Literatura
Peces

Aló.
Aló, ¿Liz?
¿Juan G?
Por favor, no cuelgues. Discúlpame por romper la promesa. Te juro que esta vez es algo importante.
Sabes que no me puedes llamar. Y menos a esta hora.
Lo sé. Por favor, escúchame. Sólo son tres minutos. Tal vez menos. ¿Recuerdas la última noche que nos vimos?
No empieces con eso.
Caminamos varias cuadras dejando que el tiempo pasara sin que nos atreviéramos a hablar. Al final me dijiste: “no podemos seguir haciéndole esto a tu esposa ni a mi esposo”. Y era verdad, no debíamos seguirlo haciendo. No solo por el remordimiento que me descosía el alma cuando escuchaba llorar a Maye en el baño, creyendo que yo dormía, que no la escuchaba. Ella siempre lo supo. Sin embargo, no me hizo reclamos, ni siquiera dejó de consentirme cuando llegaba oliendo a ti.
Juan, no tengo por qué escuchar eso.
Tienes razón. Perdona. Ese día me jalaste cuando pasamos frente a la tienda de mascotas. Compraste unos peces. “Son tuyos. No los dejes morir porque son el recuerdo de la vida al margen de la vida. De la verdad al margen de la verdad”, dijiste.
A ver, ¿cuál es el punto?
Esa noche le dije a Maye que compré los peces para que la acompañaran cuando yo no estaba. Se alegró mucho. Todas las mañanas les hablaba. Y ellos, como si le entendieran, la miraban a través del cristal moviendo sus pequeñas aletas. Yo los miraba, y mirándolos, te recordaba…
Juan, voy a colgar, me estoy aburriendo.
¡Por favor no cuelgues! Te juro que voy al grano. Una mañana Maye se sintió mal. Al siguiente día empeoró. Al tercer día se fue de urgencias. Tenía cáncer. La enfermedad actuó en silencio: atacó el hígado sin alertar al sistema inmunológico, hasta que no hubo posibilidad de salvación. Sólo vivió tres semanas… Murió anoche.
¿Cómo así?
Murió. Sólo puedo decir eso. Murió.
…
Maye era quien cuidaba los peces. Incluso les dio de comer hasta poco antes de caer definitivamente en cama. En sus últimos días, cuando apenas podía hablar, me pidió que les diera de comer. Los cuidé lo mejor que pude. Pero ahora ella está muerta y no quiero cuidarlos más. Por eso te llamo.
Espera, no pretenderás que…
No te preocupes: no te pediré que los cuides, porque eso sería estúpido. Te llamé para decirte que los saqué de la pecera. Primero movieron la boca y las agallas con desesperación. Después lo hicieron lentamente, como si se hubieran resignado a su destino. Siempre con los ojos abiertos, como si su mirada fuera una acusación. Después los metí en una bolsa y los puse en el ataúd de Maye. No tiene sentido que vivan sin ella. Como tampoco tiene sentido que yo viva…
[Suena la detonación del revólver]
Diego Niño
@Diego_ninho
Sobre el autor
Diego Niño
Palabras que piden orillas
Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.
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