Literatura

El relato de un perdedor

Félix Molina-Flórez

02/05/2012 - 10:59

 

Son las tres de la tarde y Beto*[1]no ha almorzado. Lleva tres horas de estar estirando el malogrado acordeón que permanece estampado en su pecho como otra extensión del cuerpo. Se escuchan notas de una música incisiva y recurrente.

Una y otra vez repite los compases hasta hacer que la melodía fluya lo más pulcra posible a través del instrumento. Hace gestos y mira a sus compañeros para señalarles si algo salió mal o todo va bien. Lo acompañan Daniel y Mateo. El primero, golpea su caja como con ira, pero a la vez con satisfacción al sentirse como un encantador que hace magia con las manos.

Daniel tiene 30 años y estudia operación de maquinaria pesada en una corporación. Mateo,  que sostiene el trinche que sube y baja por el cuerpo desnudo de la guacharaca, se ha acostumbrado a no hacer nada. Los dos acompañan a Beto, quien tiene en la mente lo que ha llamado una utopía: ser el ganador del Festival de la Leyenda Vallenata.

 

II

Beto recuerda que la primera vez que vio un acordeón real fue en 1995 cuando estaba en la finca de su padre, un hacendado muy pudiente de la región de Mariangola. Esa tarde Don Barros, como llamaban a su padre por aquellos tiempos, contrató a un conjunto vallenato para que amenizara la celebración del cumpleaños de uno sus hijos.

A la larga, había dinero con qué pagar esa y muchas fiestas más. Beto vio que por la puerta principal de la casa entró un joven de ojos verdes con un maletín que tenía inscrito al lado de la manija Hohner. Le inquietó un poco saber lo que había adentro de esa particular maleta. Contempló aquel empaque con la esperanza de que pronto el invitado sacara lo que con tanto cuidado guardaba. Al instante, el hombre abrió el equipaje de donde salió un objeto bello: un acordeón III corona, color rojo, con correas de cuero y un fuelle con el tricolor patrio estampado. Aquel descubrimiento sería, sin duda, una revelación.

Había un embrujo en aquel instrumento. A Beto, en realidad, no le importaba la fiesta. Después de cuentas un niño de ocho años se fija en cosas más abstractas. Él miraba al hombre que parecía extasiado mientras ejecutaba aquel acordeón color carmesí. Su padre, que repartía Whisky a diestra y siniestra, no dejó de contemplar el asombro del pequeño que estaba anonadado con el instrumento. Al finalizar la fiesta, Don Barros le compró el instrumento al hombre que lo tocaba y lo puso a los pies de Beto, quien con los ojos exorbitados no sabía qué hacer con él.

 

III

Ahí está Beto sobre la tarima. Es la tercera vez que intenta coronarse monarca del certamen en la categoría aficionado. Ya lo conocen. —Ahí está el perdedor—, murmuran entre sí algunos asistentes. Él parece repetir los gestos de aquel hombre que fue a tocar aquella tarde a la finca de su padre. Pero Beto ya no es el hijo de un hacendado. Su padre ahora es un pobre vigilante de carros en la Novena, a quien el destino le jugó una mala pasada. Un hombre que tuvo que vender el instrumento que le había regalado a su hijo para comprar los tiquetes y emigrar a la capital mundial del vallenato en busca de un mejor horizonte.

Beto pela un pito, luego otro. Entonces, empieza a anhelar aquel III corona rojo que su padre le había regalado. Cierra los ojos con la idea de que el jurado sea sordo y no se percate de los desatinos. El fuelle parece averiarse. El acordeón pierde fuerza, ya el aire no se concentra con la misma intensidad como debiera. Los jurados se miran entre sí y se hacen una señal que parece responder a un plan macabro. Pero Beto tiene dignidad. Es posible que lo haya perdido todo, pero su dignidad se mantiene intacta, al final de cuentas su padre le enseñó a perder con altura.

 

IV

Los tres se bajan de la tarima sudados. Daniel y Mateo con los rostros anclados al piso, Beto con la cabeza como una bandera izada. Él sabe que tiene talento. Que le falte un buen acordeón no significa que no sepa tocarlo.

A fin de cuentas, hasta el mejor gladiador pierde una pelea sino tiene una buena espada con qué defenderse. Baja el último escalón y ve que se acerca un hombre, de ojos verdes, que le parece conocido.

Le da una palmadita en la espalda, luego de lo cual le entrega un maletín que dice Hohner al lado de la manija. —Toma, el próximo año será la vencida—. El hombre se marcha sin más. Beto recuerda ese día cuando por primera vez vio un acordeón.

 


*[1]Nombre cambiado por solicitud del protagonista

Félix Molina Flórez

Contacto: flex20_06@hotmail.com

Sobre el autor

Félix Molina Flórez

Félix Molina Flórez

Piedra de sol

Félix Molina Flórez (Valledupar 1986). Docente, promotor de lectura y bibliotecario. Ha publicado algunos textos poéticos, narrativos y ensayísticos. La columna "Piedra de sol" es un espacio donde se abordan temas relacionados con la literatura, la cultura y las artes en general.

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