Literatura

Viaje a Atlántida

Samuel Whelpley

12/08/2026 - 07:05

 

Viaje a Atlántida

 

En estos días, con La Odisea de Nolan, se ha puesto de nuevo en boga Ítaca, el poema de Constantino Kavafis que hace, a partir del viaje de Ulises, una metáfora de la vida. El poema es un viaje emocional donde se nos invita a disfrutar del viaje y, como leí en alguna parte, las casualidades no existen, yo me tropecé con el poema  Atlántida de W. H. Auden (1904-1973).

Auden es quizás, después de Eliot y Pound, el gran poeta en lengua inglesa, dueño de una versatilidad técnica que fusiona lo clásico con el compromiso político y social y la reflexión psicológica. Todo ello contado en tono coloquial y cercano.

Cuando leía el poema, la asociación con el poema de Kavafis fue algo inevitable. Al parecer, el poema fue escrito en 1941, después de la lectura de una traducción francesa del poeta griego que, como curiosidad, era de propiedad de Marguerite Yourcenar.

El momento, sin duda, es importante: ha iniciado la II Guerra Mundial, después de años turbulentos; el poeta reside en Nueva York, ha vuelto al cristianismo y las reflexiones están a la luz del día. Auden ha leído a Jung y en el poema refleja las tensiones de 1941 a través de alegorías sobre el exilio, la culpa de la guerra y la desilusión con las ideologías políticas de la época.

Como se señaló, es un poema inspirado en su estructura en el poema de Kavafis, pero ahí acaban los parecidos. El viaje a Atlántida es una búsqueda de lo individual del ser humano y puede leerse de multitud de maneras. Esa multitud de lecturas lo hace una obra fascinante; por desgracia, no encontré una traducción del poema, por lo que decidí acometer la mía:

Atlántida

Decidido como estás
a llegar a la Atlántida,
ya habrás descubierto, naturalmente,
que este año sólo la nave de los Locos (1)
emprende la travesía;
se anuncian vendavales
de violencia extraordinaria,
de modo que tendrás que estar dispuesto
a hacer bastante el ridículo
para pasar por uno de los muchachos,
o al menos aparentar que amas
del licor fuerte,
las bromas pesadas
y el estrépito.

Si las tormentas, como bien pudiera ocurrir,
te obligan a permanecer una semana fondeado
en alguna antigua ciudad portuaria
de Jonia,
conversa entonces con sus ingeniosos sabios,
hombres que han demostrado
que no existe un lugar llamado Atlántida.
Aprende su lógica,
pero advierte cómo su sutileza
delata una inmensa y clara aflicción.
Ellos te enseñarán
la forma de dudar
para que puedas creer.

Si más tarde encallas
entre los promontorios de Tracia,
donde una raza bárbara y desnuda,
a la luz de las antorchas,
salta frenética toda la noche
al son de las caracolas
y del gong discordante,
desnúdate también
y baila;
porque mientras no seas capaz
de olvidar por completo la Atlántida,
jamás concluirás tu viaje.

Y si llegas después
a la alegre Cartago o a Corinto,
participa de su inagotable alegría.
Y si, en alguna taberna,
una prostituta,
mientras acaricia tu cabello,
te dice:
«Esta es la Atlántida, querido»,
escucha atentamente
la historia de su vida;
porque, si ahora no llegas a conocer
cada uno de los refugios
que pretende hacerse pasar por la Atlántida,
¿cómo reconocerás la verdadera?

Supón que al fin desembarcas
cerca de la Atlántida
y emprendes aquella terrible marcha
hacia el interior,
por bosques miserables
y tundras heladas,
donde tantos terminan por perderse.
Si entonces,
abandonado,
permaneces en pie
entre el rechazo,
la piedra y la nieve,
el silencio y el aire,
recuerda a los grandes muertos
y honra el destino que eres:
viajero y atormentado,
dialéctico y extraño.

Sigue adelante,
tambaleándote, pero jubiloso.
Y aun si, acaso,
después de haber alcanzado
el último collado,
caes exhausto
con toda la Atlántida resplandeciendo
a tus pies,
sin que puedas descender hasta ella,
deberías sentirte orgulloso
incluso de haber recibido
el privilegio
de contemplarla apenas
en una visión poética.

Da gracias a la poesía
y acuéstate en paz,
después de haber contemplado
tu salvación.
Todos los pequeños dioses del hogar
han comenzado a llorar;
pero despídete ahora
y hazte a la mar.
Adiós, querido; adiós.

Que Hermes,
señor de los caminos,
y los cuatro pequeños cabirios (2)
te protejan
y te acompañen siempre.
Y que el Anciano de los Días (3)
disponga para todo cuanto debas hacer
de su invisible guía,
alzando sobre ti,
la luz de su rostro.

W. H. Auden

Quizás la lectura del poema Atlántida nos señale que la meta del viaje humano no es el destino o las experiencias de vida, sino la transformación espiritual y ética que sufre el viajero al buscarlo.

Coda: Obviamente, toda traducción es susceptible de revisión y/o corrección.  Se usaron varias herramientas de traducción, que sirvieron para contrastar la idea que tenía del texto al traducir. Todas las observaciones son bien recibidas.

 

Samuel Whelpley

 

Notas:

  1. Alusión al cuadro de Jerónimo Bosco del mismo nombre
  2. Los cabirios o cabiros, son deidades del inframundo griego, protectores de los marineros, y por extensión en el poema, de los viajeros
  3. El Anciano de los Días es un nombre usado en la Biblia para referirse a Dios. Se encuentra en Daniel 7. 13-14. La versión usada es sacada de la versión Reina-Valera

Sobre el autor

Samuel Whelpley

Samuel Whelpley

Profesión: Lector

Barranquillero, con un único título de Ingeniero Civil de la Universidad del Norte. Con una casa, un trabajo, una esposa, una hija y un gato. Amigo de sus amigos. Pésimo bailarín. Ante todo, lector. A ratos dice que escribe. No mucho más que eso. 

 

@SWhelpley samuel.whelpley

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