Literatura

Aquella tarde de futbol

Fabio Fernando Meza

18/02/2015 - 04:05

 

La madrugada del domingo 30 de Mayo apareció en el horizonte del lado de la Ciénaga Grande alegre y danzarina como la candela del fogón que a esa hora recordaba a los habitantes del pueblo que la aurora de Dios había llegado. A Migue lo despertó la fuerza de la costumbre. Se paró, se desperezó un poco lanzando un grito característico como descargando las pesadillas y alejando la pereza, cogió la hamaca, la soltó de un extremo, la envolvió y la metió en el otro, salió de la sala donde dormía hacia la cocina; allí su mamá lo esperaba con una totuma de café caliente. Pensó sentarse en un taburete a tomarse su café muy despacio, imaginando entre sorbo y sorbo cada recorrido que haría en el campo de fútbol, pensando en la forma de esquivar, al que decían, era el mejor jugador de toda la región, pero la nota alborotada y nítida de un clarinete lo obligó a asomarse a la puerta con la totuma en la mano. Era la banda de música  tocándole la alborada al pueblo que ese día estaba de cumpleaños.

Para muchos, lo único que importaba de ese día de fiesta, era el encuentro que sostendría esa tarde, el equipo de fútbol del pueblo contra la selección de fútbol del Colegio Nacional Pinillos de Mompox. 

A pesar de ser domingo y día del santo patrono, Migue debía ir a la parcela de su padre a terminar la tarea que él le había impuesto: limpiar de malezas ocho hilos de yuca y maíz, porque el día anterior sólo había hecho cinco. En la tarde del sábado afiló su sable en la piedra que estaba en el rancho donde dormían los burros para madrugar con la aurora de Dios del día siguiente.

En el camino real se encontró con Manuel Joaquín, quien le deseó que hiciera muchos goles esa tarde. A sus nueve años no se perdía ninguno de los partidos del equipo y después le comentaba extasiado jugada a jugada a su tía Isyo. 

Migue pertenecía al equipo de fútbol desde que tenía catorce años, de eso ya hacía tres; jugando en el medio campo donde lo puso Isidro Vergara Echeverría, el presidente del equipo que hacía las veces de técnico, preparador físico, utilero, psicólogo y de caja menor, ya que cuando no había dinero, Isidro sostenía al equipo con su alma.

Al igual que sus compañeros de equipo, Migue tenía esa mañana una razón más para querer que ya fueran las cuatro de la tarde de ese domingo: iban a estrenar uniforme, medias y zapatos, y un par de guantes para el portero, que habían conseguido vendiendo mazamorra de maíz biche caliente y carimañolas de  yuca por todo el pueblo.  

Todavía no salía el sol cuando Migue llegó a la parcela y sin perder tiempo se dedicó a terminarle la tarea a su papá. Migue era poco amigo de visitar la iglesia, no comprendía por qué el padre predicaba situaciones totalmente distintas a las que aplicaba: no había la banda de música comenzado muy bien a tocar sus porros y sus fandangos en la plaza del cementerio y ya el sacerdote estaba guapirreando en voz baja en el altar de la iglesia en medio de la misa; la procesión del santo patrono la abandonaba  cuando escuchaba la banda de música dirigiéndose a donde estaba y les pedía una canción y la bailaba solo, y de paso pedía a algún borrachito un traguito de ron por caridad.

Migue sonrió para sus adentros al recordar con alivio que ya no jugarían más como hasta ahora lo habían hecho: con zapatos remendados con alambre dulce, medias rotas en los talones, y camisetas que deberían ser blancas, pero cada uno de ellos tenían una camiseta blanca diferente. Recordó la ocasión cuando su equipo se enfrentaba al del pueblo vecino y él disputando el balón con un jugador contrario levantó más de la cuenta su zapato y con la punta del alambre dulce que  le servía para el remiendo, le hizo una herida de consideración en la cara de su oponente que parecía hecha por la navaja de una mujer celosa. Menos mal que el médico Edgar Ruiz Aguilera estaba por allí y logró sacar de apuros a Migue. El encuentro se suspendió porque los jugadores se negaron a seguir por solidaridad con su compañero herido.

El sitio donde se llevaba a cabo todos los encuentros de fútbol, era un pedazo de terreno sembrado de grama silvestre de una finca que era vecina al pueblo; allí improvisaban las porterías con horquetas  y travesaños del árbol de  Pinta Canillo por su resistencia, al que debían quitarle la corteza, ya que era demasiado espinosa. Muchas veces el árbitro tenía que detener el juego para que de un extremo a otro del campo pasaran las vacas del dueño del terreno que iban en busca del corral a las cinco de la tarde.

En el pueblo el tiempo para jugar era de 120 minutos divididos en 2 tiempos de 60 minutos impuestos por las personas que oficiaban como árbitros. A veces, el árbitro no conseguía quien le prestara un reloj ya que pocos eran quienes se daban ese lujo o el que le ofrecían él no lo sabía “leer”; de manera que el primer tiempo terminaba cuando a él le parecía que ya estaba bueno y el segundo cuando los mosquitos acosaban y el balón no se veía en la oscuridad. Pero él estaba siempre con el reloj prestado en su muñeca izquierda, aunque jamás lo consultaba. 

