Literatura

Vito Apushana y las palabras de un poeta que canta a la América milenaria

Johari Gautier Carmona

10/04/2015 - 07:04

 

Vito Apushana en Valledupar / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

Los hay poetas de un día. Los hay poetas que se hacen de un día para otro. Poetas que trabajan seriamente en serlo. Y los hay poetas desde siempre. Desde que el soplo vital les dio fuerza para llorar. Y entre todas esas categorías artificiosas que no significan nada más que un inicio cualquiera de un cronista en busca de ritmo, está el poeta que viene de ahí. Ahí, en esa tierra de allá. Esa tierra que parece todo y nada. La tierra milenaria de unos pensadores llenos de sabiduría.

Miguel Ángel López es su nombre. Vito Apushana, su esencia. Un poeta-artesano que cultiva la palabra y las raíces como otros tejen mochilas y hamacas, o pulen las vigas de una casa que respira el aire de las selvas de esa parte tropical de las Américas. Y en esos quehaceres de andante que contempla el milagro de la vida, el poeta llega a esa tierra colombiana adentrada en un valle seco: Valledupar.

Quien conquistó el Premio de Casa América en el año 2000 sin otras armas que la fuerza poética de un pueblo milenario, se presenta sencillamente al recital de luna llena vestido de blanco con una mochila colgando del hombro. De su interior –y con un gesto pleno-, saca el poemario que a continuación guiará a la audiencia a través de un paseo donde colindan generaciones y dimensiones, dioses y elementos naturales. Todos ellos condensables en esa idea de un Todo. De la Tierra. Ella. Esa Tierra que hemos arrinconado en nuestros pensamientos y reducido al estado de vaga idea superable.

Su paseo es un recorrido por la palabra y la cosmogonía del pueblo wayúu. Un viaje que representa algo más de 30 años de dedicación al arte de crear versos y de estudiar los ritos de las civilizaciones indígenas. Sin embargo, él mismo relativiza y se ubica en el contexto, en ese cuadro infinito que es el tiempo: “¿Qué son 30 años en el calendario de una cultura milenaria?”

Tras esa genuflexión elegante ante la grandeza de la civilización que admira, el poeta presenta el concepto indígena que sostiene gran parte de su obra: Abya Yala, y que podría reducirse –azarosamente– a la idea de Tierra en plena madurez (o Tierra de sangre vital). En ese nombre redondo que encierra círculos de vida y de energía -todos tan poderosos unos que otros- se encuentra el continente americano. Ese continente re-descubierto.

“[…] Este continente único, este continente que une los polos del planeta, telúrico, que merece ser nombrado desde sus lenguas originarias. Por eso preferimos llamarla Abya Yala, Tierra en plena madurez.”

Antes de entrar en materia y recitar algunos poemas elegidos para la ocasión, Vito Apushana se concentra unos instantes, echa una mirada fugaz a ese libro que sostiene en su mano derecha, respira hondo -como si hiciera espacio para que otros espíritus, otros ancestros, ocuparan esos pulmones liberados-, luego mira el cielo y se lanza en un wayúu resuelto y lírico.

Brillan las tonalidades y los sonidos guturales. El lejano eco de una Sierra Nevada que sigue en pie. Irrumpe a continuación la traducción al español, más sobria, aligerada de misticismos, pero igual de poderosa:

Vivir, morir / Crecemos como árboles / en el interior de la huella de nuestros antepasados / Vivimos como arañas en el tejido del rincón materno / amamos siempre a orillas de la sed…

El silencio se hace. Entonces, el poeta vuelve a ser él. El viaje en el tiempo -y las dimensiones- no es un invento occidental. Luego, razona y enumera lo que identifica a un pueblo. Revela una a una las señales identitarias que caracterizan su pensamiento como si fueran naipes soltados calculadamente sobre una mesa en medio de una partida.  “Aún existen hombres que interpretan el mundo con un concepto mágico”, comenta y, después de medir el respeto de la sala, añade: “Nosotros les cantamos a los grandes elementos que nos hacen vivir”.  

“Nosotros”. Así habla un poeta que nace de la tierra. Habla en nombre del grupo que representa, pero también de quienes no quieren saber de él, de quienes pueden expresarse en un idioma y de quienes no, de muertos y vivos. Habla del Todo. Habla de humanidad. Y ese pensamiento puede integrarse en una imagen que pinta de manera sorpresiva: “El monte tiene neuronas que son clave para el equilibrio del mundo”.

Inmerso en ese espectáculo milenario, donde ya no importa quién soy sino quiénes somos, el público es testigo de cómo el poeta americano vuelve a la esencia de la vida. A ese momento preciso en el que los seres humanos se convierten en dioses.

“Éste es un homenaje a los grandes seres vivos, fértiles, multiplicadores de vida, inventoras de la vida, ellas: las mujeres”. Las palabras dan lugar a otra poesía-relato donde las mujeres adoptan otros rostros. Surge la mujer-azulejo tejiendo con todos los colores del tiempo, la mujer-tórtola llamando a sus hijos “Traigan la vida aquí”, la mujer-lechuza acechando desde el fuego de sus ojos al hombre deseado, y la mujer-colibrí renovando las flores de los sueños olvidados.

En ese fuego misterioso que también es una génesis de nuestro mundo, vive el poeta apasionado, el que destapa sus anhelos, las ansias de un explorador asombrado, que reconoce que en las “plumas ocultas de las mujeres que nos abrigan” está el secreto de la vida milagrosa. Esa vida que le encandila. Y que encandila ya a todo el público.

Ese hombre de voz fuerte que se nutre de las riquezas inconfundibles del bosque –esa gran universidad que él valora por encima de todas–, se despide con un poema y nos recuerda que el  antiguo mundo –el que conocía América antes de ser descubierta- es aún sonriente aprendiz de la vida. “Somos como eternos recién llegados”.

 

Johari Gautier Carmona

1 Comentarios


berta Lucia Estrada 12-04-2015 07:56 AM

¡Qué hermoso artículo! Hermoso y profundo. Muy poético. Su lectura fue un gran deleite estético. Berta Lucía Estrada Autora de la columna Fractales

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