Literatura

Horror al vacío de la belleza

Benjamin Casadiego

29/07/2019 - 06:00

 

Horror al vacío de la belleza
El malecón de La Habana

Algunas novelas sugieren el encuentro con la belleza desde la primera frase. Para algunos lectores, esa primera página puede llenarlos de inquietud.

La presencia de la totalidad divina (de un dios entre nosotros) nos asusta; no podemos concebir en nuestra imperfecta idea de la belleza que ella eclosione página a página. Luego, uno entiende que nuestro miedo no es a la belleza, sino a que esa belleza se esfume por alguna de sus páginas, una página que acusaríamos de perversa destructora de lo que debió ser la belleza total, como cuando observamos los movimientos de una gimnasta con el terror de verla dudar en su rutina y caer dando un traspiés imperceptible pero fatal para un 10 sobre 10.

Tres veces intenté pasar de aquella frase poderosa: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, tres veces tuve diferentes formas de ese libro, tres veces lo dejé, hasta que en una edición vieja comprada en una plaza, pude dominar el temblor y soltar las lagrimas, para enfrentarme a lo humano que parecía divino. Lo supe otra vez cuando leí esto: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, entendí que, página a página, me iría a encontrar con la belleza, con la derrota de lo mediocre, con la huida de lo simple, que es la presea dorada de los lectores. Entendí que había de vérmelas, otra vez, con otra epifanía de la belleza cuando descubrí este esplendor como comienzo: “Subí, subimos, lo que era para mí suntuosa escalera. Era la primera vez que subía una escalera: en el pueblo había muy pocas casas que tuvieran más de un piso y las que lo tenían eran inaccesibles. Este es mi recuerdo inaugural de La Habana: ir subiendo unas escaleras con escalones de mármol”.

Veinte años después de haberme dado de narices con esa frase en una librería, de haber pagado el libro publicado por una editorial que ya no existe, de aprenderme de memoria la frase y de haberla compartido con mis estudiantes en ejercicios de exploración de ciudad, pude leer completa La Habana para un Infante difunto de Guillermo Cabrera Infante. Mucho tiempo, en realidad, cuando ya el Infante estaba muerto desde hacía ocho años y yo me quedaba con las ganas de encontrármelo en alguna esquina del mundo, y hablar de esos atardeceres que alguna vez él comparó con un cuadro de Bellini.

Pero seamos justos siendo injustos. De las tres novelas solo una logra mantener la tensión de la belleza hasta el final. Breve como un perfume raro Pedro Páramo de Juan Rulfo se la juega hasta los últimos estertores. Algunas páginas de las otras dos obras maestras nos dejan sentir la presencia de un autor que no alcanzó a desaparecer discretamente en los intersticios de la escritura: a pesar de la filigrana de cada frase, de la belleza monumental de la obra y de su ambición que quiere desbordar nuestra idea de la memoria.

 

2

Hay novelas que no auguran tanto en la primera página, que parecen haber comenzado antes de que nosotros nos dignáramos mirarlas, que han transitado nuestros sueños y que al leerlas simplemente hubiéramos dado continuidad a ese sueño olvidado e indescifrable. Las Olas de Virginia Wolf es belleza anular: el principio, sin principio, se encuentra con el final, sin final: es una continuidad que nos sigue en la vida, como una señal en la piel, desde el momento que la leímos, sea cual fuere nuestra edad; Bajo el Volcán de Malcom Lowry es la jubilosa elaboración de un mecanismo narrativo perfecto y despiadado; Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy es un oxímoron: una de las pesadillas más hermosas que un ser humano necesita vivir para acercarse al mundo. Ninguna de las tres novelas deja entrever que se trata de algo especial, que vamos a encontrar el fulgor divino de la belleza. Nos acomodamos a su escritura una vez tenemos el libro en nuestras manos y, confiados, penetramos su mundo movedizo: no sentimos el zarpazo que nos hunde veloz en las profundidades abisales.

 

3

De las seis novelas que mencioné, una de ellas puede ser el mapa de una ciudad trazado por un buscador de su gran pregunta: los cuerpos, los perfumes, el misterio, la voz de las habaneras. La otra novela es el mapa de una ciudad trazado por un ilustre alcohólico oculto en la penumbra de las cantinas. Recorremos los barrios de La Habana (historias de barrios promiscuos y abiertos) desde el ojo que busca el sexo de una mujer; habitamos Quahnáhuac, México, en Bajo el Volcán, con la guía de un hombre que bebe desde que amanece hasta que anochece. Ambas novelas son dueñas de una tristeza a flor de piel: la tristeza de Bajo el Volcán raja cada página como esos terrenos erosionados quemados por el sol de ese lugar al sur del trópico de Cáncer: paisajes color ladrillo, huertos con flores, naranjos y limoneros, carreteras destapadas, 18 iglesias blancas, 57 cantinas. En la novela de Cabrera Infante la tristeza se siente, o yo la siento en mi tristeza, al fondo de esa superficie transparente que es el lenguaje, que intenta opacar con la gracia del fracaso y la burla a sí mismo y a los demás, una burla fina, de un hombre culto que precisamente no habla explícitamente de cultura ni de política, sino de asaltos amorosos en la penumbra de los cines y en los tranvías, mientras por sus ventanillas la ciudad se despliega, o se derrumba, con sus colores desvaídos, con su mar siempre allí como un animal grande, su música, las emisoras populares, sus tradiciones. Hay un paseo urbano, de iniciación o de reiniciación, con el director de cine Tomás Gutiérrez Alea por la “música verdaderamente negra”, que Cabrera sentía en su juventud tan ajena, tan extraña, tan poco común. Son cuatro páginas monumentales: “Merceditas Valdés entonando en alto falsete las frases yorubas repetidas ad infinitum pero nunca ad nauseam y siempre incomprensibles desde la invocación: Kabio sile que podía ser otro Kyrie eleison…”. Y la gran cultura estaba allí en esa ciudad mítica, como también la política: allí sin ser vista, escamoteada sabiamente para no distraer el relato de la búsqueda inconclusa e incesante del cuerpo para saberse cuerpo en el mundo.

