Literatura

Gonzalo Arango, profeta del Nadaísmo

Jairo Tapia Tietjen

28/10/2014 - 07:20

 

Gonzalo Arango

Han pasado 38 años desde su desaparición física en un lamentable accidente cerca de Villa de Leyva, en septiembre de 1976. También fue accidentada su parábola vital, y encontrarse también sesudas coincidencias: numerosa parentela de su padre el telegrafista del pueblo, madre humilde de nombre Magdalena.

Adelanta dos años de derecho, y luego se dedica a bibliotecario en la Universidad de Antioquia, para terminar militando como periodista oficial del régimen de Rojas Pinilla, que al ser derrocado,  lo aparta del mundanal ruido para dedicarse a lecturas y profundas cogitaciones que desembocan en la creación del Nadaísmo en 1958; sabia vital del grupo de gurúes que marcan una década antes los senderos del hipismo. El Nadaísmo es definido por el propio por Gonzalo Arango, como acostumbraba firmar: “es un estado del espíritu revolucionario que excede toda clase de previsiones y posibilidades”.

Su desordenada y excesiva militancia los conduce a ser encarcelados por escándalo público, y condenados a la excomunión colectiva por flagrante sacrilegio; eran jóvenes contestatarios, irreverentes, poetas y artistas, que después crean el premio Nadaísta en protesta al  desprestigiado premio Esso --con ayuda privada y oficial, en la cual se imponen compartiendo el primer lugar,  las novelas de sus miembros: “Terremoto” de Germán Pinzón, y “La pequeña hermana” de Pablus Gallinazo. La otra novela es “Los días más felices del año” del también nadaísta  Humberto Navarro, obras muy vapuleadas por la crítica por sus innumerables confusiones, falencias y monotonías, pero que desnudaban la precariedad de la novela colombiana, y  la necesidad de los concursos para suscitar el profesionalismo, vocación  del escritor, y el necesario estímulo para alcanzar la composición meticulosa y lúcida de la obra literaria en nuestro medio.

El movimiento nadaísta y sus numerosos  adeptos , especialmente en Medellín, Cali y  Bogotá, paulatinamente fueron perdiendo su brío, fogosidad inicial y unidad, olvidando  guardar lealtad  hacia una ideología que debía estar  a la altura de las palabras de su líder: “Soy un enamorado de la vida, un vividor de tiempo completo. El suicidio no me parece ni cobarde ni valiente, simplemente idiota. No soluciona nada, pues en la muerte no hay problemas. Toda mi  fe y toda mi desesperación es para este mundo y sus problemas”.

En carta a una amiga en Maracaibo le cuenta: “Predicamos bajo el slogan de ‘Somos geniales, locos y peligrosos’. Desafiamos la moral, las costumbres, tradiciones, los mitos. Nos consagramos a una bohemia horrenda, suicida, casi todos se drogaban… Tampoco queríamos transformar la sociedad, ni salvar nada, ni a nadie. El Nadaísmo se suicidaba, se liquidaba como generación rebelde. Concluí que había que cambiar el rumbo, humanizarlo, volverlo creativo, pero sin abdicar su primitiva rebeldía. Me dijeron traidor al Movimiento”. --Pues no disimulaba su afán de protagonismo y olfato para el oropel, como cuando discurseaba con el presidente Lleras en el buque ‘Gloria’; coronaba reinas en Cartagena, y era jurado para elegir al rey vallenato en Valledupar--.

Mi imagen es quemada públicamente por los disidentes. Otros conscientes se pusieron de mi parte, mientras otros se emborrachaban y permanecían en silencio, yo trabajaba convocando a la juventud en torno a las nuevas ideas. Comprendíamos que no éramos genios sino solamente hombres, y que no se hace una revolución por la gracia de Dios, sino con actos, con ideas”.

Fue el canto del cisne de un grupo que en su accionar vislumbramos la marca indeleble de una  época marginada, por una desigual sociedad opresiva, sojuzgada por lustros de oscurantismos y nacionalismo estrecho, aunque muchos entusiastas de su generación quedaron signados por su predicación contra las encrucijadas morales del mundo atroz en que vivían. Representaban la esencia de la iconoclastia hacia ese mundo de facciones enfrentadas que sacrifican vanamente en sus altares miles de cadáveres  con resultados insignificantes a sus promesas de salvar y liberar al hombre y llevarlo hacia la utopía de una sociedad igualitaria y fraternal.

El Nadaísmo piensa acoger este anhelo histórico pensando en Cristo, el Che, Gandhi y el Quijote, golpeando la tierra que los sostiene para hacer ancha grieta en la pirámide de conformismos, convenciones y prejuicios de la tabla de valores vigentes. Frustrados una y otra vez ante la esencia rapaz y miserable de la condición humana de una sociedad decadente donde, todo al  cambiar, sigue igual, al decir de  Virgilio: “habiendo cambiado para siempre de cielo sin haber cambiado el alma”.

Muchos siguieron a El Profeta agitando inconformidades, tal vientos pánicos cruzados en medio de alaridos de manada herida junto a los manantiales, buscando la gracia antiaxiológica que sus ideales, de genios incomprendidos, proponían hacia el triunfo de la fantasía de lo inmaterial contenido y sin libertad en la cárcel de su cuerpo, pero con los gestos del sonreír  profundo del corazón, según la expresión de Kundera.

Por el contrario la maquinaria y la represión oficial y sectores intelectuales, junto a  una opinión indeterminada,  común y corriente, convierten  a El Profeta y su secta en bichos asincrónicos con  esa  realidad alimentada espiritualmente por el afán al lucro desmedido, los  noticieros y  el consumismo, calificándolos de ser  un grupo snob, fastidioso e incomprensible para las tradicionales autoridades que orientan los juicios de valores y mitologías que arropan el respeto de la resignada comunidad.

Dos escritos de El  Profeta. En “Memorias de un presidiario nadaísta”, dicen:

“Quizá, de tanto sumergirme en la nada y en el lodo descubra que existe otra luz, otra vida, entonces despertaré de este reino de muerte y me levantaré como un resucitado”.

Las 8 de la noche. Algo me rasca en la cabeza. Me acaricio. Puede ser una idea genial. La acaricio con ternura para que no se me escape. La tengo entre mis dedos. ¡Ya está!  Dios mío, es un  piojo…” (Gozaloarango).

 

Jairo Tapia Tietjen  

jtt.stspiritu2@outlook.com

 

Sobre el autor

Jairo Tapia Tietjen

Jairo Tapia Tietjen

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Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

1 Comentarios


Berta Lucía Estrada 29-10-2014 04:09 AM

Muy buen artículo, da luces sobre el Movimiento Nadaista, sobre el que poco o nada sabemos. Atte, Berta Lucía Estrada Autora de la columna FRACTALES de PANORAMA CULTURAL

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