Literatura

Lorca vuelve

Samuel Whelpley

15/09/2026 - 06:40

 

Lorca vuelve

 

A propósito del libro “Lorca en Vermont”, de Patricia Billingley (2026)

Hay escritores y episodios de los que se ha dicho tanto que, cuando aparece algo más, toca preguntarse: ¿qué más se puede decir? Eso pasa, por ejemplo, con el asesinato de León Trotsky. Infinidad de historias conocemos, declaraciones de testigos, documentos judiciales, obras de arte como El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Sin ser un conocedor profundo de lo sucedido, leí el libro y, cuando lo terminé, me di cuenta de que me habían contado lo que ya sabía. Leer un libro de 570 páginas hoy sin soltarlo sin decir casi nada nuevo lo hace una obra maestra.

De autores de los que se ha dicho todo, los estudios sobre Virginia Woolf o Sylvia Plath superan el tamaño de su obra. De García Márquez se puede decir que va por el mismo camino. Y, claro, Federico García Lorca pertenece a esta categoría.

Noventa años después de su asesinato, seguimos hablando de él. Y no poco. Hablamos de su poesía, de su teatro, de Nueva York, de Granada, de la Residencia de Estudiantes, de Dalí, de Buñuel, de su homosexualidad, de sus amantes, de la República, de Franco, de la Guerra Civil, de los textos que inspiró y, sobre todo, de su detención y última noche. Al final, vida y obra se mezclan, y de ello seguimos deseando encontrar más. Los curiosos somos muchos todavía.

La lista incluye a Ian Gibson, que lleva décadas persiguiendo al poeta, su vida, sus amantes, su asesinato y hasta el lugar donde pudieron quedar sus restos. En 2010, el periodista español Miguel Caballero dio nombre y rostro a sus posibles asesinos. El poeta Dionisio Cañas, viviendo en Nueva York, se obsesionó con la estadía del poeta en la ciudad y, en los años ochenta, siguió la pista del misterioso americano de Vermont hasta llegar a Philip Cummings, un profesor universitario jubilado amigo del poeta. El escritor barranquillero Jaime Manrique Ardila, en Maricones eminentes  se encargó de construir un texto donde miraba a Lorca desde un lugar que durante mucho tiempo se negó que existiera: el de su homosexualidad.

No fue el primero en contar lo que era un secreto a voces y hacerlo literatura: Federico tenía “su defecto”. En el cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, del cubano Senel Paz, que se adaptó al cine como Fresa y Chocolate en 1996, las referencias a las fotos y documentos de Federico García Lorca aparecen en el clímax de la historia, justo cuando Diego (Jorge Perugorría en la cinta) se está preparando para marcharse de Cuba.

Aquí están los testimonios sobre la visita de Federico García Lorca a Cuba. Incluye un itinerario muy detallado y fotografías de lugares y personas con pies de grabado redactados por mí. Aparece un negro sin identificar”.

Y entonces aparece la historiadora Patricia A. Billingsley, experta en literatura del siglo XX, que ha dedicado más de catorce años a investigar la relación del poeta con el estudiante americano Philip Cummings (1906-1991) en Lorca en Vermont.

Uno podría preguntarse, con cierta malicia: ¿otra vez Lorca?

Pues sí. Otra vez Lorca.

Y quizá precisamente por eso el libro tenga interés.

Billingsley se ocupa de una historia que parece pequeña dentro de la monumental biografía lorquiana: el viaje de Lorca a Vermont en agosto de 1929, durante su estancia en Estados Unidos, para pasar unos diez días junto al lago Eden con Philip Cummings, un joven norteamericano que había conocido en Madrid en 1928 y con quien mantuvo una relación amorosa ocasional durante varios años.

Dicho así, parece la excursión de un poeta deprimido que llega a una cabaña junto a un lago gracias a la invitación de un antiguo amor. Se encuentra con un hombre al que ama. Pasan unos días juntos. Después regresan a sus respectivas vidas. Lorca escribe algunos poemas que incluirá en su libro Poeta en Nueva York. Publicado después de su asesinato por su amigo José Bergamín, al que le había entregado el manuscrito, es aclamado como una obra maestra; pero su lectura incomoda. Hay quienes critican a Bergamín por haber modificado el poemario al incluir estos poemas escritos en Vermont, como una arbitraria decisión editorial. Perfecto para que cada uno construya su “Lorca”.

Durante mucho tiempo, en la biografía de Lorca se podía hablar de su genialidad, de su asesinato, de su sensibilidad, de sus amistades y hasta de sus pasiones, siempre que nadie se empeñara demasiado en precisar la naturaleza de estas últimas. Lorca podía ser homosexual, por supuesto, pero “ese defecto” no era importante en el análisis de su obra.

