Literatura

Diana Mogollón: cuando la vida se convierte en poesía

Luis Carlos Guerra Ávila

25/08/2026 - 06:45

 

Diana Mogollón: cuando la vida se convierte en poesía

 

Diana Mogollón es la tercera de seis hermanos: cinco mujeres y un varón, en una familia unida por los afectos, el trabajo y los valores heredados de sus padres.

Nació en el municipio de Agustín Codazzi, Cesar, el 26 de enero de 1971, aunque en su cédula de ciudadanía figura como fecha de nacimiento el 28 de enero. Esta diferencia nunca fue para ella motivo de mayor preocupación, ni se detuvo a averiguar el origen de aquella inconsistencia que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en una curiosa anécdota de su propia historia.

Sus padres, reconocidos comerciantes de la localidad, inculcaron en sus hijos valores como el respeto, el trabajo y la obediencia. Por esta razón, la infancia de Diana transcurrió quizá de una manera diferente a la de otros niños de su edad. Aunque disfrutaba de los juegos tradicionales de aquella época, desde muy pequeña también estuvo vinculada a las actividades comerciales de su familia.

Inició sus estudios de primaria en la Escuela Santa Rita y “Las Monjas”Coldipas, alternaba sus responsabilidades escolares con la venta y comercialización de diferentes productos. Así, mientras aprendía las primeras lecciones en las aulas, también comenzaba a conocer el valor del trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad.

Su primera subida a la Serranía del Perijá marcó profundamente su vida. Desde aquel momento sintió una conexión inmediata con la naturaleza. El olor de la sierra era distinto al del pueblo; tenía para ella una esencia particular, difícil de olvidar.

Recolectar café y frutas, acariciar los animales, recorrer los caminos y convivir con la naturaleza se convirtieron en experiencias que disfrutaba intensamente. Cada instante vivido en aquellas montañas fue dejando una huella en su memoria.

Los aromas del café, de las frutas, de la tierra húmeda y de la vegetación fueron impregnándose poco a poco en su vida, hasta convertirse, muchos años después, en parte de la sensibilidad con la que contempla y escribe sobre el Perijá.

En la escuela, Diana no fue precisamente la mejor estudiante ni aquella alumna modelo que todo padre anhela. Tal vez su rebeldía encontraba otras formas de manifestarse, dejando ver cualidades y destrezas que no siempre tenían relación con las exigencias académicas.

Desde muy joven comenzó a sentir una especial atracción por la escritura. En cierta ocasión escribió unas líneas de carácter literario en uno de sus cuadernos. Su hermana en cuarto grado, al descubrirlas, le llamó la atención y le advirtió que su madre podría castigarla por estar dedicando el tiempo a escribir en lugar de atender otras obligaciones.

Tanto insistió su hermana que, en un momento de aflicción, terminaron quemando aquellas páginas. El hecho produjo en Diana una profunda decepción, pues ya sentía un verdadero gusto por escribir.

Aquel pequeño episodio de infancia, aparentemente sencillo, dejó una huella en su memoria: detrás de la niña inquieta y rebelde comenzaba a revelarse, casi en silencio, una sensibilidad que años más tarde encontraría en la palabra y en la poesía una de sus formas más naturales de expresión.

Ingresar al Colegio Nacional Agustín Codazzi, para continuar el bachillerato, representó para Diana uno de esos desafíos propios de la adolescencia: nuevos amigos, nuevos profesores y nuevas experiencias que comenzaban a ampliar su manera de ver la vida.

Sus cambios físicos también hicieron parte de aquella etapa. El espejo le mostraba que su cuerpo ya no era el mismo y que su belleza empezaba a llamar la atención de jóvenes que buscaban acercarse a ella y hacerse notar.

Diana tenía una forma muy particular de vestir y acostumbraba llevar su abundante cabello al descubierto. Era parte de su personalidad. Tanto así que una profesora solía aconsejarle que se lo cortara; sin embargo, Diana siempre encontraba las palabras y los argumentos suficientes para convencerla de que le permitiera entrar a clase tal como era.

Durante esos años descubrió también que las matemáticas podían despertar su interés. Incluso llegó a recibir elogios de su profesor por las habilidades que demostraba en la materia, aunque nunca hizo alarde de ello ni buscó destacarse por encima de los demás.

El bachillerato trajo consigo también las primeras historias de cortejo. Hubo un pretendiente especialmente persistente que, según recuerda Diana, llegó a dedicarle más de quinientas serenatas y acostumbraba celebrar sus cumpleaños y fechas especiales en la panadería de CODECO.

A pesar de tantos detalles, canciones y muestras de afecto, Diana jamás le dio un sí. Aquella historia quedó como una de esas curiosas memorias de juventud que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de la historia personal de quien las vivió.

Desde muy joven, Diana fue una enamorada empedernida de las fiestas tradicionales de su pueblo. Celebraciones como la Divina Pastora, la Vaca Loca, la Gigantona y las fiestas de los indígenas despertaban en ella una alegría especial y reforzaban su vínculo con las costumbres y la identidad de Agustín Codazzi.

Disfrutaba cada detalle de aquellas jornadas: comprar un raspao, comer crispetas, llevar globos y recorrer los espacios llenos de música, color y tradición. Todo le fascinaba.

Ese entusiasmo no quedó limitado a su juventud. Con el paso de los años y ya en su vida adulta, Diana continuó sintiendo el mismo afecto por estas celebraciones, conservándolas como parte esencial de sus recuerdos, de su identidad y de su amor por la tierra que la vio crecer.

Terminó la secundaria en 1988. Para entonces, ya había escrito cuentos y poesías que mantenía en el anonimato, como si su vocación por la creación literaria permaneciera escondida en su interior, semejante a un volcán dormido.

