi madre, casi de 82, y mi padre, de 86. Por supuesto, es solo una estimación aproximada de la longevidad, sin base científica. Si mirara la edad de mis abuelos cuando murieron (65, 83, 81 y 50), daría casi 70 años. Entonces la esperanza de vida sí cambia; si sube, digamos, 10 años por generación, pensar que llegar a los 95 no suena descabellado. Pero lo que sí no cambia es una realidad: hay vidas cortas y largas; basta ir a un cementerio para notarlo.

Llevo un tiempo pensando en la muerte; a medida que envejezco parece estar más presente. A mi amigo Teno se le murió su madre hace unos días, de la misma edad que la mía y de la misma enfermedad. Lo llamé a darle el pésame y terminamos hablando de la decisión de su madre de decidirse por la eutanasia; y yo contándole cómo murió mi madre y las decisiones que tuve que tomar. Pensaba en ello cuando organizaba mi biblioteca y me encontré de nuevo con los libros del escritor bogotano Manuel Mejía (1956-2021). Pero no el que piensan, Mejía Vallejo; este era García de los Ríos, y toca aceptarlo, una voz menor en la literatura colombiana.

Murió un 16 de enero del 2021, un día antes de la muerte de mi amigo, el escritor Ramón Illán Bacca; pero me enteré como cinco días después. Un infarto, en Curití (Santander), cuando estaba con su nueva pareja construyendo planes. Lo admiraba profundamente, pues me parecía que su integridad artística, su probidad, era absoluta. A los 45 años había dejado su profesión de abogado por hacer lo que quería hacer: escribir. Lo impulsaba una vocación interna, pero con un buen propósito. Era un hombre que seguía su propio camino, del que no se dejaba distraer ni desviar, y no seguía modas por motivos ajenos al arte mismo. Que su familia no lo entendió, así fue. Su hermano confesó en X que no entendió nunca su decisión.

No padecía esa neurosis que parece aquejar a tantos artistas modernos prominentes: la vanidad de contar el mundo, de diseccionarlo buscando las razones para «deconstruirlo». Nada de literatura negra, de violencia, feminista, queer, de macho alfa en contacto con su lado femenino, experimental. Lo suyo era contar. Para él, la naturaleza, las personas, son dignas de ser representadas como lo habían sido; aunque, como artista, las veía y las representaba a su manera. No era nada original para distinguirse de los demás, ni para darse publicidad, sino simplemente porque seguía su propia visión, la cual mantuvo hasta el final de su vida.

Hasta el 2003, Manuel llevó una vida convencional: estudió Derecho, se especializó, formó una familia, pagó sus cuentas, tuvo amores y desventuras, pero, sobre todo, leyó. Leyó mucho y se volvió amante de lo irreal, tanto que ese año comenzó a escribir como un demente. De una sentada, escribió Y no volvió (2004, Planeta). Haga de cuenta que se rompe un dique y un torrente se lleva todo por delante. Se lleva todo, incluida basura. Eso es Y no volvió. Es fácil de leer, pero mi impresión inicial fue negativa. Me sentía en una tarde de domingo sin novedades y leía el libro porque no había más que hacer: la historia se me hacía larga, confusa y un tanto plana, pese al humor —en ocasiones, el chiste flojo— que campea en el relato, hasta el inesperado final, que saca a flote la historia. Pasa como ciertas películas, donde cinco minutos finales las hacen inolvidables. Aquí son las frases finales. Un conejo salió de la chistera y se ganó el aplauso general.

Después de ese prometedor comienzo vinieron Serpentinas tricolores (2008), Qué chévere (2009), un volumen de cuentos, Relatos y demencias (2011), El Parque del Retiro no es para todos (2014) y La casa por la ventana (2016).

En todas ellas Manuel retoma una serie de personajes de apariencia trivial, nuestros vecinos (no por nada, muchos de los relatos cortos del autor describen situaciones que les pasan a estos, a través del ojo del autor, como si estuviera oteando por la ventana), cuyas vidas sufren inesperados cambios: algunos buscados por cansancio (La casa por la ventana), por error (El Parque del Retiro), o por algo inesperado (Que chévere, Serpentinas tricolores o Y no volvió). Todo un grupo de personajes herederos de una tradición que entronca con Álvaro Salom Becerra, Luis Fayad, José Félix Fuenmayor y Julio Olaciregui. El burócrata sin historia, la ama de casa sufrida, el abogado sin éxito, el arquitecto sin obras, el profesional desempleado, el teniente político en el exilio del poder, etc. Esos son los personajes de sus obras, seres grises sin aparente historia. Mejía es capaz de sacarles una historia inolvidable.

