Literatura
Quince heridas, dos cicatrices, tres consuelos: la poesía de Cristina Duncan

Es un poco cliché decir que Cristina Duncan es uno de los secretos mejor guardados de la poesía colombiana. En realidad, no hay secreto: quienes hemos leído su obra sabemos que Cristina es autora de una obra que cada día tiene más reconocimiento nacional.
En 2014 ganó el premio de cuento de la Cámara de Comercio de Medellín con Se escriben cartas de amor y otras historias, al que se une Tallulah.doc, un libro híbrido que mezcla cartas, escritos, reseñas y recetas, y analiza el rol del inmigrante en EE. UU.
Ahora incursiona —con dudas, como ella misma admite— en la poesía con este pequeño volumen titulado Quince heridas, dos cicatrices, tres consuelos de la colección Dos poetas en una, de la Editorial Corazón de Mango (1), que es un testimonio de las heridas que recibimos e infligimos a los otros.
Una poesía áspera, seca, actual, de prosa destilada, fruto de una atenta observación que no deja a nadie indiferente:
Matarlos a todos
a los gais, a los guerrilleros
a los retrasados mentales
Dice el médico de mi mamá
(fragmento de Juramento hipocrático) (2)
Conversamos con la autora sobre el libro y sobre su poesía
1. ¿Cuál es la principal razón que te lleva a escribir poesía?
Nombrar lo que es difícil comunicar, nombrar lo innombrable (acabar con el silencio en torno a lo prohibido, a lo secreto). En Quince heridas, dos cicatrices, tres consuelos es tocar las fibras que golpea la violencia, es zarandear los sentidos rápida y fugazmente. Creo que por ello han considerado el libro como brutal. Mucho de lo escrito en el libro no son poemas (no era mi intención escribir poemas), son textos verticales, oraciones cortas dosificadas para poder ser metabolizadas rápidamente.
2. Se dice que casi todo está inventado, y que lo único que hacen los autores es seguir una tradición literaria. ¿Cuál es esa tradición literaria —si la hay— en tu poesía?
Muchos son ejercicios a la manera de ciertos poetas. Juramento hipocrático, Unción, Antiguo Testamento y Aminta son un intento de aprender de Ernesto Cardenal y sus Epigramas; Desaliento es un ejercicio que pretende honrar a Blanca Varela en su Canto villano. Un primer intento (fallido) de aprender de José Watanabe en su Banderas en la niebla es Reflexiones; creo que lo logré en el segundo intento con Mercadería. Los textos verticales son huérfanos de maestros o de tendencias.
3. ¿Cómo te sientes ligada a esas etiquetas comunes que colocan sobre tu obra —poeta, cuentista, rebelde, mujer, feminista, literatura colombiana, por citar algunas—? ¿O te sientes desligada de ellas?
Las etiquetas no me funcionan muy bien. Algunas me las he ganado por trabajar con minorías o con poblaciones vulnerables o muy desfavorecidas. Creo que todos los psicoterapeutas trabajamos con estas poblaciones y nos ganamos más de una etiqueta. Si me voy a colgar alguna, que sea la de lectora y, si hablamos de literatura, narradora.
4. En la obra tuya y la de tu compañera en el libro (Luisa Villa Meriño) encuentro un mundo cruel, resultado de una vivencia femenina que termina en una manifestación poética de testimonio y resistencia. Desde sus profesiones han sido espectadoras de esas formas de violencia. ¿Sienten que la poesía, además de grito de dolor, puede hacer algo contra esa violencia?
Muy poco, denunciarla, ayudar a que no se olvide el golpe, ser testigos y rendir testimonio.
5. ¿Por qué seguir haciendo poesía escrita en estos tiempos? No lo digo solo por las situaciones que vivimos, sino por la proliferación audiovisual que nos abruma. ¿Tiene futuro la palabra escrita?
Siempre habrá lectores; muchos nos cansamos del consumo masivo de lo audiovisual, muchos echamos de menos el olor de un libro recién abierto, arrugado, manchado de café, sobado, amarillo o, bien, hermoso y atesorado. Ha vuelto el Slow Cooking; hemos vuelto al Slow Living, Slow Fashion, al Digital Detox, al Slow Parenting. ¿Por qué no al Slow Reading? Aún no hemos perdido el gusto por lo que se cuece a fuego lento, por levantar la mirada de una pantalla y perdernos en la palabra imaginada.
6. Por último, compártenos un fragmento de un poema de otro autor(a) que te hubiera gustado escribir.
(….)
que por el umbral de mi casa entren menos fantasmas más seres reales, pero con la condición de que
posean la belleza que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí —lo más remoto posible—mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca, ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos
la hondura de la música y los atardeceres. A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil, que tengo pocas fuerzas
estos tiempos son realmente precarios. Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
Hernán Vargas Carreño
Fragmento de A la vida vine a vivir
Samuel Whelpleu
Notas:
- Duncan Salazar, Cristina (2025). Quince heridas, dos cicatrices, tres consuelos, Colección dos poetas en una, Ediciones Corazón de Mango.
- Ibid., pág. 31.






