Literatura

Virginia Woolf o la gran ruptura literaria

Berta Lucía Estrada

22/10/2015 - 06:30

 

Virginia Woolf / Foto: El Cultural

La primera vez que escuché el nombre de Virginia Woolf* fue en 1967 y nunca he olvidado ese momento. Mis padres me habían llevado a ver una película que se titulaba “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”.[1] A la postre yo contaba con escasos once años, por lo que si bien me quedaron en la memoria algunas escenas, también es cierto que no entendí la película. ¿Cómo podría entenderla si aún era una niña? Pero el nombre no lo olvidé nunca, así la película en cuestión poco o nada tuviese nada que ver con la escritora a la que hacía alusión.

Ahora bien, ya que hemos entrado en el tema a tratar en este día, debo hacer al menos una breve alusión a su biografía. Virginia Woolf nace en Londres el 25 de enero de 1882 y muere, por su propia decisión, el 28 de marzo de 1941, cuando veía como una nueva crisis de alineación mental la acechaba. Como la mayoría de las mujeres de su tiempo Virginia Woolf no asistió ni a la escuela ni a la universidad, pero contó con la gran fortuna de ser hija de uno de los más grandes intelectuales ingleses del siglo XIX: Sir Leslie Stephens (crítico, historiador y filósofo), poseedor de una enorme e importante biblioteca; en la cual Virginia, junto con su hermana Vanessa, se recluyó en el sentido simbólico de la palabra. Por otra parte, sus hermanos la pusieron en contacto con intelectuales jóvenes como Keynes, el economista, o el poeta T.S. Eliot, entre otros; juntos formaron el Grupo de Bloomsbury.

Virginia y Vanessa fueron víctimas del abuso sexual de sus dos medios hermanos, huella indeleble, que afectaría para siempre a la escritora. Estudió latín y griego, lenguas que le proporcionaron una inmensa cultura literaria. A la edad de 19 años se inició en el mundo de las letras, colaborando con reseñas literarias para un importante periódico londinense. En 1912 contrajo matrimonio con Leonard Woolf, un intelectual amigo del grupo de Bloombsbury. Juntos fundaron la empresa editorial Hogart Press. Para 1925 ya era una escritora madura, es el año de la publicación de La Sra. Dalloway. Esta década es importante tenerla en cuenta ya que tres años antes había aparecido el Ulises de Joyce, a quien el matrimonio Woolf se había negado a publicar, considerándolo demasiado obsceno. Y traigo a colación esta anécdota, ya que muy a su pesar Virginia Woolf representa, junto con Joyce y Faulkner, la gran ruptura literaria con la tradición decimonónica. El flujo de conciencia, trabajado por Joyce, aparecerá mas tarde en Las Olas de Virginia Woolf. Estos tres autores ahondan en las profundidades del alma humana de una manera no tratada hasta ese entonces.

Con La Sra. Dalloway, su obra maestra para muchos críticos literarios, Virginia Woolf retrata, en el lapso de escasas veinte horas, la vida de una mujer nacida y criada en la época victoriana, con todo lo que ello significaba. El libro, inicialmente titulado Las Horas, narra la preparación de una fiesta que el matrimonio Dalloway dará en la noche. En el transcurso del día Clarissa Dalloway rememora su vida y analiza el presente. La novela, a pesar de transcurrir en un solo día, como el Ulises de Joyce, abarca 30 años de la vida de los personajes. Básicamente la obra inicia con la llegada de un antiguo novio, Peter Walsh, quien ha pasado varios años en la India. Su entrada a la habitación de Clarissa ocurre cuando ella está remendando el vestido que utilizará en la noche:

“Aquí está, remendando un vestido; remendando un vestido, como de costumbre, pensó Peter Walsh; aquí ha estado sentada todo el tiempo que yo he estado en la India; remendando el vestido; ...porque no hay nada en el mundo tan malo para algunas mujeres como el matrimonio, pensó; y la política; y tener un marido conservador...” [2]

Esta imagen nos conduce a la mitología griega, a ese enigmático personaje de Penélope, tejiendo y destejiendo la tela para el traje de bodas. Penélope, con el acto de deshacer cada noche el trabajo del día, logra estar atada permanentemente al marido que no ve desde hace varios años, es su forma de proteger, de preservar su vida, su amor. Clarissa, en cambio, rehace su vida. Ese acto que pareciera tan efímero e intrascendental, en realidad conecta a Clarissa con el pasado; significa que está cosiendo (leáse uniendo) los pedazos de su vida. Clarissa, como Penélope, representa la fidelidad a un amor, a un hombre, a un pasado, a la vida misma.