La banda de música no se cansaba de animar con sus canciones alegres al equipo cuando jugaba de local, y muchas personas bailaban haciendo una rueda a un lado de la cancha o bajo el  viejo y frondoso Suán que estaba a un costado del campo.

Migue esa tarde quería hacer un gol para cuando se acercara a la gente a celebrarlo le dieran la botella de ron y él tomar a su gusto a pico de botella como lo hacían sus compañeros.  

Isidro Vergara Echeverría al medio día estaba preocupado porque la mayoría de sus jugadores no habían vuelto al pueblo desde la mañana cuando salieron a realizar sus actividades. Unos tenían que ir a pescar, otros, a trabajar a las parcelas, otros, a sacar carbón vegetal hacia el puerto del río en sus recuas de burros, no importaba que fuera domingo o día de fiesta. Todos trabajaban con una colilla de tabaco en la boca. Era el trabajo al que se dedicaban sus padres y ellos debían colaborar. “El que no la suda, no la come”, le recordaban sus padres.

Muchas veces, los jugadores apenas tenían tiempo de desayunar a las tres de la tarde al volver de sus quehaceres; después salían corriendo porque estaban atrasados para el campo de fútbol a cumplir con el compromiso. Pero nunca perdían un encuentro en su patio. Lo hacían respetar.

Los entrenamientos se hacían 3 veces a la semana, descalzos, para que los zapatos aguantaran un poco más. 

La procesión del santo patrono por las calles del pueblo, fue un fracaso. Llegando a la plaza del cementerio el sacerdote no aguantó más el llamado insistente que le hacía la banda de música y se fue a bailar dejando la procesión tirada en la calle; otras personas se fueron para el campo de fútbol atraídos por la novedad de que el equipo iba a estrenar de pies a cabeza y el portero además tendría guantes. A la seño Gloria le tocó como siempre, continuar con el rosario, llevar el santo hasta el final del recorrido, y devolverlo al templo en medio de pocos fieles. 

El espacio que tenían los jugadores dentro del campo era muy reducido: la mitad del total del campo. La otra mitad la invadían los aficionados donde se sentaban a discutir las jugadas a gritos, a vender sus colombinas, jugos, almojábanas, pan de queso, casabe de dulce, panelitas, cigarrillos y ron. Cuando el jugador del equipo local hacía un gol los asistentes invadían el resto de la cancha para festejar, y al árbitro le costaba tiempo y trabajo sacarlos.  

La banda de música se dirigió al campo de fútbol a animar al equipo. El encuentro comenzó mal. Ningún jugador acertaba a darle una buena patada al balón, no se sentían cómodos metidos en el uniforme cuyo olor a ropa nueva les daba náuseas y ya los zapatos comenzaban a hacerles ampollas en los pies.

Por eso, en un momento de desespero después de comenzar la segunda parte, Migue agarró el balón desde la mitad del campo y comenzó a correr hacia el arco contrario. Cuando se percató del motivo que no lo dejaba ser ni hacer lo que él quería, se fue quitando en plena carrera los zapatos, luego las medias, y dejó al descubierto sus pies ampollados y una pecueca floreciendo sin parar  que le estaba ganando la batalla al olor a nuevo que tenían los zapatos, pero sin dejar de cantar a voz en cuello al compás de la banda de música el eterno y pegajoso estribillo: “…Y repleto de ilusiones…”. Y así, desembarazándose de tantas vainas que llevaba encima, le pegó al balón con la “pata pelá”, como en sus buenas tardes, pero tampoco tuvo suerte, y el portero del Pinillos le atajó el lanzamiento. 

En el transcurso del primer tiempo del encuentro, Isidro Vergara Echeverría miraba con tristeza que sus muchachos no atacaban al contrario con la contundencia acostumbrada por temor a que el rival los fueran a tumbar y se ensuciara el uniforme nuevo. Tampoco comprendía por qué, el rival no los masacraba cuando todo estaba servido para ellos.

Ni siquiera sirvió que un comerciante del pueblo, amarrara un billete de 200 pesos con un pedazo de cabuya en la portería contraria para incentivar al grupo cosa que antes había funcionado muy bien.

Cuando ya era imposible adivinar por dónde andaba el balón y por la presión del público y de los mosquitos el árbitro dio por terminado el encuentro.

Lo único que se escuchaba era la banda de música pero ya nadie bailaba. Los jugadores salieron adoloridos, tanto por el empate como por la incomodidad de los zapatos nuevos, todos sudaban “como burro harto de tierra”, como  decía la mamá de Migue rabiosa cuando su hijo llegaba bañado de sudor. 

Cuando Manuel Joaquín quiso llegar al campo de fútbol, ya el encuentro había terminado. Su demora se debió a que la seño Gloria le pidió que la acompañara a llevar al santo patrono hasta la iglesia.

Al encontrarse con Migue que iba para su casa con los zapatos nuevos en la mano y la cabeza gacha, Manuel Joaquín le preguntó quién había ganado el encuentro.

Migue sin levantar la cabeza y sin detenerse, le contestó:

-La banda de música-

 

Fabio Fernando Meza

Ganador del primer lugar en relato deportivo, San Juan de Puerto Rico, 2007.

Sobre el autor

Fabio Fernando Meza

Fabio Fernando Meza

Folclor y color

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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