Literatura

Confidencia y otros poemas de dolor y de muerte

Luis Carlos Ramirez Lascarro

20/10/2014 - 05:10

 

La poesía colombiana muchas veces ha sido tildada, con visos de reclamo, como discursiva, cosa que no entiendo puesto quela primera obligación que tiene un poeta es ser de su tiempo y dar testimonio de ello.

Y, si bien la obligación de la poesía es serlo sin verse sujeta o estar al servicio de esta o aquella ideología o concepto, no podemos seguir pretendiendo vivir en la antigua torre de marfil en la que han tratado de mantenerse muchos poetas colombianos, dándole la espalda a su realidad más próxima.

En ocasiones, se debe optar por la opción de no agradar, de impartir justicia, de suscitar fuerzas contrarias, de levantar ampollas, de poner el dedo en la llaga, de decir lo que algunos callan por miedo y otros por conveniencia.

Nuestro país sufre muchas formas de violencia, algunas de las cuales he revisado en los siguientes textos de mi autoría que les comparto y que hacen parte del libro: “Confidencia: Poemas de dolor y de muerte, sin publicar.

 

Errante

En mi primera noche en la ciudad alguien me dijo: “Todo estará bien”.

Sentados en un sardinel cualquiera,

sintiéndome extranjero y desnudo. Atemorizado.

Podía volver a ver el cielo ardiendo, las casas desmoronarse.

El apagón.

Oír los disparos secos, el chillar y el crujir de puertas y camas.

Los aldabonazos.

Sentir el sudor espeso de la desbandada.

 

Había corrido a cualquier parte para eludir las balas.

Por no morir, deberé vivir por caridad.

 

Atrás quedaron las trochas floridas de la vereda,

las noches tranquilas y los cafés aromados con el mugir de las vacas.

La vida.

 

Ahora no queda nada.

 

Ir y venir y volver a empezar en medio de la incertidumbre.

Vacío.

Como un cadáver, como un fantasma.

Errante. Y sin saber ¿por qué?

 

Confidencia

Era un árbol fuerte,
grande, frondoso, saludable.

Unas manos ajenas troncharon mi ramaje,
mis raíces profundas coartaron…
Mi corteza fue herida,
mi corazón ultrajado,
mi savia esparcida, regada
al viento falaz,
mis frutos extirpados,
mis flores agostadas…

Soy un fantasma de mi mismo,
una caricatura de antaño.

Soy, un desarraigado.

 

Para decir por el que calla

Yo soy el que te busca bajo las marcas ineludibles del tiempo,

tras la huella indeleble de sangre,

sobre la sombra que imita tu rostro,

ante la brasa que aviva esta llaga que arde.

¿En qué recoveco del alma,

en qué borbollón de sangre, tu y yo, nos encontramos?

¿En qué marejada de penurias,

en qué dolor y qué lamento nos hermanamos?

Vuelvo a tu casa y tu tumba,

a tu alma inabarcable, cálida e indomable,

al rumor alegre de tu voz luminosa y pura,

al galopar de tu risa alimentando nuestras noches.

Soy yo el que te canta y te encuentra

bajo los sobacos agrios y oscuros de la muerte,

para proclamar que nos vuelve a rondar la saña,

para decir que la mierda, aún escondida, hiede.

 

Aquel nueve de abril

Este hombre es un pueblo: Enorme, intransigente, indomable. 

Tierno, vulnerable - como todos -. Vertical. 

Y hoy es el último día de su telúrica esperanza: Aún no lo sabe, es cierto. 

 

Miedo no es su nombre, terror no es su apellido.  La saña de la muerte se enfila, ponzoñosa,

en las paredes grisáceas y el vocerío de las gentes: Calcula. Piensa. Ensaya. 

 

El ánimo de la victoria brillante le inmuniza a cualquier presagio y al sueño: 

Nunca más verá ese sol triste detrás de los cerros añejos, 

ni su rostro indígena inundará ya la plaza con su firmeza mineral y sus palabras de fuego. 

 

Va a morir sin darse cuenta ni haberlo pensado este último de sus medios días de gigante quimérico y nostálgico: Sobrenatural.

 

Es su voz el eco de otras urgencias: Ignoradas. Desconocidas. Desatendidas. Burladas.

Es su sueño la pesadilla cotidiana de los dos países que le hienden el alma: 

El ansia del pan, el arroz, la sal y el azúcar… Los votos, las influencias… ¡la mierda!

 

Es un medio día como otros antes del holocausto: 

Son las dos, un poco más, y el alma se le esfuma con la misma fuerza estruendosa de su verbo

 y el disparo escupido de la nada imprecisa de la Jiménez… 

 

- Hace poco había marchado, en silencio luctuoso, por estas mismas calles lúgubres andinas –. 

 

¡Ha sido el crujido y el chirrear de dientes!

