Literatura

El poema de Günter Grass que irritó a la clase política

Johari Gautier Carmona

14/04/2015 - 06:15

 

Günter Grass

La poesía es una forma de expresión poderosa. Una herramienta que permite describir un paisaje, unas emociones, conceptos filosóficos, pero también, dar a conocer sus opiniones políticas de manera estética y reflexiva.

La prueba está en lo que sucedió a principios de abril del 2012 en Europa. El premio Nobel alemán (nacido en Polonia), Gunter Grass, publicó un poema en el periódico Suddeutsche Zeitung en el que cuestionaba la postura de su país (y por consecuencia, de todos los demás países occidentales) ante las claras muestras de Israel de emprender un conflicto contra Irán.

Este hecho generó un escándalo en Israel pero también y, sobre todo, en Alemania: un país que, debido a su protagonismo devastador en la Segunda Guerra mundial (y un innegable sentimiento de culpa),  se ha mantenido hasta ahora fuera de todas las discusiones referentes al conflicto Palestino-israeli.

Günter Grass evidenció con este poema un dilema ético impostergable: el silencio ante ciertas conductas bélicas puede considerarse como un acto destructor. Pero también hizo referencia a otras problemáticas históricas: la culpabilidad de la Alemania de los años 40 en el Holocausto no debe seguir limitando a los alemanes de hoy en su reflexión y su independencia de juicio.

Este poema representa un cuestionamiento social que provocó un escándalo esencialmente diplomático. Quienes criticaron en su momento a Günter Grass son políticos como Hermann Gröhe, secretario del partido de Angela Merkel, que ven en su actitud una traición peligrosa.

Ésta fue una prueba fehaciente de que el arte –y la poesía en particular– sigue ocupando un espacio importante en la construcción de un diálogo o crítica social. Sin explayarme más en las implicaciones de este poema, dejo que el lector se haga una idea de su contenido. 

Lo que hay que decir

Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,

sobre lo que es manifiesto y se utilizaba

en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,

solo acabamos como notas a pie de página.

Es el supuesto derecho a un ataque preventivo

el que podría exterminar al pueblo iraní,

subyugado y conducido al júbilo organizado

por un fanfarrón,

porque en su jurisdicción se sospecha

la fabricación de una bomba atómica.

Pero ¿por qué me prohíbo nombrar

a ese otro país en el que

desde hace años —aunque mantenido en secreto—

se dispone de un creciente potencial nuclear,

fuera de control, ya que

es inaccesible a toda inspección?

El silencio general sobre ese hecho,

al que se ha sometido mi propio silencio,

lo siento como gravosa mentira

y coacción que amenaza castigar

en cuanto no se respeta;

“antisemitismo” se llama la condena.

Ahora, sin embargo, porque mi país,

alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez

por crímenes muy propios

sin parangón alguno,

de nuevo y de forma rutinaria, aunque

enseguida calificada de reparación,

va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad

es dirigir ojivas aniquiladoras

hacia donde no se ha probado

la existencia de una sola bomba,

aunque se quiera aportar como prueba el temor...

digo lo que hay que decir.

¿Por qué he callado hasta ahora?

Porque creía que mi origen,

marcado por un estigma imborrable,

me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,

al país de Israel, al que estoy unido

y quiero seguir estándolo.

¿Por qué solo ahora lo digo,

envejecido y con mi última tinta:

Israel, potencia nuclear, pone en peligro

una paz mundial ya de por sí quebradiza?

Porque hay que decir

lo que mañana podría ser demasiado tarde,

y porque —suficientemente incriminados como alemanes—

podríamos ser cómplices de un crimen

que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa

no podría extinguirse

con ninguna de las excusas habituales.

Lo admito: no sigo callando

porque estoy harto

de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además

que muchos se liberen del silencio, exijan

al causante de ese peligro visible que renuncie

al uso de la fuerza e insistan también

en que los gobiernos de ambos países permitan

el control permanente y sin trabas

por una instancia internacional

del potencial nuclear israelí

y de las instalaciones nucleares iraníes.

Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,

más aún, a todos los seres humanos que en esa región

ocupada por la demencia

viven enemistados codo con codo,

odiándose mutuamente,

y en definitiva también ayudarnos.

[Traducción de Miguel Sáenz. El texto original en alemán se publicó el 5 de abril en el diario Süddeutsche Zeitung.] 

 

1 Comentarios


berta Lucia Estrada 14-04-2015 09:35 AM

Se ha ido una gran conciencia, un gran intelectual, un gran hombre. El tambor de hojalata es una obra cumbre. Hoy hemos amanecido un poco mas huérfanos, un poco más solos, un poco mas cerca del abismo. Berta Lucía Estrada Autora de la columna Fractales

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