Literatura

Patrimonio de todos

Diego Niño

06/08/2026 - 07:40

 

Patrimonio de todos

 

1.

Martha corrigió una celda mal digitada, abrió una pestaña, revisó la cifra y regresó al archivo de Excel. Sus dedos estaban suspendidos sobre el teclado. No recordó dónde debía realizar el cambio. En lugar de regresar a la pestaña anterior, abrió Google Maps y buscó a Buenos aires. Tomó el muñeco amarillo de la esquina inferior izquierda y lo arrojó sobre una línea azul. Se abrió una calle en la que caminaban señores con bastón y mujeres con faldas hasta la rodilla.

Martha no escuchaba el zumbido del aire acondicionado de la oficina que estaba en el séptimo piso de un edificio sobre la calle Cien, a veinte metros de la autopista Norte. Los vidrios atenuaban el rumor de los buses articulados, abarrotados de personas, y de las motos que culebreaban entre los carros. Contempló el separador de la autopista Norte y la valla publicitaria que rompía la monotonía cromática. El ochenta por ciento estaba ocupado por la cara de Angélica Zuluaga. Sus labios, tan perfectos como su piel, atraían la mirada de los peatones. Esa cara no necesita un perfume para atraer a los hombres, pensó Martha al tiempo que sacaba la botella de bloqueador solar FPS 50+ del primer cajón de la derecha. Con esa sonrisa lograría lo que quisiera, concluyó.

Lanzó crema sobre la palma de su mano, hundió las yemas y las llevó a sus pómulos. El roce de la crema le disparó un recuerdo nítido: domingo, el televisor encendido y Naturalia, retumbando en el comedor. Su hermano veía la jauría de leones que deambulaban por las llanuras del Serengueti. Su mamá, tan alta como agreste, sacó el pollo del plato de su hermano y lo arrojó sobre su arroz. Martha la miró como si su mamá hubiera cometido una imprudencia.

Usted parece una lagartija —dijo su mamá al tiempo que le rozaba su mejilla con los dientes del tenedor—. Dios le dio esa cara para que tenga dinero y no sufra necesidades. ¡Cuídese! ¡Coma bien!

—Usted solo piensa en plata. 

—¡Estúpida! —gritó la mamá al tiempo que le apretó las mejillas con la tenaza de sus dedos índice y pulgar—. Usted no sabe cuánto vale un plato de comida. Ojalá yo hubiera tenido la suerte de mi suegra, su abuela, quien tuvo un hijo con un contador. En cambio, a mí me tocó conocer a mi papá en la notaría, a los quince años, cuando me dio un apellido que solo traía deudas y vergüenza.

*

Camilo salió de la cocina con un pocillo que esparcía el aroma del café por todos los rincones de la oficina. Martha guardó el bloqueador solar en el cajón del escritorio. Él se detuvo frente al escritorio de Julieta, con las piernas abiertas y la pelvis ligeramente inclinada hacia adelante. Contemplaba la publicidad con la misma sonrisa que usaba para decir vulgaridades o hablar de su hijo.

—Angélica Zuluaga es lo mejor que ha parido este planeta —afirmó Camilo sin dejar de sonreír.  

—No sea pendejo; es un montaje —replicó Julieta—. Angélica no es real.

—¡Cuál montaje! No sea envidiosa.

Julieta blanqueó los ojos al tiempo que negaba con un movimiento de la cabeza.

—Mejor póngase a trabajar —dijo Julieta con la voz más temblorosa que de costumbre. Le dio la espalda a Camilo para mirar la pantalla de su computador. Tenía abierto Photoshop. Llevaba toda la mañana aplicándole filtros a una foto en la que ella sonríe, sola, en la playa.  

Martha sintió un dolor que le rozó la boca del estómago. Las palabras de Camilo le revolvieron las entrañas igual que si hubiera dicho algo sobre ella o su mamá.

 

2.

A las dos de la tarde, Martha apartó los ojos de la pantalla, como le recomendó el oftalmólogo. Tres sombras atrajeron su atención. Avanzaban entre la multitud que transitaban por el puente peatonal. Se detuvieron frente al anuncio con una coordinación que parecía ensayada. Sacaron bolsas de debajo de sus chaquetas y las lanzaron contra la cara de Angélica. Las bolsas estallaron y la pintura roja se abrió con una lentitud espesa, casi vegetal.

—¡Jueputa! —gritó Martha al tiempo que se tocó la mejilla derecha.

Todos se levantaron de sus sillas para acercarse a la ventana con los celulares desbloqueados. Camilo grababa, Julieta tomaba fotos y Florecita sostenía el celular, pero no hacía nada con él. Finalmente lo guardó, bajó la mirada y se fue a la cocina. Tomó un trapo para frotar el mesón con la misma energía con la que la mamá de Martha limpiaba casas ajenas.

—Esto se va directo a Instagram —aseguró Camilo mientras caminaba hacia su escritorio. 

Martha continuaba en la silla, incapaz de moverse. Sentía que las paredes se le venían encima, el vidrio se opacaba y el puente peatonal vibraba. Tocó su piel en busca de las protuberancias que no existían. Parecía que el ataque hubiera revertido su cirugía. El zumbido del aire acondicionado se distorsionó hasta transformarse en el silbido de una lámpara quirúrgica. La oficina olió a alcohol al 70%, el tufo de medicamentos invadió el cubículo y la cesta no contenía papeles sino gasas ensangrentadas.

