Literatura

El décimo mandamiento

Ana Milena Alandete

15/08/2013 - 12:40

 

Sentado en su silla, meditando sobre los mandamientos que acompañan el destino del hombre, bajó su vista y se concentró en el  décimo mandamiento: No desearás la mujer del prójimo.

Al pronunciar la última sílaba, resonó su voz, hizo una larga pausa; pensó en aquella mujer que entró en su mente desde el día en que la conoció. Era imposible no pensar en ella, su recuerdo le producía un deseo enorme.

"Ella es solo un instrumento del demonio para destruirme”, pensó. Permaneció unos minutos en silencio, cuando apareció ella, con un vestido corto ajustado a su silueta, los labios rojos, con una mirada triste. Le contó todos sus problemas.

-Padre, ya no amo a mi esposo, quiero separarme. ¿Usted qué me aconseja?

Tratando de disimular su alegría y mostrando seriedad le preguntó:

-¿Desde cuándo lo dejaste de amar?, ¿Por qué no lo amas?

Ella fingió lágrimas y con una cara triste contestó:

-Pues padre, desde el día en que comenzó a maltratarme...

El la miró a los ojos, frunció el ceño y desconfiando en lo que acabó de escuchar, le insistió en confirmar lo que ella había dicho.

-¿Estás segura de que te maltrata? -jamás en la vida le vio en la cara alguna señal de maltrato.

-Entonces, ¿no me cree? Pues me retiro, nada hago con contarle mis problemas a alguien que me trata de mentirosa –se paró de la silla y se fue, estremeciendo su cintura. El hombre la observó detalladamente hasta que desapareció de la iglesia, sintiendo su aroma natural de frutas.

Al día siguiente, él estaba en la ducha, cuando se sintió intimidado por unos ojos que lo miraban con insistencia. La puerta del baño estaba abierta, tras la cortina azul claro de perlas, contempló todo su cuerpo desnudo. Ella se dijo: “Todo eso es virgen y es para mí nada más. Ninguna otra mujer lo va a tocar”.

El padre sintió un poco de extrañeza y con un suspiro profundo le dijo: “Hágame el favor y se marcha, respete mi intimidad”

-Mire Padre, nada más venía a hablar con usted. No tengo la culpa de que la puerta del baño estuviera abierta.

-Usted debió de llamarme o tocar la puerta, y no entrar atrevidamente sin mi permiso.

Ella se marchó descontenta.

Desde entonces, las sábanas del Padre amanecían esporádicamente humedecidas como producto de sus fantasías eróticas. En sus sueños, él la acariciaba y besaba todo su cuerpo, experimentaba sus reprimidas fantasías sexuales.

Había momentos que escuchaba la voz del Señor diciéndole con decepción: “No mereces que te cuide. Si no te arrepientes de corazón, te has de incinerar en el infierno. ¡Respétame, pecador!”

Entonces, el Padre hacía ayunos para encontrar el perdón de Jesucristo. A veces no comía en todo el día. Pero, aún así, la recordaba en los momentos vividos, su mordida de labios, ese movimiento de caderas al marcharse…

Tanto fue la necesidad de escuchar su voz, que fue a su casa. Tocó la puerta. Ella abrió sorprendida. La abrazó, le hizo miles de preguntas, como si tuviera mucho tiempo sin verla.

-¿Cómo estás? ¿Tu esposo te ha maltratado y por eso no visitas la casa de Dios?

Ella no supo qué decir, realmente no pensó que él se preocupara. Fingió una cara de tristeza, agachó su cabeza, introdujo sus manos en su pelo y murmuró:

-Padre estoy muy deprimida, mi esposo me ha abandonado a mi suerte, cuando más lo necesitaba. Últimamente peleábamos mucho, me gritaba demasiado. Él ha cambiado mucho, yo realmente no sé que voy a hacer con mi vida, estoy sola.

Él la tomó en sus brazos, tocó su cara, miró fijamente sus ojos y le dijo: “No estás sola, yo estoy a tu lado. El omnipotente también lo está”. La invitó a hacer una oración por sus problemas y su depresión. Unieron sus manos y repitieron la oración que él hilaba en voz alta. Pensaban en todo menos en la oración. “Altísimo Señor, tú que lo puedes todo, ayuda a esta hija tuya a superar esta pena del corazón, bendícela, alivia su alma. Llénala de fuerzas para que siga adelante…”

Al compás de la oración y las manos juntas, sus nervios se enlazaron, sus respiraciones se aceleraron. La chica se atrevió a besar el Padre. Él interrumpió el beso, la soltó e intentó huir. Entonces, ella lo agarró fuertemente por el brazo.

-No te vayas. ¡Te amo!

-Tú no me amas. Sólo quieres fornicar conmigo y nada más… respétame yo soy un hombre de Cristo. Y si fuera cierto, yo no puedo amarte, mi amor nada más le pertenece a  él.  Me eligió para llevar su palabra a todo el mundo.

-Sí, lo reconozco, antes era un capricho, pero luego eso cambió… –respondió ella seria, mirándolo fijamente a los ojos.

El quiso alejarse, pero cada vez más se entregaba al fuego que llevaba dentro. No supo contenerse, la cargó en sus brazos; ella tenía una bata bastante clarita color almendro, se podía observar claramente su figura. Rozó sus labios, la subió a la cama, la besó suavemente y pudo sentir el latido de su corazón en cada beso.

Observaba detalladamente cómo su piel se erizaba al compás de sus caricias. Se intrigó por el cambio de color de sus ojos, ahora el iris era de un negro intenso.

Volvió a sentir una confusión arrebatadora. Jamás en la vida se había enamorado de una mujer tanto como de ella, era la primera persona a la que besaba. El primer beso. No sabía si ser fiel al creador o a sus sentimientos. Se dejó tocar, tenía miedo de rugir, sentía un temor a desbaratar su vida, como si se despertara un animalito dormido. Podía evitarlo, respetar los sacramentos de yahvé. Hizo una larga pausa, iba a decir algo, pero finalmente, no dijo nada y su silencio permitió a la mujer desabotonar y quitar su bata, con desesperación y ansiedad. Entonces, él empezó a tocar su figura, morder su ombligo, impulsar sus dedos como hormigas, desde el caminito de bellos que va de su cuello a sus pechos. Ella sonrió complacida: “Eres muy lindo. ¡Me gustas!”

Lentamente, la chica dejó caer su tanga de Dior y, luego, se dejó atrapar en la intemperie de sus manos. Ella tocó su miembro, lo sintió erecto, lo miró con unos ojos insinuantes, se sentó sobre sus piernas. Se vio envuelta en una ola de calor y sintió sus gemidos, como producto de  sus penetraciones un poco lentas y carentes de experiencia...

Ambos entonaron la canción que sale de los más profundos deseos humanos y lejos quedaron las palabras de la oración…

 

Ana Milena Alandete

1 Comentarios


Gil castro 05-09-2018 09:40 AM

Intenso.

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