Literatura
Envejecer

Me tropecé con un poema de Mathew Arnold titulado Growing Old (Envejecer) que dice en unos apartes:
¿Qué es envejecer?
¿Es perder la gloria del aspecto,
el brillo de los ojos?
¿Es para la belleza prevalecer a su ofrenda floral?
Sí, pero no solo para esto.
(…..)
Ah, ¡no es lo que en la juventud soñamos que sería!
No se trata de tener nuestra vida
apacible y menos intransigente, al igual que con el resplandor del crepúsculo,
¡un declive de los días dorados!
Novelista, poeta y escritor victoriano, Mathew Arnold (1822-1888) forma parte de una familia de lustre artístico. Su padre fue Thomas Arnold (1795-1842), el pedagogo que reformó la educación británica; su hija fue una escritora que firmaba como Mrs. Humphry Ward, y fue tío abuelo del escritor Aldous Huxley. Es mucho más valorado por su poesía, escrita en la época victoriana, y en ocasiones es señalado como uno de los mejores poetas de esa época. Por desgracia, pocas traducciones existen de sus poemas al español. Envejecer es uno de sus poemas mas citados en gran medida por su mensaje que la vida es “presente continuo”
Leo que Arnold escribió lamentando la pérdida de la juventud cuando tenía 44 años, cuando la vejez llegaba mucho antes. En un drama histórico de Shakespeare, Ricardo II, se puede leer «Anciano Juan de Gante». Cuando lees que Juan de Gante llegó a los 59 años, caes en cuenta de que la vejez se va retrasando, como si fuera una construcción del Estado. Hoy preguntas cuándo se es oficialmente viejo y la respuesta varía: si he de creer las tarjetas del Transmetro, a los 60; si leo un proyecto de vivienda para «adultos mayores», a los 65, y si he de creer a la televisión, a los 75. Hoy vivimos más, lo que desmiente que todo tiempo pasado fue mejor. Yo soy, como diría el escribidor de Vargas Llosa, «un hombre en la flor de la edad» (lean La tía Julia y sabrán la respuesta). No soy, pues, ni viejo ni joven.
Con todo, Arnold nos advierte que lo peor está por venir. No es solo nuestra vanidad la que se ve afectada por la edad. No solo nuestro esplendor, dice, sino que nuestra fuerza se debilita, cada extremidad se vuelve más rígida, cada función es menos precisa y cada nervio está más laxo. Nos resistimos, pero ahí está la evidencia. Hoy, cuando camino por la ciudad, más o menos tan rápido como puedo, me encuentro que jóvenes, incluso mujeres, me adelantan sin mostrar prisa ni esfuerzo alguno. Antes caminaba rápido, no porque estuviera ocupado y sin tiempo. Ahora, sin embargo, me doy cuenta de que soy relativamente lento. Me da vergüenza hablar de salud con mis compañeros de graduación, porque, después de escucharles todo lo que toman y para qué (diabetes, depresión, estrés, gastritis, presión alta, etc.), salir con que a veces tomo omeprazol —y se me olvida— da vergüenza. Para mi eso de edad=enfermedad, no se da todavía. Creo que la salud, al menos ahora, no me ha jugado una mala pasada. Si es mérito mío o de una buena genética, diría que algo de los dos.
Hablaba hace algún tiempo de enfermedades con un amigo y le decía dos cosas: una, que los médicos te recuerdan que te cuides, que tengas hábitos saludables; y dos, que hay algo que no te dicen, pero te preguntan: de que enfermedades sufre tu familia; un recuerdo que la genética importa. Y le recordaba el caso de Jim Fixx, un pionero del running que falleció a los 52 años corriendo, víctima de un infarto fulminante. En ese momento la sorpresa fue enorme, pero cuando se supo que su padre y un tío habían sufrido ataques cardíacos antes de los 40, y que Fixx fumó hasta los 36, se pensó que, pese a todo, el ejercicio sí mejora la longevidad y la calidad de vida. Y añado los avances en la ciencia médica: la causa del infarto de Fixx hubiera podido ser detectada y tratada de inmediato si se hubieran tenido las herramientas en ese momento (1984).
Pero, regresando a Arnold, su visión del envejecimiento es totalmente pesimista y carece de consuelo explícito. Nos dice que envejecer:
Es pasar largos días
y ni una sola vez sentir que alguna vez fuimos jóvenes…
Es decir, que el declive físico es también emocional, atrapados en lo que ve como un presente doloroso.
¿Existen consuelos en la vejez? No sabría decirlo. El escritor E. M. Forster confesaba que desde joven vivió obsesionado con el sexo y esperaba que a los 60 desapareciera; a los 90 seguía pensando en cuándo se acabaría esa obsesión. El escritor caleño —y pornógrafo— Hernán Hoyos decía algo parecido: «Lo peor de ser viejo es conseguir una cita». Para algunos, la vida no tiene sentido; hay otros que conservan la alegría de vivir hasta el final.
Con todo, eso no es lo peor para Arnold. La última parte del poema dice:
Es —la última etapa de todo—
cuando nos congelamos por dentro, y bastante
el fantasma de nosotros mismos,
para escuchar al mundo aplaudir al fantasma vacuo
a quien culpó el hombre vivo.
En otras palabras, cuando la gente nos trata bien en la vejez y elogia nuestro pasado, ya sean nuestros logros o nuestro carácter, en realidad no es más que una forma prematura del comportamiento de no hablar mal de los muertos, porque nos encontramos en la antesala de ello. Muertos en vida, nos dice de forma pesimista Arnold.
Pero el pesimismo bien expresado tiene un efecto paradójico. No deprime, sino que eleva el ánimo. Cuando leemos Envejecer, aunque ya hayamos envejecido, no estamos sumidos en el abismo; pues, si lo estuviéramos, no seríamos capaces de leerlo. Por lo tanto, mientras signifique algo para nosotros o nos conmueva, tendremos un motivo para vivir. La tristeza del poema enriquece la vida.
Samuel Whelpley






