Literatura
¿Y por qué escribe tanto sobre el pasado?

De vez en cuando, algún amigo, seguramente con la mejor de las intenciones, me pregunta: ¿Diógenes, por qué escribe tanto sobre el pasado? ¿Por qué no habla del presente, de las modas, de las tendencias, de lo que está pasando ahora? ¿Por qué no hace noticias? La pregunta es válida y, como me la han hecho varias veces, voy a aprovechar esta columna para responderla. Primero, porque no soy periodista de noticias. No tengo la pretensión de competir con quienes todos los días nos cuentan qué dijo el presidente, qué pasó en el Congreso, quién renunció, quién llegó y cuál político descubrió, después de cincuenta años de vida pública, que ahora sí tiene la solución para todos nuestros problemas.
Mi interés es otro. Escribo sobre cultura y, algunas veces, sobre política cuando considero que vale la pena hacerlo, pero hay una línea que atraviesa buena parte de lo que escribo: la recuperación de la memoria, de la oralidad, de las costumbres, de los personajes y de las pequeñas historias de nuestros pueblos. Y digo pequeñas historias solamente porque así las hemos clasificado. Porque para la historia oficial muchas veces parece que solamente son importantes los presidentes, los gobernadores, las guerras, las batallas, los decretos y los grandes acontecimientos. Pero yo me pregunto: ¿quién escribió la historia del hombre que durante cuarenta años afeitó a los habitantes del pueblo?
¿Quién dejó constancia de la mujer que sabía curar con plantas cuando todavía el médico quedaba a varias horas de camino? ¿Quién va a contar cómo se celebraban las fiestas patronales, cómo se jugaba en las calles, cómo se enamoraban nuestros abuelos, cómo se velaba a los muertos, cómo se transmitían los cuentos, las leyendas y los refranes? ¿Dónde quedó escrita la historia del sacamuelas, del peluquero, del pregonero, del vendedor ambulante, de la partera, del músico, del campesino, del artesano? Probablemente no aparecen en los grandes libros de historia. Y ahí está precisamente mi preocupación: porque cuando desaparecen quienes recuerdan, desaparece también una parte de la historia.
Los mayores fueron durante siglos nuestras bibliotecas vivientes. Ellos guardaban en la memoria lo que no estaba escrito en ninguna parte. El problema es que esas bibliotecas no tenían sistema de respaldo. Cuando murió el último viejo que sabía determinada historia, se perdió el archivo completo. Por eso escribo. No para vivir atrapado en el pasado, sino para impedir que el pasado desaparezca sin dejar testimonio. Mi oficio, si así puede llamarse, consiste muchas veces en escuchar esas voces y convertirlas en palabras antes de que el tiempo haga lo que sabe hacer tan bien: borrar las huellas.
Hay algo que aprendí con los años: la historia de un pueblo no solamente está en los documentos de la alcaldía, en los archivos parroquiales o en los libros escritos por los historiadores. También está en una cocina, en una canción, en una tambora, en un baile, en una forma de preparar un alimento, en una palabra que solamente utilizan los habitantes de determinada región, en una leyenda que una abuela le cuenta a su nieto y en la manera como una comunidad celebra, llora, trabaja, enamora, castiga, reza o se divierte. Ahí también está la historia. Y precisamente por eso me interesa rescatar esas voces: porque la memoria de un territorio no está hecha únicamente de fechas.
Está hecha de experiencias. Y aquí es donde encuentro una interesante coincidencia con una corriente historiográfica que transformó la manera de entender la historia durante el siglo XX: la llamada Escuela de los Annales. En 1929, en Francia, Marc Bloch y Lucien Febvre fundaron la revista Annales d'histoire économique et sociale, desde la cual comenzaron a cuestionar una manera tradicional de escribir la historia centrada fundamentalmente en los acontecimientos políticos, las guerras y los grandes personajes. Los Annales propusieron ampliar la mirada y prestar atención también a las estructuras sociales, económicas y culturales, a las mentalidades y a la vida cotidiana.
Posteriormente, Fernand Braudel desarrollaría uno de sus conceptos más importantes: la llamada «larga duración». La historia, desde esta perspectiva, no solamente está formada por acontecimientos que ocurren y desaparecen rápidamente; también existen procesos lentos, estructuras y formas de vida que permanecen durante generaciones y terminan moldeando la manera de ser de una sociedad. No pretendo decir que mi trabajo pertenece estrictamente a la Escuela de los Annales. Sería una afirmación demasiado pretenciosa. Pero sí reconozco una afinidad con esa manera de mirar la historia desde otros lugares y de conceder importancia a quienes tradicionalmente quedaron fuera de los grandes relatos.
