Literatura
IronÃa
FÃjese que no sabÃa nada de ella. Sólo conocÃa lo que se puede ver, que es muchÃsimo más de lo que aconsejan las buenas costumbres. Lo curioso es que no me atrae cuando lleva pantalones cortos y camisilla de tiras, sino cuando usa jean y camiseta polo. Me fascina la manera en la que la imaginación juguetea con esas curvas enormes, aparatosas, que se insinúan bajo la camiseta y que el jean proclama a gritos. También me encanta cuando camina poniendo un pie delante del otro para que la cadera se mueva por la amplitud de la calle. Los carros pitan, gritan obscenidades los conductores, los hombres giran la cabeza cuando la han sobrepasado. Y ella, imperturbable, sigue hacia mà con la bravata de su cadera. Me mira a los ojos, o más adentro, quizás en los dobladillos del alma, y continúa con su meneo fascinador hacia la Calle Ochenta, mientras las cabezas giratorias, los pitazos y las obscenidades continúan escoltándola.
Asà estaba ayer en la tienda: jean y camiseta polo. Ella buscaba frutas y yo estaba seleccionando papas. Sé que suena poco romántico que me haya visto con las manos embarradas de tierra. Pero asà fue: yo estaba encorvado sobre el bulto y ella estaba al otro lado. Lo raro es que venÃa sin razón alguna, puesto que esta esquina del supermercado se destina a tubérculos, raÃces, rizomas, bulbos y demás. Sin embargo venÃa, revolvÃa alguna canasta y regresaba con las manos vacÃas. A los cuarenta segundos venÃa de nuevo y de nuevo zarandeaba algún cesto y se iba. Tres veces realizó la misma operación. Luego se fue a la registradora, en la que se paró con el pie derecho tirado hacia la izquierda y el izquierdo hacia la derecha, como si fuera una tijera semiabierta. Ahà fue donde pensé que habÃa una señal. No de ella, que no las entiendo porque soy un hombre torpe y tosco, como todos los hombres del mundo. Pensé que era una señal del cielo. El señor sabe lo que es bueno para mÃ, me dije conmovido. Si él quiere que nos conozcamos, haré su santa voluntad. Y la hice: la saludé.
—Hola, —respondió con una sonrisa enorme.
La conversación me fue llevando hacia su casa como si fuera un borrego guiado por el cayado de su voz. Sigue, invitó con una modulación que recataba cierta lujuria. Entré y dejé las dos bolsas en la cocina.
—¿Cerveza?, —preguntó apenas salà de la cocina.
—SÃ, gracias.
Las cosas se iban poniendo interesantes. Fue al cuarto de donde salió con unas babuchas en forma de garras, el jean desabotonado y una camiseta de tiritas. Quise decirle todo lo que me venÃa a la mente, pero preferà callar porque no querÃa dañar las cosas ahora que habÃan alcanzado un estado tan avanzado.
—¿Te gusta el fútbol?, —indagó con una voz que se ponÃa turbia.
—¡Claro! ¡Cómo no me va a gustar!
La verdad nunca me ha interesado; pero cómo me iba a tirar el plan por esa bobada. Si quieres lo vemos en mi cuarto; espera lo arreglo, remató. Ahà no me quedaron dudas: el señor querÃa que la Conociera como se Conoce en la biblia; es decir, Carnalmente.
—¡Ven!, —grito desde el cuarto.
Cuando llegué a la puerta, la vi acostada en topless.
—Ven, no seas tÃmido, —insistió.
Al tercer paso vi a un hombre con un revólver. Salté asustado.
—Tranquilo, no hay nada que temer, —afirmó ella con voz serena. —Vamos a hacer cositas ricas: primero ustedes dos tienen sexo y después lo hacemos tú y yo.
—No me parece, —dije.
—No sea asÃ, —objetó el señor del revólver.
—Ni mierda, —repliqué. —Prefiero que me pegue un pepazo en los testÃculos…
Y esa es la razón por la que estoy internado en el hospital.
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Diego Niño
@diego_ninho
Sobre el autor
Diego Niño
Palabras que piden orillas
Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.
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