 

Así, en El Parque del Retiro no es para todos, se nos muestran las peripecias del teniente John Vladimir Contreras Mejía, oscuro oficial de provincias, que por un error es nombrado en un alto cargo en la ciudad capital, con todas las prebendas del cargo, y a los pocos meses es destituido, condenado al ostracismo y, desesperado, decide cambiar de nombre y destino y emigrar a España, abandonándolo todo.

Todo ello contado con gracia, con sarcasmo, describiendo personajes que se asociarían en estos tiempos a la corrupción que nos consume. Póngale nombre al escándalo de turno, identifique personajes y lea el libro. Ahí están todos ellos. Cambia el tiempo, pero no la situación. Mejía, además, es pesimista frente al futuro; se indigna por lo que sucede, pero lo expresa en clave de humor. Detrás de esa sonrisa que nos provoca, hay un mundo roto, despedazado, sin futuro. El payaso tiene la sonrisa pintada, parece decirnos.

Qué chévere (2012) es una historia de pocos personajes: el «Arquitecto» Atienza, un encantador sinvergüenza antioqueño, que conquista a Soledad, su atribulada esposa, hija de una familia de muchos apellidos, pero poco dinero, a la que no parece importar nada de lo que sucede; su hija Luz Ligia, una mujer acomplejada por su fealdad, pero de un gran corazón; y el hijo del arquitecto, quien ha heredado su venalidad, mas no su encanto. Todo en medio de una historia de situaciones trágicas, narradas falsamente en un tono ligero, frívolo, a caballo entre Bogotá y Madrid. ¿Cliché? Claro que sí, pero queda una extraña sensación al leer el libro: es un retrato de mediocridades de una clase social que vive de apariencias y en decadencia; personajes en fuga, vueltas por Bogotá, la Costa y Madrid, la telebasura. Todo ello contado de una manera bastante convencional, que al final te deja perplejo. Algo no encaja.

Es un relato donde las mujeres son sufridas, nobles y generosas; mientras los hombres son ausentes, aprovechados y despectivos con ellas. Ni el arquitecto, ni su hijo, ni el esposo de Miriam, un personaje secundario clave en el relato, son seres dignos de simpatía. Resultan vacuos, canallescos, abusadores y aprovechados de las mujeres. Es que Mejía, en el fondo, es un feminista. No le importaría ser mantenido por ellas.

Tal vez Serpentinas tricolores, con sus personajes extravagantes y esperpénticos, relata en clave de humor las peripecias de un grupo de personajes venales en una campaña electoral, sea una obra única en el corpus narrativo del autor. Hay una intención de experimentar subyacente: «Buscar el lado cómico a lo trágico de la vida». Quizá por ello fue finalista del Premio Herralde en el 2008.

Relatos y demencias son ejemplos de la maestría del autor con el cuento, que, en mi opinión, lo hace uno de los mejores autores secretos de este país. Con un tono falsamente ligero, Manuel nos muestra lo mucho de fracaso que hay en nuestras vidas: soledad, incomunicación, sueños abandonados, desesperación.

Pensar en Manuel era, en el fondo, volver al mismo asunto con el que empecé estas líneas: la muerte." El destino de los personajes de Mejía es la oscuridad con tragedia, seres sometidos a una voluntad superior que los hace títeres, sin ellos saberlo. Quizás, como muchos de nosotros. Ese era su acierto. Por eso lo recuerdo hoy. Para mí aún no es El olvido que seremos.

 

Samuel Whelpley

Sobre el autor

Samuel Whelpley

Samuel Whelpley

Profesión: Lector

Barranquillero, con un único título de Ingeniero Civil de la Universidad del Norte. Con una casa, un trabajo, una esposa, una hija y un gato. Amigo de sus amigos. Pésimo bailarín. Ante todo, lector. A ratos dice que escribe. No mucho más que eso. 

 

@SWhelpley samuel.whelpley

1 Comentarios


Emma Claus 29-07-2026 12:18 PM

Me ha encantado esta reseña; la leí con verdadero deleite. Muchas gracias por acercarnos a Manuel Mejía, un autor con el que tengo una deuda pendiente desde hace tiempo. Después de tus recomendaciones, estoy segura de que disfrutaré mucho la lectura de sus libros.

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