Me interesan los que casi nunca aparecen en los libros: los personajes anónimos, los oficios desaparecidos, las costumbres que se están extinguiendo, las palabras que ya nadie utiliza, los juegos infantiles que fueron reemplazados por una pantalla, las fiestas que cambiaron, los sonidos que se apagaron y las historias que solamente sobreviven en la memoria de nuestros mayores. Es una mirada que también tiene relación con la historia oral y con esa necesidad de rescatar la voz de quienes no dejaron documentos escritos. Porque un campesino, una partera, un músico o un viejo habitante de pueblo puede no haber escrito un libro, pero su memoria puede contener información que ningún archivo oficial conserva.
Mucho de esto tiene que ver con Tamalameque y con la Depresión Momposina. Cuando hablo de sus personajes, sus costumbres, sus leyendas, sus músicas y particularmente de la Tambora, no estoy haciendo simplemente ejercicios de nostalgia. Estoy tratando de dejar memoria de un territorio. Porque un territorio no es solamente una extensión de tierra delimitada en un mapa. También es una construcción cultural: tiene sonidos, olores, palabras, músicas, relatos, creencias, personajes, maneras de relacionarse y formas particulares de entender el mundo. Todo eso constituye buena parte de su identidad.
Y aquí aparece otro de mis grandes motivos para escribir. Cuando una cultura dominante comienza a imponer sus modelos desde los grandes centros urbanos, podemos terminar creyendo que solamente tiene valor aquello que viene de la capital. Entonces nuestras expresiones culturales empiezan a parecernos atrasadas; nuestros relatos se convierten en simples cuentos de viejos; nuestros personajes dejan de ser importantes; nuestras maneras de hablar son corregidas y nuestras músicas sustituidas. Poco a poco terminamos mirando nuestro propio patrimonio cultural como si fuera una pieza vieja que estorba en la sala. Hasta que un día descubrimos que la botamos y, cuando preguntamos dónde quedó, ya nadie sabe responder.
Por eso sigo escribiendo sobre el pasado. No porque crea que todo tiempo pasado fue mejor. Eso también sería una mentira. El pasado tuvo pobreza, injusticias, exclusiones, enfermedades y muchas cosas que no deberíamos recuperar jamás. Pero conocer el pasado nos permite comprender quiénes somos y, sobre todo, decidir qué queremos conservar y qué debemos cambiar. Mi propósito no es convertir la memoria en un museo lleno de polvo. Es todo lo contrario: quiero que la memoria dialogue con el presente, que nuestros jóvenes sepan de dónde vienen y que conozcan las historias de sus abuelos.
Quiero que sepan por qué una canción, una danza, una palabra, una leyenda o una costumbre llegaron hasta nosotros. Porque una sociedad sin memoria queda condenada a recibir su identidad prefabricada. Y cuando otros cuentan nuestra historia por nosotros, existe el peligro de que terminen contándola a su manera. Por eso reivindico la memoria local. Por eso escucho a los mayores. Por eso recojo relatos. Por eso escribo sobre personajes que quizá nunca ocuparon una página de la historia oficial. Porque la historia de un pueblo no solamente la hacen los que mandan. También la hacen los que viven, trabajan, cantan, aman, sufren, cuentan y recuerdan.
Si nosotros no dejamos testimonio de esas voces, algún día desaparecerán. Y cuando desaparezcan las voces, desaparecerá también una parte de nuestra identidad. Así que, a quienes me preguntan por qué escribo tanto sobre el pasado, ya tienen mi respuesta: no escribo para regresar al pasado. Escribo para que el pasado no desaparezca. Porque un pueblo puede perder una carretera, una plaza, una casa o hasta cambiar el nombre de una calle. Puede incluso modificar sus costumbres y adoptar otras nuevas, como inevitablemente ocurre con el paso del tiempo. Pero cuando pierde la memoria, pierde una parte de sí mismo.
Y recuperar esa memoria, mientras todavía quedan quienes puedan contarla, también es una manera de hacer cultura. Tal vez por eso sigo preguntando, escuchando y escribiendo sobre aquellos personajes que algunos consideran insignificantes, sobre aquellas costumbres que otros creen superadas y sobre aquellas historias que no aparecen en los grandes libros. Porque detrás de cada relato aparentemente pequeño puede estar escondida una parte de la historia de nuestro territorio. Y si nadie se ocupa de rescatarla, llegará un momento en que no habrá quién la cuente. Entonces comprenderemos, demasiado tarde, que también se puede perder un pueblo sin que desaparezca de los mapas: basta con que desaparezca de la memoria de sus habitantes.
Diógenes Armando Pino Ávila