La escritura ya hacía parte de su vida, aunque todavía no se atreviera a mostrarla abiertamente. Guardaba sus textos con discreción, mientras aquella sensibilidad por las palabras continuaba creciendo en silencio.

En 1990 contrajo matrimonio y de aquella unión nacieron cuatro hijos. Durante esos años, Diana dedicó gran parte de su vida a la crianza de sus hijos y a los quehaceres del hogar, sin dejar de lado su vocación de servicio y su interés por la educación.

También ejerció como profesora en el área rural hasta 1995. Durante esta etapa, la Secretaría de Educación le brindó la oportunidad de capacitarse y obtuvo el título de Bachiller Pedagógico en el Centro Educativo Nuestra Señora de la Paz, en Santa Marta, Magdalena.

Paralelamente, continuó vinculada de alguna manera al comercio, actividad que hacía parte de su historia familiar y de las enseñanzas que sus padres habían inculcado desde la infancia: el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo.

Sin embargo, su amor por las letras parecía brotar cada vez con más fuerza desde lo profundo de sus entrañas. Aquella vocación que durante años había permanecido como un volcán dormido comenzaba a reclamar su propio espacio.

Decidida a continuar su formación, ingresó a la Universidad del Atlántico, donde obtuvo el título de Licenciada en Educación Básica con énfasis en Español y Literatura, obteniendo el primer lugar en la tesis de grado, en el año de 1.999. De esta manera, la educación y las letras terminaron encontrándose en un mismo camino, fortaleciendo una vocación que había acompañado a Diana desde aquellos primeros escritos guardados en secreto durante su niñez y juventud.

Diana no ha sido ajena a los conflictos, a los momentos dolorosos ni a las situaciones difíciles que han marcado la historia del país y su propia vida.

En 2003, su esposo fue secuestrado por un grupo subversivo, hecho que sumió a la familia en momentos de profunda angustia, incertidumbre y desesperación. Fue una experiencia que dejó huellas imborrables y puso a prueba su fortaleza personal y familiar.

Años más tarde, en 2014, Diana enfrentó una de las pérdidas más dolorosas de su vida: el fallecimiento de su madre, con quien mantenía una relación entrañable. Más que madre e hija, eran confidentes, cómplices y compañeras inseparables. Su madre era para Diana refugio, consejo, ternura y amor.

De manera especial, Diana recuerda que su madre le pidió que no la llorara el mismo día de su fallecimiento, uno de esos misterios de la vida que permanecen guardados para siempre en la memoria y en el corazón.

En 2020, falleció también su padre, otra pérdida profundamente significativa. De él conserva igualmente el recuerdo de una despedida especial, como si la vida le hubiera permitido cerrar aquel vínculo desde el afecto y la memoria.

Estas experiencias de dolor, ausencia y pérdida no apagaron su sensibilidad; por el contrario, fueron sumándose a ese universo interior desde el cual Diana contempla la vida, el amor, la nostalgia y la muerte, sentimientos que posteriormente encontrarían también un lugar dentro de su escritura.

Entre los escritos de Diana Mogollón se encuentran numerosas historias y composiciones inéditas que, poco a poco, podrán ser conocidas por sus lectores. Entre sus próximos proyectos se encuentra la publicación en Colombia de un nuevo libro de poesías titulado Mi lápida pesada, obra que reúne parte de su sensibilidad, sus vivencias y su manera particular de transformar las emociones en versos.

Su producción literaria también comprende poemas infantiles, entre ellos: Dr. Podólogo, La naranja y el limón, Doña Lápiz y don Borrador, La piña y la manzana, Pasarela de la mar, Mi linda mamá, El girasol y la rosa, El trompo bailarín y La pera y sus alpargatas, entre muchos otros. Esta diversidad temática refleja una faceta creativa que abarca tanto la poesía dirigida al público adulto como aquella pensada para despertar la imaginación de los niños.

Diana también ha participado en espacios literarios fuera de Colombia. Ha escrito para una revista del Perú y ha sido invitada a distintos países y ciudades colombianas para declamar sus poemas, recibiendo el reconocimiento y el afecto del público durante sus intervenciones.

En otra etapa de su trayectoria, dirigió la revista Integración, de APROCODA, experiencia que le permitió fortalecer aún más su vínculo con la escritura, la cultura y la divulgación de contenidos.

Como escritor, poeta y compositor, auguro muchos éxitos a esta gran mujer de letras. Su sensibilidad, perseverancia y amor por la poesía permiten vislumbrar una obra que continuará creciendo y encontrando nuevos lectores.

Diana Mogollón, escritora y poeta, sigue dejando en cada verso una parte de su historia, de sus sentimientos y de la tierra que habita en su memoria.

 

Luis Carlos Guerra Ávila

“Tachi Guerra”

Sobre el autor

Luis Carlos Guerra Ávila

Luis Carlos Guerra Ávila

Magiriaimo Literario

Luis Carlos "El tachi" Guerra Avila nació en Codazzi, Cesar, un 09-04-62. Escritor, compositor y poeta. Entre sus obras tiene dos producciones musicales: "Auténtico", comercial, y "Misa vallenata", cristiana. Un poemario: "Nadie sabe que soy poeta". Varios ensayos y crónicas: "Origen de la música de acordeón”, “El ultimo juglar”, y análisis literarios de Juancho Polo Valencia, Doña Petra, Hijo de José Camilo, Hígado encebollado, entre otros. Actualmente se dedica a defender el río Magiriamo en Codazzi, como presidente de la Fundación Somos Codazzi y reside en Valledupar (Cesar).

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