Literatura

El cuadro y otros cuentos de Leonardo Maya

Leonardo Maya

07/11/2013 - 08:10

 

El cuadro

Pínteme un atardecer después de la lluvia, le dije al pintor.

El sol debe estar medio oculto entre las nubes pero se adivina su ubicación por sus halos entre oro y plata, las hojas verdes deben recibir la caricia del rocío que mece la suave brisa húmeda, por supuesto muchas mariposas de colores y las flores deben estar recientemente abiertas. No se olvide de los pájaros felices, el olor a tierra mojada y esos ruidos que se escuchan en la distancia después de la lluvia.

-No puedo, me dijo, su cuadro es hiperrealista, yo no puedo pintar ruidos ni olores, las flores no brotan al atardecer, además las mariposas salen es en la mañana.

Lo sé, le dije, pero usted no va a pintar para mí. Quiero que me pinte es el atardecer que le gusta a ella.

 

Prisionero

Quizás yo fui un soldado macedonio que cayó prisionero durante la invasión a Egipto. Quizás usted fue una princesa egipcia encargada de torturar prisioneros sin permitirles la muerte, recuerdo muy bien el perfume de rosas de mi torturadora encubierta, era un suplicio escuchar sus pasos acercándose a mi celda.

No es por sus ojazos ambarinos ni por sus evidentes ademanes de princesa. Lo digo es por su torturante perfume de rosas cada vez que se me acerca.

¡Exactamente igual que cuando fui prisionero en Egipto!

 

Trucos de olvido

Era mi mejor amiga, tanto, que una vez tuve una desilusión espantosa que por poco me cuesta la vida y ella corrió en mi auxilio. Me consoló, me dio consejos de amor, me enseñó trucos de olvido, alegró mis tardes, su sol iluminó mis días y, desde luego, me ilusioné.

La amé de verdad. Ella borró de un tajo cualquier recuerdo y estampó su dulce nombre en mis páginas en blanco, fue mi gran amor y fui inmensamente feliz con ella pero un día se fue sin mí, me olvidó para siempre y nuevamente se oscurecieron mis tardes.

Ya casi no la recuerdo pero nunca olvido los sabios consejos que me dejó. Fue ella quien me enseñó cómo se olvida un gran amor y cómo poner mis páginas nuevamente en blanco.

 

Mágico amor de gatos

Cierto día, un gatito callejero, flaco, sucio y feo de los barrios del sur subió al tejado de una mansión en los barrios del norte. Allí conoció una linda gatita,  de hermoso pelaje y trato agradable. Él bajo la luz de la luna, le contó historias de gatos valientes de su barrio. Ella se sintió feliz y le dio un beso muy especial.

Un milagro ocurrió en el instante. Él se transformó en un gato hermoso, de cuerpo atlético y finos modales.

Al menos así se siente él, lo mágico es que así lo ve ella.

 

Lo que me dejó el amor de Julieta

No quedan rastros de mi amor bajo tu cielo, pero me alegro mucho de haber volado en él.

Tenía doce años cuando Julieta me prometió que si le llevaba una mariposa ella me entregaría su amor, recibí un beso muy breve como anticipo y la imaginación se me desbordó para siempre.

Al día siguiente le llevé una mariposa hermosa que atrapé camino al colegio. No le gustó. Entonces, me fui a los arroyos y manantiales cercanos, con el tiempo escalé montañas y hasta me perdí tres días con sus noches en las cumbres gélidas de la Sierra Nevada para llevarle las más hermosas que existían. Los lunes aparecía en el colegio con enjambres de mariposas exóticas. Ninguna le gustó.

Días después, ante la insistencia de mis promesas, decidió darme una segunda oportunidad. Me pidió que le llevara la flor más bella que encontrara a cambio de lo prometido. Nunca perdí el entusiasmo. Visité montañas, ríos y manantiales. Asalté todos los jardines de la ciudad, me volví un pirata de flores, el salón de clases lo convertí en un jardín botánico repleto de flores tropicales y mariposas desconocidas por la ciencia.

Ninguna le gustó. Decidí olvidarme de ella cuando el asunto se me convirtió en un problema mayor que debía resolver: atender tantas mariposas cautivas que llevé a casa. Me acosaban todo el día, se posaban en mis libros abiertos a chismosear todo lo que leía, se enteraban de todo cuanto escribía en mis cuadernos, yo les ponía agua de azúcar en las flores para alimentarlas y se adaptaron tanto que nunca quisieron regresar, después se convirtieron en mis confidentes (aún lo siguen siendo), me acompañaban los domingos de paseo y hasta aprendieron mis preferencias musicales pero lo bueno era que mi casa vivía llena de chicas que iban a ver mis mariposas domesticadas.

Desde luego, nunca conseguí el amor de Julieta pero estoy seguro que si a ella le hubiera gustado una de mis mariposas, me habría perdido la mejor época de mi vida.

 

Leonardo José Maya

@leonardomayaa

Acerca del autor: Leonardo José Maya (Valledupar). Médico cirujano, escritor y columnista del periódico El Pilón. Publicó “Palabras de amor” en septiembre del 2013 en Valledupar: una recopilación de sus mejores cuentos y poemas sobre la temática del amor.

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