 

El sordo rumor estremece los quicios y revienta ventanas: 

Un solo rugir de entrañas furiosas recorre calles y trochas,

valles, cumbres, vidas y muertes… 

 

Una ira y un dolor sin género, edad ni condición: 

Un sentir irreflexivo con el brillo y la potencia de la venganza

en los ojos desorbitados. Furiosos.

 

La sangre, el fuego y el pánico se han expandido tan pronto la muerte ha urdido su caótica madeja.

 

Este era un hombre, digo:¡Mataron a Gaitán!

 

En los sardineles de mi ciudad

En los sardineles de mi ciudad adoptiva,

muchos niños, en las mañanitas,

inician el juego de ayudarle a sus padres a sobrevivir…

algunos portan pancartas anunciando sus miserias heredadas;

o limpian vidrios indiferentes en las pausas de los semáforos,

o pregonan menjurjes contra todo mal, menos su desamparo,

o adivinan todas las suertes y conjuran las desgracias ajenas.

 

Otros danzan al zum - zum de las moscas escarbando en un basurero,

o persiguen a los transeúntes afanosos buscando captar su lástima,

o ruegan por una migaja embadurnada de desprecio.

 

Otros desnudan en el asfalto las semillas del miedo y la rabia,

iniciando la correntilla del hambre sin ilusión de pararla,

otros aprenden a tejer sus dolores en el regazo percudido del desarraigo.

 

Y las madres revientan sus miradas en la impotencia.

cerca, muy cerca, algunos padres sobrevivientes,

en la frontera de la calma y el desespero

aprietan dientes aguardando una esperanza siempre aplazada.

 

Más allá de la muerte

Digo vida, como digo mi nombre para no dejarme caer en el vacío.

Digo vida, de nuevo, en este paisaje hediondo de barbarie:

al fondo de esta pileta de sueños decapitados,

brotando del entrecejo amargo de la violencia multiforme.

 

De aquí, donde la masacre de hoy borra la de ayer, pero

sin un asomo de pasmo, anuncia en sus estertores la de mañana.

¿Hasta cuándo surcarán las balas nuestros cielos atormentados?

¿Cuántos gemidos más deben azarar nuestras madrugadas?

 

Cercado por el miedo, la grisácea resaca de la emboscada,

digo vida para conjurar la muerte colgante en mi pecho,

en este rinconcito de esperanza entre guerras incontrolables

 

en este mar de silencios informes y almas mutiladas,

entre estas cordilleras de hambre y dolor sin nombre,

entre esta miseria que nos aúna, más allá de la muerte.

 

 

Ni tres tiras

No queda otra cosa más que el conjuro, el ungüento, el talismán, el bebedizo:

lo mismo en Yotoco que en La Virginia,

en Casabianca o Sutatausa, que en Guamal. De rabo a cabo, ¡hasta la puta mierda!

Busque usted más bien un cartomántico,

un alquimista, un sobandero, un culebrero paisa o un brujo de radio libertá,

pero no busque, ni de vainas, un hospital.

 

Machuque verbena, serene matarratón, hierva anamú o suase limonaria o toronjil, sancoche la hiel de  la mojarra con oreja de pescado de Zapatosa.

Rocíele una pisquita de ñeque y cuento acabao:

Ahí le tengo la contra pal catarro viejo.

Sino le pudo, haga maromas en un solo pie, arrodíllese

frente a un envase de coca – cola y dele cinco vueltas a la plaza en peloto,

pero, ¡ni por el putas! vaya a ir al hospital:

acá también conocemos el todolopuedoso ibuprofeno,

pero pa esa jaqueca preferimos mandarle ron.

Las EPS no saben lo que es un maranguango ni mucho menos una oración.

Apúrele, de todos modos, ¡se nos acaba la promoción!

Si va por esos lados sale pidiendo limosna pa conseguirse las pepitas:

Unas pepitas de mientrastantol.

 

Puede salirle más barato colgar los guayos que pasar por la EPS:

Le facturan hasta el aire y  no le dejan pal arriendo ni la luz.

 

Si se raspa échese saliva de bobo y pa la churria consiga leche de mula negra.

Bamboléese, menéese, tuérzase, recontra tuérzase,

muérdase el codo y cáguese en la puta madre. Lo que sea.

Pero, eso sí, ¡ni puelcarajo! vaya a tener a un hospital.

 

No se vaya a sentar a esperar a que en este país su miseria le importe al Estado.

Duele menos morirse y es más grato.

La muerte no tiene copago ni admite regateo.

 

Siga botando el voto pa que lo sigan güevoniando

mientras va vivando al  partido de la mafia… ¡Viva el libre comercio, carajo!

 

Les presento al brujo Cepeda Samudio, al maestro Jaramillo Escobar,

al vigoroso Escalona, al sabio tartamudo Zuleta,

al doctorísimo Pacheco Anillo, al humanitario Ochoa.