 

4

La Habana para un Infante difunto no es una novela triste: celebra el fracaso, amoroso, y deja abierta la esperanza para la revancha, que llega por supuesto para alguien tan testarudo como el protagonista. ¿Un final feliz? En algún momento nos parece que vamos a asistir a los finales de algunas de las películas que éste escritor nacido cinéfilo vio en los cines de La Habana de los años 40 o que esta novela iba a desmentir a Borges en Harvard cuando dijo que si bien la épica celebraba al héroe, la esencia de la novela era el fracaso de un hombre, pues una novela feliz no tendría lectores en estos tiempos descreídos de la felicidad y el triunfo. La Habana no es una novela triste, a pesar de haber sido escrita desde su exilio en Londres. En esas páginas no seadivina la nostalgia por la ciudad a la que nunca volverá después de 1966, desencantado con la revolución, triturado por la historia: todos en su familia fueron militantes comunistas en el periodo de Batista, y debieron purgar periodos en la cárcel, todos, Cabrera desde niño y luego de joven.

Pero la escritura de la nostalgia, no es asunto de la felicidad precisamente. El escritor cubano intenta recobrar una arquitectura fugada, un lenguaje perdido del habanero de los años 40, palabra a palabra, un tiempo que se le deshace a medida que la novela se va escribiendo y queda solo eso: la ficción, la felicidad no recobrada, perdida, apenas recordada. Estoicamente parece ser feliz. Solo en las últimas páginas nos deja ver su dolor: “(a menudo recorro en sueños esa calle en una ruta 28 fantasmal y eterna…)”. Y luego: “La Habana es una fijación en mí mientras ella nunca fue mi movimiento perpetuo. Dos desmadres tengo yo, la ciudad y la noche”. Amaba tanto la ciudad que cuando la mujer de sus sueños por fin conquistada lo invita a dejar la ciudad y rehacer una vida en el extranjero él le responde sin titubear:

-Yo nunca me iría de aquí.

-¿Por qué no?

-Porque mi vida está aquí en La Habana.

Lo otro, el mundo de afuera, era el que él vivía en las novelas y, principalmente, en el cine: “Yo no quería ver París antes de morir, ni siquiera visitar París realmente: el París con el que yo soñaba era aquél en que Gene Kelly enamoraba bailando a la deliciosa Leslie Caron –era el París de Un americano en París, un París hecho en Hollywood, el París del cine, no del Sena)”.

 

5

Leer La Habana fue recobrar el croquis de una ciudad para marcar mis hitos en el mapa de la escritura, señalar las emociones compartidas, saber que las calles que él transitó nosotros las hemos transitado, otras calles, las calles de nuestra memoria que intentan parecerse, inútilmente, infructuosamente, a las de su memoria. Alguna vez, un viejo y destartalado taxi pirata que se varaba cada dos cuadras me dejó perdido en medio de una calle: su chofer, oculto desde la ventanilla, murmuró la dirección de mi hotel con su habanero acento: “Sigue pol viltudes”. En la calle Virtudes, Graham Greene ubica a uno de sus espías de Nuestro hombre en la Habana; por Virtudes vemos la sombra, una y otra vez, ahora más que nunca, de Cabrera Infante persiguiendo a una de sus deseadas mujeres. Por Virtudes, o por falta de ella, quedó la sombra de un poema que escribí hace años a una sombra. Más prosa que poema, para disgusto y afirmación del Triste Tigre Infante Amante.

 

Virgen de la Caridad

La sombra de una mujer

es la memoria

de una tarde.

 

Yo era una sombra

que fumaba un “Popular” sin filtro

en un andén.

 

La memoria

cruzó el tiempo,

y se desvaneció al cruzar

la esquina.

 

Beny Moré

tronaba

en un bar

por Virtudes,

y el mar

estaba al final de

esa calle con balcones

y

ropa al sol.

 

Toda la ciudad estaba

contenida allí

en ese andén

de infinitos

pórticos

por donde se arrastraba

 

ya

la noche cálida

y se aquietaba

la tarde

en la soledad

amarilla y gris

de un domingo de septiembre

fiesta,

según supe,

de la Virgen de la Caridad del Cobre,

y de Ochún, su apasionada

hermana africana.

 

Quién lo hubiera imaginado:

la memoria de una sombra

la luz de esa tarde.

 

Benjamín Casadiego

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