Y en esa operación de higienización biográfica, Cummings quedó reducido durante años a una figura borrosa. El «amigo americano». Una especie de conocido ocasional, como tantos otros que tenían recuerdos del poeta. Si algo se insinuaba, Cummings, profesor universitario, repetía que él era heterosexual y que no hubo nada entre ellos. Varios preguntaron y se estrellaron con su respuesta. Pero fue el poeta español —residente en Nueva York— Dionisio Cañas quien tuvo la mala educación intelectual de hacer esa pregunta y obtener una respuesta diferente: Cummings admitió la naturaleza de su relación con el poeta y compartió las fotos y la correspondencia que conservaba.

En 1985, Cañas viajó a Vermont, buscó a Philip Cummings y habló con él. El resultado fue decisivo: aquel americano dejó de ser una sombra bibliográfica para convertirse en una persona concreta, con recuerdos concretos de Lorca y una historia que no coincidía del todo con la versión cuidadosamente administrada que había circulado hasta entonces.

Este dato resulta importante porque permite colocar Lorca en Vermont en su verdadera genealogía. Billingsley no descubre a Philip Cummings. Tampoco descubre la homosexualidad de Lorca. Ni descubre que hubo una relación entre ambos. (Cañas es, de hecho, una de las referencias bibliográficas más importantes). Lo que hace es algo menos espectacular y, por eso mismo, más valioso: recoge materiales dispersos, amplía la investigación, incorpora nuevos documentos, rellena agujeros y vuelve a plantear qué significado puede tener esa relación en la poesía lorquiana.

Su conclusión es que no fue poco. Lorca en Vermont deja de ser una investigación biográfica sobre un episodio sentimental para convertirse en una propuesta de lectura.

Billingsley vuelve sobre Poeta en Nueva York y plantea que la experiencia de Vermont puede iluminar de otra manera varios de sus poemas. Esa manera es la homosexualidad del poeta, que en ese lugar puede nombrar “el amor que no puede decir su nombre”. Por ejemplo, en Cielo vivo, el poeta escribe:

Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos,
sobre grupos de brisas y barcos encallados.
Tropiezo
vacilante por la dura eternidad fija
y amor al fin sin alba. Amor. ¡Amor visible!

O las claves homoeróticas del poema Doble del lago Eden:

Estás aquí bebiendo mi sangre,
bebiendo mi humor de niño pesado,
mientras mis ojos se quiebran en el viento
con el aluminio y las voces de los borrachos.

La autora señala lo obvio: Lorca llega a Nueva York con una crisis personal. Su amante, el escultor Emilio Aladrén Perojo, se va a casar. Lorca decide salir de España y viaja a América, a Nueva York. Encuentra una ciudad que lo desconcierta. Allí acepta la invitación de Cummings para ir a la casa de su familia en Vermont. Fue un momento de felicidad en la vida de ambos.

Cummings conservaría después las huellas de aquella relación: cartas, recuerdos, fotografías, traducciones. Incluso desempeñó un papel importante en la recepción inglesa de Lorca y en su relación con Walt Whitman. Lorca, por su parte, convirtió buena parte de sus experiencias en poesía.

Eso es lo que trae la autora, que además señala los silencios sobre el tema. Al final de la lectura, más allá de lo anecdótico, Billingsley nos dice algo incómodo: que la biografía de un escritor no está hecha únicamente de lo que ocurrió, sino también de lo que otros decidieron que debía contarse o no. Durante mucho tiempo no se contó lo que sus amigos sabían: “su defecto” también era clave para entender la creación de su obra.

Este libro es importante, en parte, porque aleja el debate de la imagen habitual de Lorca como poeta nacional español y lo acerca a las circunstancias internacionales y personales en las que escribió sus textos. Lorca, pues, es un poeta del mundo. Quizás no dice nada nuevo para quienes han estudiado su obra, pero da algunas claves para entenderla, y la oportunidad de volver a ella. Eso no es poco, al final.

 

Samuel Whelpley

Sobre el autor

Samuel Whelpley

Samuel Whelpley

Profesión: Lector

Barranquillero, con un único título de Ingeniero Civil de la Universidad del Norte. Con una casa, un trabajo, una esposa, una hija y un gato. Amigo de sus amigos. Pésimo bailarín. Ante todo, lector. A ratos dice que escribe. No mucho más que eso. 

 

@SWhelpley samuel.whelpley

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