Literatura

Nota

Diego Niño

21/09/2015 - 07:30

 

El tercer disparo rasguñó uno de los sacos de arena que formaba las paredes del alojamiento del capitán Trueno, en el que estaban él y el soldado Varón.

—Tome el camino que bordea el bosque, entre por la parte alta de la ciudad, baje por el callejón que se forma entre la capilla y la casa vecina. En la parte de atrás hay una puerta. Golpee fuerte. Le abrirá el padre Gutiérrez. Entréguele este crucifijo y esta nota y después se viene —le dijo a Varón mientras sacaba una botella de aguardiente de un baúl de madera.

El capitán pasó la noche bebiendo aguardiente, fumando y escuchando “Para qué se quiere tanto”, de Julio Jaramillo. Algunas veces la canción se veía interrumpida por disparos que venían de la montaña.

En la madrugada la columna guerrillera abandonó su posición y se fue contra la primera línea (que destrozaron en media hora). Cien metros adelante encontró la resistencia de quince soldados que pelearon durante dos horas, pero que fueron asesinados. Después avanzó hacia el lugar en el que estaba el Capitán Trueno con sesenta y cuatro soldados.

—Zamudio, ¿ya llegó Varón? —preguntó Trueno a las nueve de la mañana.

—No, mi capitán.

—Mande a Gutiérrez con la M60 a la trinchera del oriente.

—Como ordene mi capitán.

Zamudio estrelló los tacones, dio media vuelta y salió.

Trueno sacó otra botella de aguardiente del baúl, encendió un cigarrillo y puso nuevamente el disco de 45 revoluciones: Para qué se quiere tanto en esta vida/ si querer o no querer siempre es igual.

A las once regresó el soldado Varón.

—Permiso para…

—Deje de decir huevonadas —lo interrumpió el capitán—. ¿Le abrió? ¿Qué dijo?

—Lo encontré, pero no abrió la puerta. Desde el otro lado dijo que usted era el mismo cobarde de toda la vida. Que si quería decirle algo, que fuera personalmente. Que no envíe cartas ni mensajeros.

—¿No dijo más?

—En realidad dijo más cosas. Pero preferiría no repetirlas por respeto a su mamá.

—Llame a Zamudio.

Varón estrelló los tacones y se fue corriendo.

—¡Varón! —gritó el capitán.

Frenó.

—El crucifijo y la nota.

—También dijo que ojalá lo asesinaran como un perro —susurró Varón después de dejar la nota y el crucifijo sobre la mesa.

Trueno abrió el sobre y leyó la nota varias veces hasta que llegó el soldado Zamudio.

—Tráigame el traje de gala y las botas de caña larga.

—Como ordene mi capitán. ¿Algo más?

—Saque la otra M60 y envíela al costado oriental. Que la tropa forme en cuña.

Estrelló los tacones y se fue.

Trueno sacó una botella de agua, un jarro de aluminio, una cuchilla de afeitar, una pastilla de jabón y un espejo. Colgó el espejo de una puntilla, echó el agua en el jarro y hundió el jabón en el agua. Encendió un cigarrillo. Dio una calada larga y lo dejó sobre el cenicero que estaba al lado del crucifijo. Sacó el jabón y lo frotó con las dos manos y luego se paso las palmas sobre las mejillas.

Un estallido sacudió el espejo. Un puñado de arena cayó sobre el jarro.

—¡Zamudio! —gritó.

Continuó afeitándose mientras las ráfagas se acercaban.

—¡Zamudio!

Al rato entró el soldado con cara de preocupación.

—¿Qué ordena mi capitán?

—Saque los morteros M252 y el M29. Póngalos en la retaguardia y espere mi orden.

—¿Algo más?

—Reparta toda la munición. Llegó la hora.

—¿La hora de qué?

—De darle gusto al padre Gutiérrez.

Puso por última vez a Julio Jaramillo: Amar es un dolor una tortura / amar es destrozar el corazón.

Salió del alojamiento con el uniforme de gala. Las botas brillaron con el golpe del sol de las tres de la tarde. Sonaban las espuelas mientras caminaba.

—¡Deben acompañar los morteros con fuego cruzado! —gritó a los soldados que estaban cerca. La orden se repitió hasta llegar a los límites de las trincheras.

Sacó la nota del bolsillo de la chaqueta. Desdobló los dos pliegues. Le temblaban las manos. La leyó entre susurros:

“Padre Gutiérrez. ¿O debo decirle Eduardo? La guerrilla vendrá en la madrugada. Sé que no saldré vivo de esta. Por eso quería decirle que nunca amé a nadie como lo amé a usted”

Después lanzó la nota al aire. La hoja se enredó en la punta de una rama hasta que una ráfaga de viento se la llevó en dirección del río.

—¡Zamudio! ¡Zamudio! —gritó el capitán poniendo las manos en forma de bocina.

Se asomó el soldado en la retaguardia.

—¡Que empiece la fiesta!

Sonaron tres detonaciones. Se levantó una nube de tierra a cien metros de distancia. Después sonaron las ráfagas que venían de los costados.

Trueno jaló la chaqueta, se acomodó el quépis, empuño la pistola con la derecha, apretó el crucifijo con la izquierda y se fue caminando entre las balas que le rozaban el cuerpo.

 

Diego Ninho

@Diego_ninho 

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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