Y a los originales: Leandro Díaz y Pablo Flórez.

Creedles.

¡Lo que ellos no curan no lo cura nadie!

Y no piden más que una visita de cortesía y una copita de inconformismo.

 

Los dueños del comercio quieren matarnos de cualquier forma:

No importa cómo se apelliden ni en que club se burlen de nosotros.

Si las balas no les alcanzan, no se alteran, para eso tienen el diclofenaco.

 

Si cuenta usted con un camellito (que es otra forma de ser esclavo),

cuide bien cada luquita: pueden echarlo, sin previo aviso,

pa no pagarle las prestaciones sociales y seguir siendo grandes señores.

Y antes de esos, no se le olvide, ¡no pase usté por un hospital!

que, si acaso lo atienden,

en vez de sacarle la vesícula terminan sacándole la apéndice.

 

¡Pero deje usté de pagar los aportes!

Todo queda en burocracia, en gastos dudosos, en la untada de la mermelada:

partidas re-partidas que agrian las caras de los disfuncionarios del sistema.

 

¿Va a quejarse con los superiores? Pierda el tiempo, a la larga es suyo.

El ministro ¿De salud? Bogotano, galopando, atrincherado,

en su privadísima oficina de servidor público,

de abullonadas poltronas, finas lámparas y sofisticados esquemas de seguridad,

dedicado a la geometría tramoyista (más efectiva que la cartesiana)

y a la aritmética electoral (esa que mata candidatos y recibe dineros de la mafia)

cuyos axiomas consagrara la suprema componenda del Frente Nacional.

 

Uno, otro de esos tantos que se ferian el país desde hace más de doscientos años.

Uno de esos herederos de su Alteza, que huelen a virrey y ¡nos traen de las pelotas!

Administradores hereditarios de nuestra hambre y desamparo:

Jodedores de la existencia, mañosos, tramposos, ¡embusteros es lo que son!

 

Venga pues donde nosotros que curamos cualquier cosa que tenga cura

y la que no, ¡ahí vamos viendo! Eso sí, tenga por seguro, que no lo vamos a robar.

Venga pues que le damos el secreto pa todos los males en esta retahíla,

que también le repetimos, por si le queda alguna duda:

Ni tres tiras vale este sistemita de salud que nos gastamos, ¡no señor!

 

Emboscada

Del norte del Cauca nos llegan noticias de lugares cuarteados,
en cuyas fisuras se escuchan los ecos de los muertos saludando desde el más allá,
los ecos de los ausentes, exiliados en su propia tierra, saludando desde más acá,
tras la puerta donde comienza el dolor, frente a la ventana reventada a culatazos.

La noche se puebla de voces, rumores colados por las rendijas del pueblo,
los tembleques escombros sostenidos por el ritmo polifónico del llanto:
nos hablan de un país de esperanzas abortadas, de sueños diluidos en la niebla,
torturas, bombardeos y otras mil caras de la muerte impuesta desde las sombras.

Voces provenientes de pechos y abdómenes destazados,
cuerpos putrefactos, decapitados, ultrajados aun después de la muerte,
de cicatrices blandas, dolorosas, apenas cubriendo los nudos temblorosos,
de fosas innumerables hartas de incontables ene enes.

A esta hora la sierra se tiñe de sombras que sobreviven al morir de los sueños,
doblan las campanas las horas idas, acompasando la marcha a un lejano sufrir,
creando en la penumbra un espacio para otro día sin un instante de sosiego,
otra partida del juego en que nos destruyen en busca de alcanzar no sé qué fin.

De un anochecer que casi nadie recuerda o casi nadie conoce,
de un lugar casi sin nombre o sin significado para casi todos,
llegan ecos de la demencia desgañitándose en su orgiástica masacre,
de las ruinas humeantes y hediondas a pólvora negra y espanto.


Solo nos llega al margen de la silicona y la estupidez institucionalizada,
cifras… partes… promesas… pantomimas inútiles, estériles. Paliativos.
En nada reparan el sentimiento abatido, en nada allanan la pena tan honda,
los discursos cacareados y cacareados por los medios desinformativos.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

 

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro, Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Estudiante de Historia y Patrimonio en la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: El acordeón de Juancho y otros cuentos y Semana Santa de Guamal, una reseña histórica; ambos con Fallidos editores en el 2020. Ha publicado en las antologías: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011); Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Diez años no son tanto y Antología Elipsis internacional (2021). Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49 Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). En el 2019 escribe la obra teatral Flores de María, inspirada en el poema musical Alicia Adorada, montada por Maderos Teatro y participa como coautor del monólogo Cruselfa. Algunos de sus poemas han sido incluidos en la edición 30 de la Revista Mariamulata y la edición 6 de la Gaceta Hojalata (2020). Colaborador frecuente de la revista cultural La Gota fría del Fondo mixto de cultura de La Guajira. 

 

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