Literatura

Rutas de desamor

Diego Niño

12/01/2015 - 06:40

 

Debo confesar que no llegué a la novela El Lugar del Aire (Lumen, 2012) por referencias de escritores, lectores o amigos gracias a que en estas latitudes es poco lo que se sabe sobre Dinaw Mengestu y su obra.

Este detalle hizo que arribará a la primera página como se toma una calle anónima: con algunas prevenciones, caminando rápido y mirando hacia atrás cada tres pasos. Sin embargo, al poco tiempo bajé la velocidad y reemplacé el temor por la contemplación de los detalles que salían al paso.

Lo primero que me llamó la atención fue la ternura con la que Mengestu conduce al lector por los recodos de la novela. Esta facultad tan poco frecuente en la actualidad sería razón suficiente para sugerir su lectura.

El segundo componente es la fuerza poética que aguarda en cada rincón del texto como si fuera una luz que dejamos encendida en el porche con la certeza que alguien se aferrará a ella en mitad de una caminata, de una tristeza o de un desvelo. Sin embargo, no es una poesía balsámica la que espera sino una poesía reflexiva, que cumple la doble función de auxiliar en el tránsito como invitar a contemplar la hierba en la que nace el canto de la noche.

Ahora bien, estas palabras que quizás sean suficientes para buscar la novela en la librería más cercana, no serían más que leve murmullo, dulce mentira, si no agrego elementos del argumento.

Algunos lectores han querido ver en El Lugar del Aire la radiografía del dolor de los inmigrantes en Estados Unidos.

Creo que este concepto no es completamente cierto a pesar que Jonas (el narrador y protagonista) trabaja en una oficina que asiste a inmigrantes en su tránsito a la legalización (esto sin dejar de lado el hecho que sus padres, Yosef y Mariam, son dos inmigrantes Etíopes que viven y sobreviven en Estados Unidos). Por tanto creo que no es casual que la narración privilegie los conflictos familiares, específicamente a las complejidades y tropiezos del matrimonio. Incluso me atrevería a afirmar que el autor percibe el matrimonio como una institución en decadencia.

Por ejemplo, están Mariam y Yosef enamorándose en medio de una de aquellas revoluciones que germinan en tierras africanas y quienes siempre convocan a la vida y a la muerte con una fuerza devastadora. Quizás sea por cuenta de esta potencia que terminan casándose en una iglesia de Addis Abeba pocos días después de haberse conocido.

Allí se unen una mujer inclinada a la meditación con un hombre de clara tendencia a la violencia. Este contraste será quien causará una avalancha de peleas y los posteriores intentos de fuga de Mariam (que siempre terminarán en un humillante retorno a casa).

Asimismo está el matrimonio entre Ángela y Jonas. Ellos no están bajo el imperio de la muerte ni padecen los rigores del hambre. Es más, el nivel educativo es relativamente elevado (él es Filólogo y ella Abogada) si se le compara con el de sus padres. Sin embargo, su convivencia empezará a desmoronarse igual que la de Yosef y Mariam a pesar que no será un desplome rápido y sonoro como el de ellos, sino una desintegración progresiva, paciente, que va minando cada espacio del matrimonio hasta que las bases, extenuadas por la desintegración, cederán ante el peso de las circunstancias.

Ahora, esto que suena monótono, unidimensional, se presenta de una manera amigable, atractiva si se quiere, puesto que la historia se desglosa a partir de dos viajes. El primero regentado por Yosef y Mariam a lo largo de las cuatrocientas ochenta y cuatro millas que separan Peoria, Illinois, y Nashville, Tennessee. El segundo realizado por Jonas en la misma ruta, pero treinta y cuatro años después y en sentido inverso. Los primeros inauguran el matrimonio con este viaje. El segundo lo hace poco después de la ruptura con Ángela.

Se tiene la sensación que vamos en sentidos opuestos de una misma realidad; pero la travesía nos demuestra que vamos en el mismo sentido: desde la gestación hacia la disolución de la alianza matrimonial. También se creería que será una lectura lineal que nos lleva del pasado hacia el futuro, pero en realidad vamos y venimos en el tiempo hasta que los antecedentes y los consecuentes se unen en una hermosa y trágica historia de desamor.

Queda al final del tránsito por la narración, la poética y la estructura, una esquirla de la historia aferrada al alma de tal suerte que nos negamos a acomodar la novela en la biblioteca sino que preferimos abandonarla en la mesa de noche, en las vecindades de la lámpara, con el objetivo de retomarla en las noches de insomnio, para volver a levar anclas y llenarnos de aquel regocijo que traen las buenas lecturas.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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