Literatura
El alcohol y la nostalgia: viaje al corazón de Rusia y al infierno

Aún no estás muerto, aún no estás solo.
Junto a tu amiga vagabunda gozas
de la magnificencia de los llanos,
de la niebla, del frío y la ventisca.
(Cuadernos de Vorónezh, Osip Mandelstam)
Debo a un amigo de Facebook el conocer la obra de Mathias Énard. Su entusiasmo me contagió y le pregunté cuál era la mejor para iniciar. Me respondió: «El alcohol y la nostalgia, además es breve». Breve sí es, pero condensa un descenso a lo profundo del alma.
Hay viajes que comienzan cuando uno compra un pasaje de tren, bus o avión y otros que empiezan mucho antes, cuando una literatura, una ciudad, una mujer o una idea se nos mete en la cabeza y ya no hay manera de expulsarla. Esta es una novela para lectores de literatura rusa. En El alcohol y la nostalgia (1) Mathias Énard hace ambas cosas: emprende un viaje por Rusia a bordo del Transiberiano y, al mismo tiempo, se interna en ese territorio movedizo que es la memoria. El resultado es una novela breve, febril y alucinada, con incorrecciones gramaticales donde los trenes avanzan hacia el Este mientras los personajes retroceden hacia aquello de lo que intentaban escapar.
La historia es sencilla y, más que acontecimientos, el relato contiene reflexiones. Una llamada telefónica en la madrugada comunica a Mathias en Paris la muerte de Vladímir. Mathias viaja a Moscú para encontrarse con Jeanne, antigua amante de ambos, y desde allí emprende con el cadáver —o, mejor dicho, con el recuerdo del amigo muerto— un viaje en el Transiberiano hacia Novosibirsk y su pueblo natal.
El título procede de Chéjov y no es un adorno erudito ni contraseña para iniciados. En La diligencia de Tver, Chéjov pone en boca de uno de sus personajes una de esas frases que parecen escritas para resumir toda una civilización: «Lo único tangible es el alcohol, la nostalgia y el gusto por las carreras de caballos». Énard toma la frase y la convierte en un programa literario.
No es difícil hallar en la novela un eco de la Divina comedia y, en particular, de su descenso al Infierno. Si Virgilio es para Dante el guía que lo conduce por los territorios del más allá, Chéjov cumple aquí una función semejante: es la presencia literaria que acompaña al protagonista durante su viaje. El Transiberiano se convierte así en una suerte de descenso, estación tras estación, hacia los distintos círculos de la memoria, la culpa, el alcohol, el amor y la muerte, hasta desembocar en Siberia, que adquiere una dimensión casi infernal.
Dividida en capítulos por ciudad, la historia inicia en Moscú, en la estación Yaroslavski, mientras cuenta la ruptura con Jeanne y evoca la incomunicación y el suicidio de Ana Karenina. Nizhni Nóvgorod aparece con ecos de Guerra y paz y con su hijo más ilustre, Máximo Gorki; allí el protagonista, que «lleva la muerte en el alma» (2), continúa su descenso. Perm, en un capítulo bastante largo, sirve para recordar la Unión Soviética de Isaak Bábel y, al mismo tiempo narrar la obsesión amorosa con Jeanne, la relación de amistad y rivalidad con Vladimir y un universo de desencuentros en un triángulo que evoca Doctor Zhivago, de Boris Pasternak.
San Petersburgo, fuera de la ruta, es Dostoievski, Mandelstam, Ajmátova y, sobre todo, Pushkin: la ciudad desde la que Énard vuelve sobre esa vieja idea del alma rusa y su relación conflictiva con Occidente, mientras se introducen las vivencias del tercer personaje, Vladímir. De vuelta a la ruta, Ekaterimburgo en cambio es una referencia histórica: el 17 de julio de 1918, la familia imperial rusa fue asesinada por los bolcheviques. Es una ciudad que vive como un mausoleo de las principales almas muertas —a la manera de Gógol— de la historia rusa.
Finalmente, Novosibirsk, a medio camino de Siberia, es la nada. Pero también es el punto donde todas las Rusias confluyen, una especie de resumen de la Rusia de hoy.
Mathias Énard nació en Niort, Francia, en 1972. Estudió árabe y persa, vivió largas temporadas en Oriente Próximo y se estableció en Barcelona, donde ejerció como profesor de árabe en la Universidad Autónoma y participó en revistas culturales. El alcohol y la nostalgia, publicada originalmente en 2011, se basó en un guion radiofónico emitido por France Culture en 2010, durante un viaje en el Transiberiano entre Moscú y Novosibirsk. En 2015 ganó el Premio Goncourt por su novela Brújula.
Una obra muy personal y erudita, homenaje a la literatura rusa, a su historia y a sus infiernos. Un viaje entre la alegría y la tristeza, entre el alcohol y la nostalgia, hacia la nada, pero también hacia el alma rusa. «Bueno, aquí se acaba esta carta porque es demasiado triste» (3).
Samuel Whelpley
Notas:
- Énard, Mathias. El alcohol y la nostalgia. Literatura Random House, 2012.
- Verso de la canción La barca de Guaymas.
- Énard, Mathias. El alcohol y la nostalgia, pág. 60.