“Y de buena gana Clarissa se hubiera mordido la lengua por haber recordado con estas palabras a Peter Walsh el que se hubiera querido casar con ella. Desde luego, quise hacerlo, pensó Peter Walsh; casi me destrozó el corazón, pensó; y quedó dominado por su propia pena, que se alzó como una luna que se contempla desde una terraza, horriblemente hermosa en la luz del día naufragante. Jamás he sido tan desdichado, pensó. Y, como si de veras estuviera sentado en la terraza, se inclinó un poco hacia Clarissa; adelantó la mano; la levantó; la dejó caer. Allí arriba, sobre ellos, colgaba aquella luna. También Clarissa parecía estar sentada con él en la terraza, a la luz de la luna”. [3]

Clarissa está casada con Robert Dalloway, pero en realidad sigue amando a Peter Walsh, a quien ella dejara por no ofrecerle la seguridad económica que una mujer de su condición social y de su época ansiaba tener. Peter Walsh habría sido la pasión, Robert Daloway es la estabilidad económica, social y emocional.

“...diría a Clarissa que la amaba, así, lisa y llanamente. Tiempo hubo en que tuvo celos de Peter Walsh; celos de él y de Clarissa. Pero a menudo le había dicho Clarissa que acertó al no casarse con Peter Walsh; lo cual conociendo a Clarissa, era evidentemente verdad; necesitaba apoyo. No era débil, pero necesitaba apoyo. ... su propia vida era un milagro; si, debía reconocerlo sin sombra de duda; ahí estaba él, en el mejor momento de su vida, camino de su casa de Westminster, para decir a Clarissa que la amaba. La felicidad es esto, pensó. … Él le ofrecía las flores, rosas rojas y blancas rosas. (Pero Richard no consiguió decirle que la amaba; no con estas palabras).” [4]

Peter Walsh es un personaje bastante melodramático, en este sentido tiene mucho de los personajes románticos, está lejos de la mesura inglesa, es la antítesis del marido de Clarissa, quien es un auténtico Lord, flemático, austero en los sentimientos, frío y calculador. Por su parte le deja un espacio libre, a su lado conoce la independencia, no la “encierra” en un mundo de celos, ni le es infiel con otras mujeres. La casa es un microcosmos donde Clarissa se sabe ama y señora del mundo. Allí construye un universo armónico e inamovible, un mundo donde el único ser que no encaja es la Srta. Kilmann (juego de palabras en inglés que significa matahombres).

“El vestíbulo de su casa era fresco como una cripta... Era su vida, aquella influencia, se sintió bendita y purificada, diciéndose, en el momento de coger el bloc con el mensaje telefónico escrito en él, que momentos como aquél eran brotes de árbol de la vida, flores de tinieblas, pensó ( como si una hermosa rosa hubiera florecido sólo para sus ojos): Y ni por un momento creyó en dios, pero, pensó, levantando el bloc, precisamente por ello una debe recompensar en el vivir cotidiano a los domésticos, sí, a los perros y a los canarios, y sobre todo a Richard, su marido.” [5]

Peter Walsh, en cambio, la habría “sofocado”. Si se hubiese casado con él, la hubiera desestabilizado, ya que es un aventurero. El se define a sí mismo como un romántico filibustero, un aventurero, rápido, osado. Y como todo aventurero es también un soñador: “Y el mejor juez de gastronomía en la India”. Está siempre dispuesto a ir tras un nuevo amor, tras una nueva ilusión:

“¿quién era Peter para afirmar que la vida es coser y cantar? ¿Peter, siempre enamorado, enamorado de la mujer de quien no debía enamorarse? ¿Qué significa tu amor?, hubiera podido preguntarle – Clarissa. Y sabía la respuesta de Peter: El amor es lo más importante del mundo y ninguna mujer puede llegar a comprenderlo. Muy bien. Pero, ¿Acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar un fiesta sin razón alguna”.[6]

