Literatura

Hazel Robinson y la lectura de las islas colombianas del Caribe

Johari Gautier Carmona

10/04/2013 - 11:48

 

Hazel Robinson en Valledupar La literatura tiene ese poder de transportarnos a otros lugares y otras épocas, de proveer información y anécdotas sobre eventos claves de la historia, preservando así la memoria de un pueblo y de sus gentes.

La obra de Hazel Robinson, una escritora distinguida de la isla de San Andrés y Providencia, confirma esas premisas y nos invita a descubrir los cambios drásticos que ha conocido la isla en el último siglo y reflexionar sobre los retos identitarios y sociales de sus habitantes en las próximas décadas.

En una conferencia organizada por el Banco de la República en Valledupar, la escritora expuso su lectura de la historia con un flamante compromiso social, sabedora de la importancia del mutuo conocimiento y de la necesidad de nutrir una relación más profunda con la Colombia continental.

Tras una breve exposición de imágenes evocadoras y ensoñadoras, la autora se refirió a la actualidad con términos más críticos y realistas. “Hoy tenemos un caos de tránsito, contaminación auditiva, y una llegada masiva de habitantes ilegales […], pero todo esto lo dejaremos para otro momento”.

Esta introducción le permitió pintar un horizonte actual y en pleno movimiento, pero, sobre todo, marcar la diferencia con los tiempos a los que su primera novela “No give up, maan!” nos traslada: la mitad del siglo XIX, poco después de la abolición de la esclavitud.

En esos tiempos subsistían muchas de las costumbres legadas del régimen esclavista. Hombres y mujeres afrodescendientes mostraban difícilmente sus sentimientos en público debido a que esto había sido totalmente prohibido.

“Lo máximo que podían hacer era un saludo de la mano –explica Hazel–. Los hombres mostraban su deseo de casarse con una muchacha escribiéndole un verso de la Biblia en un papel y ella respondía con otro”. Luego añade con un tono irónico: “Como tengo muchos años, me extraña todavía ver dos personas abrazándose en la calle”.

Los motivos para semejante control y pudor son evidentes: “¡Los esclavos no eran dueño de nada!”, comenta la autora, ni siquiera de su intimidad ni de sus muestras de cariño.

En una isla donde predomina el protestantismo, la religión permitió erradicar el analfabetismo pero no favoreció la libre expresión ni el libre pensamiento. “Toda la población debía leer la Biblia, pero no interpretarla”.

Sus siguientes obras (“Sayl ahoy!” y “El príncipe de St. Katherine”) ilustran otros aspectos notables de la idiosincrasia sanandresana. Entre ellos, podemos destacar por un lado el modo de vida de una isla centrada en la actividad pesquera y, por otro, la convivencia pacífica y alegre de varios idiomas como el español, el inglés o el creole.

Sus títulos en inglés nos recuerdan las expresiones populares de la isla (No te rindas!), y transparentan la gran mezcla de poblaciones que ha ido acelerándose en el último siglo. Preguntada sobre esa evolución, Hazel Robinson explica que la declaración de Puerto Libre en 1953 (que convirtió el archipiélago en un centro turístico y comercial), así como la llegada del avión, transformaron definitivamente la isla, atrayendo miles de colombianos y extranjeros del continente.

Cincuenta años después, la realidad actual de la isla es diferente. El consumo y la libertad se han incrustado en las costumbres al ritmo de los intercambios con el exterior y de los progresos sociales.

Sin embargo, Hazel Robinson mantiene una mirada crítica sobre ciertos cambios. La educación –que sigue tambaleándose en unas instituciones frágiles– y la reciente pérdida de territorios marítimos –como consecuencia del fallo de La Haya– son grandes fuentes de frustración.

“Mi concepto personal sobre el fallo es imperdonable –clamó la escritora visiblemente inconforme–. Y ahora que llegue el gobierno colombiano a entregar regalitos como Niño Dios me parece horrible. El gobierno ofreció 700 becas a jóvenes. ¿Pero qué harán estos jóvenes en un futuro? No podrán quedarse en la isla”.

La autora se aferra a la ilusión, invita a todos a visitar su isla para entenderla, a ayudarla de manera sostenible, pero siempre con la franqueza que la caracteriza. “¡No sirvo para decir mentiras!”, expresa calmamente mirando atentamente al público.

 

Johari Gautier Carmona

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