Literatura

Con Gabo en el Loperena

Jairo Tapia Tietjen

12/05/2015 - 05:20

 

Visita de Gabriel García Márquez al colegio Loperena

El calor y la brisa contrastaban el ambiente en un Valledupar arrebatado por la ilustre visita de Gabriel García Márquez, después de haber recibido el Nobel.

En el antiguo Colegio Nacional Loperena, pilosos docentes del área de Literatura, con el respaldo entusiasta del rector Álvaro  Sprockel (qepd.), nos pusimos en contacto con Gabo, sin mayores esperanzas de que se cumplieran nuestros propósitos, mas su esposa Mercedes y él, tuvieron enorme gesto de gallardía, y cierta condescendencia por estar presentes en un acto en su nombre –año 1983-, en el ya famoso claustro de la calle 16, en la parte central del aun provinciano Valle de Upar.

Esta ciudad y sus regiones aledañas, ya en los arcanos legendarios, siempre  ha contado con prohombres y ciudadanos decididos a vencer las crónicas  frustraciones que, rayanas en la entropía, se alzaban invencibles  para conjurar el postulado de Murphy: “todo tiende a empeorar”, pese a que la politiquería criolla nunca se ha caracterizado por ser instrumento ni símbolo de virtudes universales. 

Las expectativas por tener a García Márquez en el claustro lopereno crecían en intensidad a medida que la fecha crucial se acercaba. Los beneficios  de aportarle algo  a tan exigente celebración literaria para nuestro plantel, y al tiempo tener la certeza de que estas acciones dividirían la historia de la ciudad, plena de añoranzas, quietud y provincianismos sin cambios abruptos, desde, y a partir de, la visita de Gabo al claustro, habrían la perspectiva de una explosiva transformación y estremecería los cimientos culturales del conglomerado social, con la esperada inversión  estética en los cerebros de nuestras juventudes.

Grande fue la condescendencia de mis pares al elegirme para  realizar un breve  laudatorio hacia la persona, trayectoria, obra y méritos  de tan grande compatriota, ante miles de estudiantes, políticos y personalidades regionales, como jamás antes me había correspondido, por ello los nervios y tamaña responsabilidad me mantenían abrumado. No obstante, todo volvió a su cauce de normalidad cuando,  ante la paciente y comprensiva sonrisa del Nobel que, horas antes nos había advertido sobre evitar todo  panegírico innecesario.

Mas lo que  me trajo cierta satisfacción fue haber  conseguido con García Márquez,  respuesta a mi inquietud, sobre su  deuda con el surrealismo, creencia tal vez equívoca a raíz de mis lecturas apresuradas  sobre escritos de  Octavio Paz y André Breton que, como García Márquez conciben religiosamente el amor por la atracción e identificación que hace morir y renacer a los amantes, expresada  una y otra vez por Gabo  en Cien años de soledad y otras de sus creaciones, en donde el tiempo no existe cuando uno y otros amantes se confunden en el acto  amoroso y el acto poético.

Fue  antológica la respuesta del aracateño inmortal: “Siempre hay tendencias a ocultar las deudas contraídas con otros creadores literarios por un recurso inconsciente de autores que no comulgan con herencias culturales. Siempre he manifestado mi solidaridad, como Carlos Fuentes que, aparte de  la diversidad y originalidad de nuestras exploraciones verbales, debemos ser honestos siempre en aras de conservar la salud de la narrativa hispanoamericana”.

Afortunadamente, con mi amigo, el periodista  Carlos A. Atehortúa, tuvimos otra oportunidad de conversar con Gabo en el homenaje frente a un opíparo “desayuno vallenato” en casa de Anibal Martínez Zuleta (qepd), acompañado de dulces melodías en guitarras y en donde mi esposa  Elsy y yo, tuvimos  la fortuna de que nos autografiara mi edición empastada en cuero de Cien años de soledad. Aclaro que la entrevista circuló por senderos más generales, mas sirvió para corroborar la ancestral preferencia de Gabo  por la música del País Vallenato, tanto en guitarra como en acordeón; su acercamiento amigable y musical con trovadores tradicionales como Escalona, y sus deseos de acertar como jurado en la elección del Rey vallenato de este año  que, si mal no recuerdo, fue Julito Rojas, famoso por su digitación  prodigiosa.

Tal experiencia me ha servido para analizar con más concentración en una escritura que en cada día en su ejercicio nos hacía estrujar los sentimientos de admiración lírica y lingüística hacia un maestro indiscutible. Aparte, corroboramos las tesis de Chiampi en la obra del Nobel, como lo es su ingenio poético para imponernos grandes metáforas sociales por la lucha contra las injusticias, en la problematización de lo real en lo fantástico, así como  en su encantamiento de las palabras para despejar nuevos horizontes culturales para todo su pueblo en noble ejercicio de la poesía evangelizada por una prosa inmejorable que conjura nuestra historia inacabable de un trópico embrujado.

 

Jairo Tapia Tietjen

jtt.stspiritu2@hotmail.es

Sobre el autor

Jairo Tapia Tietjen

Jairo Tapia Tietjen

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Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

1 Comentarios


Ismael Rodriguez 12-05-2015 01:31 PM

Que buenos recuerdos, doctor Jairo. Nuestro colegio nacional vivió momentos sagrados!

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