Peter es un “irresponsable”, si se tiene en cuenta el significado de “responsabilidad” para una sociedad que aún vivía bajo los parámetros de la época victoriana. Está atrapado en el pasado, como buen romántico es un sentimental y además bastante solitario. El habría significado la pasión, la sensualidad, el erotismo, todo aquello que Robert le negaba:

“Todo había terminado para ella. La sábana estaba lisa, y estrecha era la cama. Se había subido sola a la torre y los había dejado, a los demás, jugando al sol. La puerta se había cerrado, y allí, entre el polvo de yeso caído y la broza de los nidos de pájaros, cuán distante parecía el panorama, y los sonidos llegaban débiles y fríos (se acordó de cierta ocasión, en Leith Hill), y ¡Richard, Richard!, gritó. Como en el nocturno sobresalto del que duerme y extiende la mano en las tinieblas en busca de ayuda. Almorzando con Lady Bruton, recordó. Me ha abandonado, estoy sola para siempre, pensó, cruzando las manos sobre la rodilla”.[7]

No hay que olvidar que aún a comienzos del siglo XX, tanto en la burguesía como en la aristocracia europea, los matrimonios solían dormir en cuartos separados; puesto que el acto sexual representaba, básicamente, la reproducción. Una vez el hombre había asegurado su linaje, poco o nada tenía que hacer en la cama de su legítima esposa. El placer estaba en la calle, en los lujosos y costosos prostíbulos de la época.

En cuanto a Virginia Woolf se refiere, logra retratarse a sí misma en el personaje atormentado de Septimus. Al igual que él, ella ha conocido la locura, y al igual que él ha estado internada en instituciones psiquiátricas, con todo el horror que ello podría representar hace noventa años. “Septimus descendía otro peldaño en la escalera que le llevaba al fondo del pozo”. Con este personaje, Virginia Woolf hace una premonición de su propia muerte:

“Le habían abandonado. El mundo clamaba: Mátate, mátate por nosotros. Pero ¿a santo de qué iba a matarse por ellos? La comida era agradable; el sol cálido; y el asunto de matarse, ¿cómo lo llevaba uno a cabo? ¿Con un cuchillo de mesa, feamente, con sangre y más sangre? ¿Chupando una tubería de gas? Estaba demasiado débil, apenas podía levantar la mano. Abandonado, como están solo aquellos que van a morir, y en ello había cierta belleza, era un aislamiento sublime; representaba una libertad que las personas vinculadas no pueden conocer. Holmes había ganado, desde luego; el bruto de los rojos orificios de nariz había ganado. Pero ni siquiera Holmes podía tocar aquel último resto perdido en los límites del mundo, aquel forajido que, vuelta la vista atrás, miraba las regiones habitadas del mundo, que yacía, como un marinero ahogado, en la playa del mundo”.[8]

Ahora bien ¿Por qué he titulado este aparte “la gran ruptura”? Por varios aspectos:

1-. La obra está marcada por el psicoanálisis, no hay que olvidar que los Woolf son los primeros en publicar a Freud. Este aspecto se ve claramente desarrollado en el monólogo interior:

“Porque esta es la verdad acerca de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que cual un pez habita en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su camino entre matas de gigantescos hierbajos, por espacios moteados por el sol, y sigue adelante y adelante, penetrando en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con charlas ligeras. ¿Qué piensa el gobierno hacer –Richard Dalloway lo sabría- con la India?”.[9]

2-. El segundo aspecto sería la utilización de la desambiguación, o flashback, una clara influencia del lenguaje cinematográfico. Esta característica se puede ver claramente en el pasaje anteriormente leído. Me refiero a la escena cuando Peter Walsh recuerda la luna que había enmarcado uno de los pocos momentos mágicos que había tenido con Clarissa, y como esa luna regresa nuevamente, de una forma simbólica - presencia tutelar sería la expresión adecuada-, a posarse encima de ellos.

