Literatura

Cuento: Ficciones sobre la conducta del Rey

Carlos César Silva

21/03/2012 - 10:00

 

El Rey de Tonga / Foto: ZabalaaldíaEl rey es joven y hermoso. Muchas mujeres, en la soledad de sus bañeras, acariciándose los senos, sueñan con dormir entre sus brazos, aunque sólo sea por una noche. Incluso, hay doncellas que no les interesan las mieles del poder y que lo único que desean es entregarse en cuerpo y alma al rey, desean al hombre sin importarles sus riquezas y sus capacidades.

Sin embargo, el rey todavía no se ha casado. Sigue esperando a su media naranja con paciencia. La princesa de las Islas Tortugas y la de Sativas City son insinuantes con él. En las fiestas patronales de sus regiones lo sacan a bailar y le hablan al oído. Ellas son buenos partidos, estudiaron en la Universidad de París, tocan el violín, y sus padres, además de ser de sangre azul, tienen tierras y ganado. A pesar de esto, el rey no se resuelve por ninguna de las dos, ni por ninguna otra. Prefiere seguir consolándose en sus noches de soledad con las películas de Tera Patrick y la gran Jenna Jamenson. El pueblo -y hasta los ministros- nada dicen al respecto. La madre del rey les ha coartado el derecho a la libre opinión.

II

Cada vez que el rey, embriagado de poder y caprichos, habla ante el pueblo en la plaza pública, con su voz trunca sentencia que algún día será el dueño del mundo, así como lo era Alejandro Magno, su ejemplo a seguir, su Superman.

El pueblo, entonces, sin dejar que la madre del rey se percate, se burla con una risa sigilosa. Los ministros, que fueron escogidos a dedo por la madre del rey, también lo hacen. Ellos, fieras de la hipocresía, con sus miradas expresan entre si: “Qué muchacho tan iluso”. Sin embargo, cuando la madre del rey los mira y les da alguna orden, por más insignificante que sea el mandato, a ellos se les tuercen las tripas o “les da culillo”, como dice el pueblo, a quien también le pasa lo mismo.

III

El exrey que sustituyó el rey llegó al poder -una tarde insólita, de tres soles- con el apoyo del pueblo. Ese exrey decepcionó a quienes lo eligieron, pues fue un lobo disfrazado de oveja que se lucró hasta de la yuca de los campesinos. Cuando el exrey se aburrió de ejercer la autoridad, metió en unos sacos de fique el oro que extrajo arbitrariamente de las minas del pueblo, y se fue a vivir a las Islas Tortugas con sus diecisiete mujeres: se largó de vacaciones para siempre. Antes de irse, se reunió con el rey, con la madre del rey, con los ganaderos, con los terratenientes, y con el dueño del Casino León (el negocio más prospero del país), y acordó con ellos partir el pastel entre los presentes, repartirse los ministerios y los contratos, y designar al rey como rey.

Sin embrago, cuando el rey se posesionó, cuando fue nombrado como ser supremo y soberano, su madre, con el apoyo de los ganaderos, los terratenientes, y el dueño del Casino León, mandó al carajo al exrey y dijo que allí quien daba las órdenes era ella, ella y nadie más. A veces, cuando la madre del rey amanece de buen humor, se conduele del exrey, y le tira un contratito que ni siquiera le alcanza   -al pobrecito, como lo llamaba el pueblo antes de ayudarlo a arribar al poder- para pagar el servicio de gas propano de la mansión que compró en las Islas Tortugas.

IV

Cómo el rey anhela ser el dueño del mundo, le ha prometido al pueblo que hará el mejor gobierno de todos los tiempos. Su madre, quien procura complacerlo siempre, está dispuesta a hacer cualquier cosa para que sea así. En los concejos comunales, el rey dice que construirá una megabiblioteca que llevará el nombre de Alejandro Magno, un coliseo para las peleas de gallos, un manicomio, cuarenta mil viviendas de interés social, y una carretera de ocho carriles. Estas serán sus obras para mostrar, las obras que le permitirán lanzarse a la conquista del mundo con el apoyo del pueblo y, por supuesto, de la mano de su madre.

V

Una tarde -insólita, de tres soles- el rey, temeroso, se aproxima a su madre y le dice que quiere casarse con Jenna Jamenson. Su madre, como él se rehúsa a decirle quien es Jenna Jamenson, pone a uno de los ministros (al de salud, el más leal a ella) a que lo averigüe. Cuando recibe la información y descubre de quien se trata, empieza a sollozar.

La madre del rey, piensa, solo hasta entonces, que su hijo poco se parece a Alejandro Magno, que su bebé no tiene el talante para ser el dueño de la tierra, el mar, y el cielo. Aunque ella se desviva por demostrarles a los demás lo contrario, descubre que el rey no es tan valeroso como Alejandro ni tan fuerte como ella. Sí, sí, está desilusionada, defraudada. Tal vez es el momento indicado para que ella asuma el poder directamente, para que haga lo que le venga en gana sin utilizar intermediarios, como lo hizo Catalina II “La Grande”, su Mujer Maravilla. El pueblo -y hasta los ministros- prefieren eso: un mandato sin disfraces, sin máscaras.

Carlos César Silva Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar. Cuentos y artículos suyos han sido publicados en antologías y revistas como Puesto de Combate, Antología Viaje a la Memoria, y Letras. Pertenece al Taller de Escritura Creativa José Manuel Arango adscrito a RELATA y presidido por el poeta Luis Alberto Murgas. Ha trabajado como tallerista de creación literaria. Es miembro fundador del Grupo Jauría.

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