Movió la cabeza cuando la doctora intentó hundir la aguja en su mejilla derecha.

—¡Tranquila! No duele.

Martha la miró a los ojos.

—En quince minutos será una mujer nueva —aseguró la doctora antes de tomar el escalpelo.

—¿Qué tiene de malo la mujer vieja? —preguntó Martha para aplazar el inicio del procedimiento.

—¿Cuál mujer vieja?

—¡Yo!… la mujer que está acostada en la camilla… ¿qué tiene de malo? 

—No me diga que se encariño con los lunares. A ningún hombre le gustan las imperfecciones. 

—No me importa lo que piensen los hombres.

La frase flotó en la densidad del quirófano y continuaba vibrando en el aire de la oficina del séptimo piso. En el computador Buenos Aires era una cuadrícula con la herida de la avenida Veinte de julio en la mitad. Martha miró a los dos costados, pero nadie se dio cuenta de su huida hacia el pasado. Toda la atención estaba puesta en la agresión contra la valla en la que Angélica Zuluaga continuaba sonriendo a pesar de los impactos.  

 

3. 

La mancha seguía en el mismo lugar, igual que los dedos de Martha sobre su mejilla derecha. La base de datos descargaba lentamente. El conteo regresivo pasó de minutos a horas. Abrió la ventana de Soporte, escribió el asunto, pero borró la línea. Volvió a escribirla. La borró de nuevo. Había algo cómodo en la pereza del archivo que no quería perturbar.  

Julieta se acercó para preguntarle por un informe del que no tenía la menor idea.

—En un rato trabajo en eso —aseguró Martha sin apartar los ojos de su pantalla—. Por ahora debo terminar con la tabla. 

La base de datos terminó de descargar. Florecita limpiaba la ventana con determinación. Se detuvo cuando sintió la mirada de Martha. Sonrió mientras apuntaba con el mentón hacia un rincón de la oficina. Martha giró la cabeza. En una esquina Camilo le hablaba a Julieta cerca de su oído enrojecido. Ella sonreía mientras jugueteaba con la corbata de Camilo. Él movía el anillo con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda. Martha conocía ese gesto porque lo había visto cuando él esperaba que lo llamaran para la entrevista. También lo hizo cuando presentó a su esposa en la oficina. Era una mujer demasiado joven para él.

Martha, en lugar de continuar con el informe, abrió la ventana del Google Maps para deambular por las calles de Buenos Aires. Ampliaba la imagen en cada esquina de la calle Corrientes para leer el nombre que intentaba aprender de memoria. Aspiraba como si las imágenes tuvieran el aroma de las esquinas oscurecidas por el humo de los carros.

Cerró Google Maps y abrió el archivo de Excel. Copió columnas, pegó cifras, corrigió errores. Sus dedos se movían solos. Cada tanto levantaba los ojos para encontrarse con los ojos de Florecita, quien le recordaba a su mamá, que limpió casas hasta que la artritis la postró en la cama. En la autopista Norte, un articulado se detuvo con el sonido de frenos de aire. Martha contó los segundos que tardó en arrancar. Sesenta. El mismo número de meses que llevaba en ese edificio de paredes gruesas y ventanales de piso a techo. Los mismos cinco años del doctorado en Buenos Aires que no hizo porque tenía que cuidar a su mamá.

A las cinco y cuarenta apagó el computador, sacó el bolso del cajón del escritorio y caminó hacia el ascensor.

 

4.

La fila para tomar el bus iniciaba en el primer escalón del puente peatonal y terminaba en la estación. Cientos de personas avanzaban con lentitud mineral.

Cuando llegó a la mitad del puente, se dio cuenta de que la valla perdía la autoridad que tenía desde la oficina. Los remaches oxidados y la suciedad acumulada en los bordes. La pintura se había secado igual que la costra de una herida que empieza a cerrar.

Sonó el teléfono. Lo sacó del bolsillo. Era uno de los tantos hombres que la asedian desde que cumplió quince años. Rechazó la llamada y guardó el teléfono mientras contemplaba el papel desgarrado. Debajo emergía el logotipo del banco Cafetero y la frase: “patrimonio de todos”.

Los articulados pasaban con el estruendo de veinte toneladas de latas, tornillos y personas. Hubo un conato de pelea a causa de una pareja que quiso colarse, pero los insultos los enviaron al inicio de la fila.

Sacó el teléfono y abrió Google para buscar la página de la agencia de publicidad. Digitó el número de atención al cliente. Colgó al segundo timbrazo. Negó con la cabeza y avanzó veinte centímetros. Resopló. Marcó el número de nuevo. Respondió la operadora con el tono de quien quiere irse a la casa. Le pidió su nombre y el motivo de la llamada. Martha dijo que llamaba para reportar el daño en la valla de la Calle 100.

—No se preocupe: la cuadrilla saldrá a las siete de la noche.

—No se molesten: por fin Angélica parece una mujer normal, con cicatrices e imperfecciones —afirmó Martha antes de colgar.  

 

Diego Niño

@diego_ninho

 

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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