3-. Otra ruptura, o innovación literaria, es la reflexión sobre la mujer, el matrimonio y la sexualidad femenina. Clarissa Daloway analiza amargamente su desconocimiento del placer sexual. Situación bastante común en los matrimonios del siglo XIX e incluso hasta bien entrado el siglo XX. No hay que olvidar que es sólo hasta los años ’60, con el Movimiento de Liberación Femenina, y por supuesto con el invento de la píldora anticonceptiva, que la mujer da rienda suelta al placer; ya que el acto sexual había dejado de estar ligado únicamente a la reproducción. La posibilidad de decidir cuántos hijos se desea tener, en qué momento y con quien, significa para la mujer un gran paso en la aceptación del compañero y poder disfrutar sin miedos a un embarazo indeseado de la relación sexual.

“Su cama se haría más y más estrecha. ... El dormitorio era una estancia de ático; la cama, estrecha; y mientras yacía allí leyendo, ya que dormía mal, no podía apartar de sí una virginidad conservada a través de los partos, pegada a ella como una sábana”.[10]

Por otra parte este pasaje de “virginidad conservada a través de los partos, pegada a ella como una sábana”, bien podría decirse que es autibiográfico, así Virginia Woolf no haya tenido nunca hijos. Y si digo esto es porque su relación con Leonard Woolf no fue nunca de pasión. Cuando él le propuso matrimonio ella se destabilizó a tal punto que tuvo que ser internada en un hospital pquiátrico. Estando allí ella misma le escribió una carta en la que le dice: “Usted no me atre físicamente. El otro día cuando me besó, yo sentí lo mismo que si hubiera sido una roca la que me hubiera besado.” No obstante, al salir del hospital Virginia y Leonard se casan, pero ella pasará dos largos años enferma. Una vez casados Leonard haría circular la leyenda que Virginia era frígida, con lo que él ocultaba su propia repulsión hacia el acto sexual.[11]  

4-. En esta obra, Virginia Woolf también reflexiona sobre el rol que tendría la mujer en el siglo XX. Siglo de oportunidades, en el cual la mujer tendría una vida activa en profesiones que siempre habían sido territorio exclusivo del hombre: la medicina, el derecho, la política y logra entender que ninguna profesión le será vedada.

Este aspecto será magistralmente analizado en una obra posterior: Un Cuarto Propio o Una Habitación propia (publicado en 1929 y traducido posteriormente al español por Jorge Luis Borges); ensayo en el cual Virginia Wolf pone dramáticamente el dedo en la llaga sobre la condición femenina en la Inglaterra de los años 20. Analiza históricamente el papel jugado por la mujer: siempre reducida al gineceo, a la crianza de los hijos, sin derecho a la educación, a la cultura e incluso al lenguaje; puesto que su verdadero manejo y conocimiento lo dan el estudio, la lectura e incluso el oficio de escribir.

“Primero nueve meses para que nazca la criatura. Después tres o cuatro meses para criar la criatura. Una vez despechada la criatura se necesitan a lo menos cinco años para jugar con la criatura. No se puede, parece, dejarlos corretear por las calles... También dice la gente que la naturaleza humana se forma antes de cumplir los cinco años”.[12]

El hombre, en cambio, se levanta cada día, se va para la oficina, se encuentra con los amigos, regresa a la casa en la noche, encuentra la comida caliente, puede leer el periódico, o un libro, o escribir, y los hombres de hoy en día pueden ver televisión o trabajar en el computador; y todo ello en un cuarto especialmente diseñado para ellos. Virginia Woolf se hace la siguiente pregunta:

“¿Porqué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Porqué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura? ¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte?” [13]

Virginia Woolf analiza la extrema pobreza que caracterizó por siglos la condición de la mujer occidental. Es de anotar que en el caso específico de Inglaterra, sólo en 1880 se le permitió a la mujer casada el manejo de sus propios bienes. Sin embargo, el caso inglés no deja de ser privilegiado, recordemos que en Francia la mujer sólo tuvo acceso a su propia cuenta bancaria en 1968. La dote, práctica común hasta finales del siglo XIX, era manejada por el marido, ella carecía además (y carece aún) de un cuarto propio.

