Literatura

Alberto Salcedo y el rostro temperamental de la crónica

Johari Gautier Carmona

04/06/2014 - 11:05

 

Alberto Salcedo Ramos Apareció con un paso apresurado y resuelto, como lo haría un boxeador o un jugador de baloncesto entrando en una cancha antes de un encuentro. Estaba dispuesto a exponer sus impresiones y debatir sin ambages sobre lo que más sabe: la crónica.

Alberto Salcedo Ramos colocó su bolso negro a un lado del escritorio y, después de la presentación de su persona, se apoderó del micrófono para entrar en la materia. Lo hizo sin estiramientos, sin saltos de calentamiento. Nada.

¿Sabía en ese momento Alberto Salcedo cuál iba a ser el título de este relato?

Lo cierto es que no perdió un solo segundo, ni siquiera para mirar el pasillo de treinta metros que había recorrido antes de subirse a la tarima del auditorio. Sin apoyo de ninguna clase de texto, el periodista se lanzó en esa aventura impredecible e infinita que invita a perderse en los recuerdos y reconstruir un contexto.

“La crónica fue un género que empecé a cultivar desde muy joven”, explica Alberto. En aquella época, Juan José Hoyos publicaba su crónica en El Tiempo, cada viernes. Era uno de los pocos espacios en los que se podía degustar este género. Como todo, el periodismo impone sus pautas, sus modas, sus periferias.

“Es el único género que tolera el término subjetividad”, comenta el ponente y, desde ese instante, nos conduce a la frontera que divide la crónica: el periodismo y la literatura. La firma, las impresiones y vivencias se convierten en elementos destacados, en testimonios que sirven para alimentar el hecho narrado. “Es un periodismo de autor”, subraya.

El carácter, la observación, la curiosidad, la originalidad –atributos que Alberto Salcedo considera esenciales para elaborar una buena crónica– intervienen de manera crucial en unos tiempos en los que la información se encuentra en todas partes, a un solo click de distancia, y Wikipedia termina siendo la enciclopedia casera de todos. En este contexto, el cronista viene a reivindicar la importancia de la primera persona, del estar presente, de ser testigo, y se interpone en esa amenaza que ejerce Internet sobre el periodismo tradicional.

Ese temperamento inherente a la crónica se impuso de repente cuando Alberto Salcedo percibió que un rumor iba creciendo en la sala al mismo tiempo que el personal servía un refrigerio a los asistentes. “¿Me paro?”, preguntó.  Su rostro inquisitivo se dirigió hacia los organizadores del evento, pero no encontró respuesta inmediata.

¿Quiso Alberto Salcedo que este artículo tuviera esta forma? Todo parece que sí.

Incómodo por el ruido, el periodista se alzó para marcar una pausa. “¡Si no me paran bolas, yo me paro!”, manifestó.  Al instante, conocidos ubicados en la primera línea, artistas y analistas de la música vallenata, se acercaron para saludarlo. “¿Qué más, Alberto?” “¿Cuánto tiempo?”.

Las fotos sociales se impusieron. Una con Félix. Otra con Julio, Efraín, Herlency. Así durante diez minutos. Y antes de cada instantánea, el respectivo saludo. Lo que normalmente se hace al final de una conferencia, se adelantó por las buenas. Alberto mostraba su lado espontáneo y cercano, se dejaba fotografiar sin que el hecho de alternar el orden de su presentación supusiera un problema.

En ese lapso de tiempo el cronista se dio cuenta del error cometido en un cartel ubicado en el fondo de la tarima. Se le presentaba como Alberto Salcedo Uribe en lugar de Alberto Salcedo Ramos. “¡Uribe está de moda!”, expresó jocoso uno de los espectadores con el fin de picarle. Era un simple comentario de un asistente conocido, pero Alberto Salcedo no hizo caso omiso. En plenas elecciones presidenciales, un periodista tan crítico como él no deja que su nombre caiga en las sombras del poder.

Enseguida recordó una crónica que realizó dos años antes para la revista Soho. Visitó un colegio donde en lugar de Pablo Neruda se había escrito Pedro Neruda por error en una pared. “Pregunté por qué Pedro, y me dijeron: ¡Eso no importa!”, comenta Alberto con el fin de subrayar el poco profesionalismo e interés de los directores de la escuela.

¿Era consciente el periodista que esta nota iba a relatar lo que no suele contarse?

Quizás. Por eso también mencionó un extracto de su crónica “Viaje al Macondo real” en la que describe una anécdota del escritor Ramón Illán Bacca quien, conversando con un tipo que mencionó erróneamente “la espada de Demóstenes”, no aguantó la tentación de corregirlo: Es la espada de Damocles, dijo. Pero el hombre, sin una pizca de vergüenza, le contestó: “Bueno, da lo mismo que sea Demóstenes o Damocles porque en esa época todo el mundo andaba armado con espada”.

Tras otra anécdota que nos traslada a la liberación de Ingrid Betancourt, el periodista no puede reprimir una muestra de temperamento y un regaño suave. “Eso pasa hoy en día porque la gente es muy folclórica –manifiesta Salcedo indicando el afiche con el error en su nombre–. La gente no se toma en serio las cosas. La gente es muy chapucera. […] A un profesional no le puede pasar eso”.

El enganche está hecho. La virtud principal del periodismo es el profesionalismo. Son palabras textuales de Alberto Salcedo. Errores como éstos no pueden tolerarse en un artículo periodístico y menos en un evento que se quiere de tamaño nacional. Pero las prisas, la falta de rigor y la poca ética profesional lo invaden todo. Esto se ve multiplicado por el uso de Internet y se traduce también en el trabajo diario de un periodista.

“El periodismo se ha convertido en el rehén de la entrevistitis aguda. Todo el mundo anda con una grabadora tratando de conseguir las cosas a la fuerza, tratando de conseguir las cosas en entrevistas rápidas –explica–.  Te entrevistan al pie del ascensor, te entrevistan en un restaurante, te entrevistan en todas partes y, casi siempre, terminan diciendo lo que uno no ha dicho. Hoy la vida consiste en sobrevivir a la mala interpretación que le hacen de los tuits de twitter y en las revistas apresuradas”.

Después de estas declaraciones, ¿quería Alberto Salcedo que otro asunto figurara en este espacio? Parece que sí.

Su crónica sobre Diomedes Díaz no podía quedarse por fuera. Esa obra, que tanto ruido ha generado entre amantes y fanáticos de la música vallenata, puede ayudarnos a entender lo que es la crónica: un género que no viene a complacer ni tampoco a maquillar estéticamente una escena.

La crónica es un acto de memoria, un reflejo honesto de la realidad. Un acto de conciencia  Por eso, se valora el estilo y las formas, el tono y la creatividad, para presentar la verdad y no desnudarla de sentido.

“Mi crónica sobre Diomedes Díaz no fue la más amable […] –reconoce Alberto Salcedo–. Pero  mi propósito no era lincharlo. Era entender qué tenía ese personaje”.

Ahora, vuelvo y pregunto: ¿Sabía en ese momento Alberto Salcedo cuál iba a ser el título de esta crónica?

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

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