Literatura

Un canto a la lectura de Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

14/09/2015 - 06:40

 

Daniel Samper Pizano en la entrega del Premio Nacional de Bibliotecas / Foto: Mincultura

Billy Wilder, quizás el más talentoso autor de comedias cinematográficas, solía decir a quienes acudían a proponerle algún guion de suculento comienzo: “¿Usted ya sabe cómo termina esta cosa?”

Fiel al consejo de Wilder, yo tengo claro cómo terminaré esta breve intervención en el acto de entrega del Primer Premio Nacional de Bibliotecas Daniel Samper Ortega, a cuyos ganadores abrazo y felicito. 

Pero como en este momento no se trata de terminar sino de comenzar, empiezo por decir que soy tocayo y nieto del señor cuyo nombre lleva el premio, un pelirrojo robusto, hiperactivo y simpático (dicen) que reorganizó la Biblioteca Nacional y logró darle el alojamiento que la acoge desde hace casi 80 años. 

Nunca lo conocí, pues él murió 19 meses antes de que yo naciera, pero siempre ha estado presente en mi vida. Literalmente, desde la pila bautismal. 

Cuando tenía yo cinco, seis, siete años, el Niño Dios me traía con asombrosa puntualidad, junto al balón de fútbol y la camisa nueva, unos cuadernos bellamente ilustrados sobre historia natural. 

Allí, antes que en el campo, conocí las orquídeas, las secuoyas, las abejas, los alacranes y las serpientes. Allí, antes que en la política, conocí los dinosaurios, los grandes saurios y los lagartos voladores.

Lo que más me llamaba la atención en los folletos era un sello en la página liminar que decía: “Biblioteca Daniel Samper Ortega. Ex libris”. Me pareció sospechoso semejante toque terrenal y familiar en un regalo de procedencia celeste. Pero cuando pregunté a mi mamá por el curioso sello, ella, sin perder la serenidad, me explicó que mi abuelo había sido amigo “hasta del Niño Dios”.

No pasó mucho tiempo antes de que yo entendiera que esos cuadernos infantiles no procedían de la Gloria Eterna sino del supuesto tesoro de la familia: los miles de libros que coleccionaba mi abuelo. Supe entonces que estos habían sido su sueño y su entorno, su amor y su cruz, su vida y su obsesión. (Y, dicho sea de paso, la pesadilla de mi abuela). Al final de sus días, mi abuelo murió sin casa propia, sin carro y sin ahorros. Pero rodeado de libros.

Su biblioteca particular, cuyos cuadernos de historia natural heredé a través del Niño Dios, no era, sin embargo, lo que más preocupaba a Samper Ortega, ni a lo que dedicó sus mayores esfuerzos e ilusiones, sino este Biblioteca Nacional en la que nos hallamos esta tarde.

Gracias a su dedicación y su habilidad para conmover funcionarios de puño apretado, congresistas de corazón blando, intelectuales amigos y empresarios con ganas de ayudar a la cultura (o bien de quitarse de encima a ese incansable promotor), don Daniel logró resucitar la biblioteca pública nacida en 1777, liberarla de los depósitos en que se enmohecía, catalogarla con métodos modernos y dotarla de una sede a la altura de las mejores de la época.

A pesar de que murió a los 48 años, a Daniel Samper Ortega todavía le quedó tiempo de escribir varias novelas, ensayos y obras de teatro, dirigir una célebre revista literaria, criar cuatro hijos, trabajar como agregado cultural en la embajada de Colombia en Washington, pasar una temporada en España dictando conferencias sobre poesía castellana y conducir el Gimnasio Moderno. Ocupaba la rectoría de este colegio, donde había sido profesor de gimnasia y de letras, cuando falleció de un cáncer pulmonar en noviembre de 1943. 

La principal inquietud de este señor de pelo alazán, ondulado y copioso (cualidades que, evidentemente, tampoco heredé) eran los libros. Pero, por encima de todo, los lectores. Cientos de miles de ciudadanos eran analfabetos; muchos otros no se sentían atraídos por la lectura; y miles más habrían querido acudir con frecuencia a ella, pero el precio de los ejemplares y la falta de bibliotecas públicas lo impedían. 

Esta realidad lo llevó a luchar por la modernización de la Biblioteca Nacional en Bogotá, sin olvidar, no obstante, el abandono cultural de nuestros pequeños municipios. Fue así como creó una colección de literatura colombiana cuyos cien tomos llegaron a numerosas aldeas en tren o a lomo de mula, en aquellos tiempos en que había trenes, en que tenían más fama las mulas de cuatro patas que las otras y en que las aldeas no eran aún víctimas de la violencia política.

Actualmente el libro impreso (¿quién iba a pensar que un día sería inevitable esta aclaración, antes redundante?): el libro impreso, digo, corre peligro y enfrenta rivales y enemigos que en 1943 era imposible imaginar. 

Una de las mayores amenazas es la de que los lectores de libros se conviertan en una minoría casi excéntrica, como ocurrió con los señores que usaban sombrero o las señoras que rezaban el rosario.

Los lectores no se acabarán, por supuesto. Siempre habrá gente que lea al menos mensajes, correos, blogs o los dichosos trinos, que son a la información lo que los eslóganes de ropa íntima o de gaseosas a la poesía de Quevedo: un esquema sensacionalista, sin matices, profundidad ni contextos. Algo va de “la chispa de la vida” a “polvo serán más polvo enamorado”.

Digo que siempre habrá lectores. Pero, a menos que realicemos un gran esfuerzo colectivo, se seguirá diezmando el ejército de personas capaces de establecer un compromiso de lectura más prolongado y significativo que absorber dos pantallazos, y aportar la imaginación necesaria para ser socias del texto leído a fin de construir una nueva realidad. 

No es verdad que en esta época audiovisual baste con fomentar el empleo del alfabeto. Una cosa es leer y otra cosa es leer libros. Una cosa es tenerse en pie y otra es bailar. Una cosa es no dejarse morir de hambre y otra es comer. 

El libro –trátese su contenido de novelas, ensayos, poemarios, relatos históricos, memorias, biografías…— demanda imaginación, como señalé anteriormente, pero también concentración, participación, relación estable y buena voluntad. 

Es mucho, sin embargo, lo que el libro depara a cambio. Ofrece ilustración, formación, entretención, reflexión, emociones… 

Y lo hace sin necesidad de electricidad, pilas, antivirus ni cursos de actualización técnica; resulta inmediatamente accesible y su precio es bajo, comparado con los del mundo informático; emplea unidades altamente durables, hasta el punto de que es perfectamente posible encontrar y leer libros de hace tres siglos, pero no hay quien descifre un disquete de hacer tres lustros. 

El libro, además, trabaja con aplicaciones y programas de admirable sencillez: un cartoncito para marcar las páginas, un lápiz para anotarlas al margen o subrayarlas, un trozo de cinta pegante para reparar desperfectos. 

Recordé, al empezar a leer estas palabras, la admonición de Billy Wilder y puedo decir que supe desde el principio cómo iba a rematar mi intervención. 

Acabará con la petición, queridos bibliotecarios, de que cuiden por igual a los libros y a quienes los leen, y de que sigan dedicados a seducir, estimular, conservar y acrecentar el número de esta especie en grave peligro de extinción que son –que somos-- los lectores de libros.

 

Daniel Samper Pizano 

 

Acerca de esta publicación: El artículo “Un canto a la lectura de Daniel Samper Pizano” es la transcripción de su discurso en la entrega del Premio Nacional de Bibliotecas "Daniel Samper Ortega" el pasado martes 15 de septiembre del 2015.

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