Literatura

El fabricante de hombres

Diego Niño

31/08/2014 - 12:30

 

¿Qué haría si se enamorara de alguien que acaba de morir y a quien no conoció en vida?

Pues eso fue justamente lo que le sucedió a Samuel, protagonista de La Invención del amor, novela de José Ovejero (Premio Alfaguara de novela 2013).

Todo inicia con una llamada después de una noche de copas. Quien está al otro lado le anuncia a Samuel que murió Clara. Él, quizás por el trasnocho o el grado de licor en la sangre, continúa escuchando la historia a pesar de que está convencido que es una equivocación.

Al final de la conversación escudriña la lista de mujeres que han pasado por su vida para confirmar que fue un error: “aunque me demoro en el pasatiempo de intentar reconstruir mi historia sentimental, ese rompecabezas desordenado, hecho de piezas que no encajan, sé que el esfuerzo es inútil: estoy seguro de no haber conocido a ninguna Clara”.

Lo que para cualquier persona no pasaría de ser una anécdota, abre la puerta a una historia imprevista, no sólo en forma sino en fondo. Primero porque Samuel es un hombre que en las primeras páginas se le ve borroso, salido de foco. Acaso por su misma insustancialidad, asiste a la cremación de Clara. Allí, ante la indignación de los asistentes, recibe un puñetazo de su esposo, que está convencido que es el amante.

En este punto de la historia no solo empieza la invención del amor por Clara, sino que también inicia la suplantación que hace el protagonista  del Samuel con el que fue confundido.

Por tanto el autor juguetea con el Yo múltiple, contradictorio y complementario que hace que el Hombre sea muchos Hombres que emergen de acuerdo a las circunstancias.  Ya lo dijo Ovejero en una entrevista: “El yo es un invento filosófico, que es muy difícil de sustentar, no solo porque cambia, sino porque creo que tenemos distintos tipos, dependiendo de con quién estemos, de cómo nos encontremos, del contexto. Según vamos viviendo vamos eligiendo un yo, pero vamos dejando de lado otros. Lo que podríamos haber sido”.

Si el Hombre es, como dice Ovejero, una sustancia múltiple, ¿cómo puede, entonces, prometer que amará si no será él quien estará presente en todo el proceso? El amor sería un asunto de aquí y ahora: es imposible saber cuál Hombre, con el curso de los años, estará al mando de nuestra vida.

Tal vez por eso afirma el Samuel del principio de la historia (página 96): “Siempre he evitado la palabra amor. Un sustantivo devaluado, una moneda tan usada que ha perdido el relieve, de manera que se puede acariciar entre los dedos sin percibir imagen alguna; una moneda que no me atrevería a dar en pago por miedo a ser mirado como un estafador”.

Sin embargo, gracias a la suplantación y al amor por Clara, el Samuel del inicio de la novela es reemplazado por un Samuel que desea explorar aquellos parajes a los que no habría entrado antes, pero que fueron explorados por el Samuel “real”.

En el proceso se enamora de Carina (hermana de Clara) de una manera que le resultaría ridícula meses atrás (página 239): “Siempre he creído que el pensamiento es más original que la emoción; es más fácil pensar cosas nuevas que sentirlas. Los amores felices se parecen; los desgraciados también. Y sin embargo, ahora mismo siento algo que me resulta nuevo: nuevo en mi biografía personal, no original ni inusitado”.

En consecuencia, la novela es la metáfora de la creación de hombres y circunstancias. Para hacerlo se hace el seguimiento de los Hombres que se superponen hasta transformar el protagonista en el hombre con el que lo confundieron. Como esos montajes de televisión que inician con un personaje y con el rodar de los fotogramas descubrimos otro.

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

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Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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