Por otra parte, analiza, de una forma magistral, la misoginia que ha caracterizado a los grandes pensadores y hombres políticos a través de los tiempos:

“Pope: La mayoría de las mujeres carecen de todo carácter... Napoleón las creyó incapaces... Mussolini las desprecia...” [14]

Y eso que no hace alusión a Platón, quien se quejaba que la educación de los niños estuviese a cargo de las mujeres, alegando que no recibían ninguna instrucción, cuando ellos mismos se la negaban.

Esta misoginia ha dado como resultado la violencia de género, uno de los grandes dramas que ha tenido que afrontar durante milenios la mujer. Leyendo La Historia de Inglaterra, del Profesor Trevelyan, Virginia Woolf nos da a conocer la vida de la mujer inglesa en el seno familiar:

“Golpear a la esposa era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos... La hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacía acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera. El casamiento no era asunto de afecto personal, sino de avaricia familiar, especialmente en las caballerescas clases altas... El compromiso solía tener lugar cuando una de las partes aún estaba en la cuna, y el casamiento cuando apenas habían salido del cuidado de sus niñeras”. [15]

Las niñas estaban destinadas a aprender los trabajos domésticos, por lo que rara vez aprendían a leer y a escribir, y entre más baja fuera su condición socio-económica peor era su situación familiar y social. Por lo tanto, no nos debe extrañar que para el siglo XIX, cuando las mujeres comienzan a publicar, algunas de ellas opten por seudónimos masculinos: George Eliot, Georges Sand. Esto las protegía, al menos aparentemente, del hazmerreír de sus contemporáneos. En realidad lo que hacían era escudarse de los improperios que podrían recibir día a día. Afortunadamente sus nombres verdaderos y su condición de mujeres, quedaron inscritos en la historia de la literatura. Y es que además las mujeres se ven siempre enfrentadas a un eterno drama: demostrar cuán capaces son, algo que los hombres no siempre deben hacer, al menos en la proporción e intensidad de las mujeres. La mujer ha debido escuchar permanentemente el mismo argumento: “-Eres incapaz, no tienes los conocimientos necesarios. -Eres mujer, eso es asunto de hombres...” Para lo cual se ve forzada siempre a eludir o a refutar sus puntos de vista y si ésto es una verdad de a puño hoy en día, en pleno siglo XXI, podemos imaginarnos como sería hace cien o doscientos años.

Pero no todos los hombres han sido misóginos. Virginia Woolf trae a colación la teoría de Coleridge, sobre la inteligencia andrógina. Y no tiene porque ser de otro modo, ningún científico ha demostrado fehacientemente que el cerebro de las mujeres sea diferente al de los hombres; lo que nos hace diferentes son los órganos reproductivos. Lo que si puede diferir es nuestra capacidad cognitiva, pero pienso que este factor se debe más a conductas sociales y culturales que a una forma diferente del funcionamiento de las neuronas.

A partir del siglo XVIII, las mujeres comienzan a traducir, a escribir (con Madame de Staël a la cabeza, 1766-1817; y quien además fuese odiada por Napoleón, que siempre la consideró alemana), y comienzan a ganar dinero. Y es que la literatura no debe ser vista como un pasatiempo, sino como una profesión, un oficio: “El dinero da valor a lo que impago es frívolo.”, dice Virginia Woolf. Es acá cuando se comienza a operar la emancipación de las mujeres. Ellas le abren el camino a Maria Shelley, aunque Virginia Woolf ni la nombra en su célebre ensayo, ni a Jane Austen, así como a las hermanas Brontë, a George Eliot, a Georges Sand o a Emily Dickinson.

Pero ¿Cómo escribir sin un cuarto propio? ¿Cómo estudiar, leer y crear si no se posee un espacio que la aísle de los pequeños dramas familiares? El niño que llora, la empleada que desea saber que debe preparar para el almuerzo (cuando puede darse el lujo de tenerla...), la labor de cualquier mujer comienza antes del alba y termina bien avanzada la noche... todo ésto en las labores domésticas... Y recuerda Virginia Woolf a Miss Nightingale: “las mujeres nunca tienen una media hora... que sea realmente de ellas”.

Con este libro, Virginia Woolf se erige como una de las primeras feministas, no hay que olvidar que apoya el movimiento de mujeres que buscan el derecho al sufragio, este derecho lo obtiene la mujer inglesa en 1919; en Colombia habrá que esperar hasta 1954.

