Literatura
La siembra estéril de un pueblo africano: reflexiones nacidas de una obra de Donato Ndongo

«Nuestro país no tiene remedio, Dios del cielo», expresa Aurelio Atebá al enterarse de uno de los sucesos más álgidos de la historia de Guinea Ecuatorial: el derrocamiento del presidente Francisco Macías Nguema por el coronel Gumersindo Nze Ebere Ekum.
La noticia podría considerarse ilusionante, por no decir positiva, si tenemos en cuenta que puede significar el fin de un periodo de terror y resignación para la joven nación africana, y sin embargo, el personaje que da vida y ritmo al cuento “Premonición” del escritor Donato Ndongo ha caído en una perplejidad y un desencanto severos que le impiden soñar.
De esta manera, Atebá nos introduce de forma abrupta y sin florituras en la realidad lóbrega del país africano, nos abre las puertas de un país que ha derivado en la dictadura más violenta tras las ilusiones de la independencia, y concluye -a modo de introducción en un relato que apenas comienza-: “Seguiremos como siempre condenados a la felicidad”.
Escenas literarias como éstas me retrotraen inevitablemente a mi último encuentro con Donato Ndongo a principios del año 2026, cuando, aprovechando un corto viaje por la región de Murcia, hice lo posible para encontrarme con el amigo escritor y así tener de sus noticias.
Su libro de cuentos “La siembra estéril”, la más reciente de sus publicaciones, es quizás la obra que más me ha hecho sentir en presencia del autor, a pesar de los océanos que nos separan en nuestros exilios respectivos. En sus líneas, he hallado el rumor constante de un presentimiento que se ha convertido en el relato nacional de una nación fallida, pero también la resignación de un hombre que nunca aceptó la huida tiránica de un país que aspiraba a lo mejor de la democracia.
La dedicatoria al escultor Leandro Mbomio (al que Donato llama “hermano más que amigo”) marca, de entrada, el sello de un escritor que combate la injusticia, y me recuerda inevitablemente las obras que el autor atesora en su salón y que siempre presenta con notable cariño. “Su eminente obra artística merece trascender la brumosa ingratitud”, explica Donato en su libro de cuentos, aunque también se lo oí decir de viva voz en su casa.
En el cuento que da nombre a la obra, “La siembra estéril”, Ndongo desmenuza los avatares de Ananaís en una España que acaba de entrar en el camino de la transición política, y nos presenta a un joven exiliado lleno de sueños de cambio, que abraza el activismo con ingenuidad , y que, poco a poco, se da cuenta de las divisiones en las que cae la diáspora guineo-ecuatoriana (y africana en general) como consecuencia de los intereses personales, la codicia de unos, el radicalismo de otros, las confabulaciones, el deseo de poder, la avaricia y también los atavismos o la falta de aspiración de quienes se ven atrapados en la trampa del consumo y de las comodidades.
Ahí, en ese mismo relato, hallé a Donato sentado en una terraza de la avenida Juan Carlos I, un café recién servido en la mesa, hablando con un cigarrillo en la mano, el rostro amable siempre, la voz sedosa y cambiante, centrado en las vivencias de un laberinto existencial que, si bien no es el mismo que el de Ananaís, no deja de alimentarse de muchas situaciones similares, frustraciones inevitables. Como él, Donato muestra y afirma su compromiso con la causa libertadora africana, al tiempo que critica el modo en que reacciona la comunidad internacional, las incoherencias de los países que apoyan y dan credibilidad a un régimen sanguinario.
La lucha imposible de Ananaís y de muchos otros disidentes brillantes, determinados y pensantes, termina siendo “la crónica de una resistencia imposible” (p. 59). Un “fracaso colectivo”, en el que todo suma: la negligencia de los países democráticos, el abandono o la connivencia de los países vecinos, pero también las rivalidades solapadas, los rencores larvados y las envidias de unos opositores que terminan cayendo en el juego del régimen dictatorial, por activa o por pasiva.
Y en los destellos de esa batalla existencial, veo a Donato Ndongo, exiliado desde los 14 años, resignado a ese pequeño enclave afectivo en el que ha terminado recluido, su hogar en Murcia, preguntándose: ¿Por qué? ¿y hasta cuándo seguiremos así, los ecuatoguineanos? ¿y en qué momento se fue todo al carajo? En medio de este rodeo reflexivo, circunloquios que nos juega la realidad, el tiempo pasa sin que uno se dé cuenta… Así de duro e indecible es el exilio forzoso.
También sé que Donato ha pensado muchas veces en regresar a su país. En algún momento se lo oí decir a pesar de las represalias que pueda implicar esta decisión para él y sus familiares. Pero, ¿cómo no pensar en ello? ¿cómo olvidar la tierra natal? Quizás estos pensamientos le hayan motivado a escribir el cuento “Regreso a Mengong” ––que cierra el libro “La sierra estéril”–– el cual muestra la experiencia de Thibaut, un camerunés que decide regresar a su país después de demasiados años de incomprensión y anonimato en Francia. En ese texto, al igual que en su novela “¿Qué mató al joven Abdoulaye Cissé?”, Ndongo muestra un grandísimo conocimiento de la geografía africana, pero también de la cartografía de los sentimientos del inmigrante africano. Con su diestra y prolija pluma, el autor reconstruye años de adaptación de inmigrantes en tierras ajenas, pero también el gran esfuerzo de reacomodación para volver a establecerse en su tierra.
Una lectura imprescindible para todo aquel que aspire a conocer los entresijos del continente africano.
Johari Gautier Carmona
@JohariGautier