En Orlando** (1928), obra poco conocida en nuestro medio, Virginia Woolf hace una travesía por la historia de Inglaterra, desde la época Isabelina (siglo XVI) hasta 1920. Orlando es escritor, aristócrata, sibarita, vividor, mujeriego que va trasegando a través de los siglos, hasta llegar al siglo XIX donde se convierte, de la noche a la mañana, en mujer. Este personaje es creado en homenaje a la mujer que tanto amó, escritora como ella: Vita Sackville-West. [16]

En Las Olas (1931), Virginia Woolf desarrolla un estilo completamente diferente al utilizado en sus obras anteriores. El libro carece de argumento en el sentido clásico del término; no obstante el lector va conociendo la trama y la vida de cada personaje a través de los monólogos interiores. Cada personaje habla de sí mismo y de sus compañeros. En esas voces desgarradas nos enteramos de los dramas de cada uno, de sus ambiciones y frustraciones, de sus desarraigos reales e imaginarios...

““El brillo purpúreo”, dijo Rhoda, en el anillo de la señorita Lambert cruza y vuelve a cruzar la mancha negra en la página blanca del libro de rezos. Es un brillo amoroso, del color del vino. Ahora que tenemos las maletas deshechas en los dormitorios, nos sentamos en rebaño bajo mapas de todo el mundo. Aquí hay pupitres con pocillos para la tinta. Escribiremos con tinta nuestros ejercicios. Pero aquí nadie soy. No tengo cara. Tanta gente, todas vestidas de sarga castaña, me ha robado la identidad. Todas somos desconsideradas y retraídas. Buscaré un rostro, un rostro compuesto y monumental, y lo dotaré de omnisciencia, y lo llevaré bajo mis ropas, como un talismán y después (lo prometo) encontraré un escondite en el bosque para poder allí, mirar en secreto mi colección de curiosos tesoros. Lo prometo. Así no lloraré”.[17]

Es ante todo un libro metafísico. Más que una novela, se trata de una búsqueda interior, que está ligada más a preguntas y respuestas filosóficas, que a una trama en el sentido de las novelas editadas en el siglo XIX. Es una novela que bien podría denominarse urbana, puesto que Londres está siempre presente. Posee una influencia enorme en cada personaje, por lo cual es otro de los personajes, aunque esté detrás de bambalinas:

“Londres está ahora velado, ahora se desvanece, se hunde, cae.” [18]

Para terminar con este breve capítulo sobre Virginia Woolf es importante entender que sin su legado literario la presencia de la mujer en la literatura del siglo XX tal vez no hubiese sido la que ahora conocemos, o al menos hubiésemos tardado más tiempo en encontrar el lenguaje que hoy utilizamos. La ruptura literaria de Virginia Woolf abrió caminos hasta ese momento desconocidos y permitió ahondar en la creación literaria y reflexionar sobre la condición femenina. Las mujeres que tomaron su relevo así lo comprendieron: Marguerite Yourcenar, quien fue su traductora a francés, y por supuesto Simone de Beauvoir; para no enumerar sino dos grandes escritoras del siglo XX.

 

Berta Lucía Estrada

bertalucia@gmail.com 

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Nota de la autora: Náufraga Perpetua, sobre la vida y obra de Virginia Woolf, es un libro con el cual obtuve el Premio Especial Ensayo Poético en le XXVI Encuentro Nacional de Poetas Colombianas Museo Rayo-Roldanillo en 2010. La obra fue publicada posteriormente por Ediciones Embalaje – Museo Rayo en 2012. 

*Este artículo forma parte de mi libro ¡Cuidado ! Escritoras a la vista…, Ediciones Ble, Manizales, 2009. Pueden leerlo gratuitamente, en versión corregida, en la Biblioteca Virtual de la Universidad Nacional de Colombia.

**Al respecto pueden leer el cuento Detrás del espejo, Féminas o el dulce aroma de las feormonas, seguido del libro de cuentos Voces del silencio, Ediciones Ble, Manizales, 2008 ; publicado en este espacio.

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Referencias: 

[1] Esta producción cinematográfica fue realizada por Mike Nichols (1966) e interpretada por Elizabeth Taylor y Richard Burton. La obra había sido llevada anteriormente a las tablas (1962) por Edward Albee.

[2] Woolf, Virginia. La Señora Dalloway. Biblioteca El Tiempo. Serie II clásicos. 2002 Casa Editorial El tiempo. Pág. 41

[3] Idem, pág.42

[4] Idem, pág. 114-115

[5] Idem, pág. 30

[6] Idem, pág. 119

[7] Idem, pág 47

[8] Idem, pág. 91

[9] Idem, pág. 157

[10] Idem, pág. 32

[11] FORRESTER, Viviane, Virginia Woolf, Albin Michel, 2009

[12] Woolf, Virginia. Un cuarto propio. Alianza Editorial. Pág. 25

[13] Idem, pág. 28

[14] Idem, pág 32

[15] Idem, pág. 44

[16] Esta obra fue llevada al cine por Sally Potter (1992), y los roles principales fueron interpretados por Tilda Swintum y Quentin Crisp.

1 Esta producción cinematográfica fue realizada por Mike Nichols (1966) e interpretada por Elizabeth Taylor y Richard Burton. La obra había sido llevada anteriormente a las tablas por (1962) Edward Albee.

2 Woolf, Virginia. La Señora Dalloway. Biblioteca El Tiempo. Serie II clásicos. 2002 Casa Editorial El tiempo. Pág. 41

3 Idem, pág.42

4 Idem, pág. 114-115

5 Idem, pág. 30

6 Idem, pág. 119

6 Idem, pág 47

7 Idem, pág. 91

8 Idem, pág. 157

9 Idem, pág. 32

10 FORRESTER, Viviane, Virginia Woolf, Albin Michel, 2009

11 Woolf, Virginia. Un cuarto propio. Alianza Editorial. Pág. 25

12 Idem, pág. 28

13 Idem, pág 32

14 Idem, pág. 44

15 Esta obra fue llevada al cine por Sally Potter (1992), y los roles principales fueron interpretados por Tilda Swintum y Quentin Crisp.

16 Woolf, Virginia. Las Olas. Editorial La Oveja Negra Ltda. 1983. Pág. 29

17 Idem, pág. 53

 

Sobre el autor

Berta Lucía Estrada

Berta Lucía Estrada

Fractales

Berta Lucía Estrada Estrada (Manizales). Estudios: Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, una Maestría y un Diploma de Estudios Profundos (DEA) en literatura, en la Universidad de la Sorbona (París- Francia), una Especialización en Docencia Universitaria en la Universidad de Caldas, un Diplomado en Historia y Crítica del arte del Siglo XX y un Diplomado en Cultura Latinoamericana. Soy librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. He publicado nueve libros, entre ellos La ruta del espejo, poesía, Editions du Cygne (Francia-2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua, ensayo poético, Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2012, ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., ensayo literario sobre la mal llamada literatura de género; y el ensayo sobre literatura infantil y juvenil ... de ninfas, hadas, gnomos y otros seres fantásticos. Docente universitaria en las áreas de lengua francesa, literatura hispanoamericana y francófona en la Universidad de Caldas; conferencista internacional y profesora invitada en universidades de Brasil y Panamá. He dado recitales de poesía en Colombia, Brasil, Francia, Panamá, Polonia y Alemania. Soy integrante de Ia Asociación Canadiense de Hispanistas y del Registro Creativo, éste último fundado por la poeta argentino-canadiense Nela Río.

Premios literarios:

Primer Premio Nacional de Poesía 2011 Meira del Mar, realizado por el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia, con el libro "Endechas del Último Funámbulo", basado en la vida y obra de Malcolm Lowry.
Premio Especial, fuera de concurso, Ediciones Embalaje del Museo Rayo-2010, con el ensayo poético "Náufraga Perpetua".
2o puesto en el Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes-2011.
4o lugar en el XXVII Concurso Nacional de Poesía Ediciones Embalaje-Museo Rayo 2011.

Blog El Hilo de Ariadna, en www.elespectador.com
http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/
Blog personal: Voces del Silencio:
http://beluesfeminas.blogspot.com
*Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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