Literatura

Sobre la Inmortalidad de la Literatura

Javier Zamudio

26/06/2018 - 06:30

 



Dibujo de "La metamorfosis", obra de Franz Kafka

¿Qué determina que una obra literaria sobreviva al tiempo, al espacio y, aún de forma más sorprendente, a las ideología, volviéndose, sí es permitido decirlo, perenne? Seguramente no es la tipografía, ni el tipo de papel, pero si existen elementos que hacen de ella una pieza preciada para su tiempo. Es esta la característica esencial.

Basta con leer novelas como El Castillo y El Proceso para descubrir que Josef K es un hombre simple, en otras palabras un empleado corriente, que tiene, como todos los ciudadanos normales de una metrópoli, expectativas hacia la vida. El amor es algo que se vislumbra en sus sueños.

Lo único negativo de su personalidad, es su injustificada insatisfacción, su búsqueda de un algo más y ese enorme vacío que lo acompaña en cada paso, porque para llenarlo, K., debe enfrentarse contra unos enemigos poderosos, las instituciones. Estas últimas trabajan bajo un lenguaje de orden “lógico”, que K. no comprende en absoluto, la burocracia.

De esta manera transcurre la vida de K., personaje principal del escritor checo Franz Kafka, autor que se convirtió, a través de una obra compuesta de cuentos y novelas, en figura central de la literatura universal. Pero, ¿qué elementos hacen de la obra de Kafka algo imprescindible, único, valioso en comparación a otros escritores?

Temas como la alienación, el poder de las instituciones, la soledad, desfilan a través de una prosa que no busca adornar, sino mostrar. Una prosa directa, escueta, sin emociones. Ésta frialdad es quizá, también, un rasgo esencial en la literatura de Kafka.

Así lo dice Anna Arendt, en su ensayo Franz Kafka, revalorado, en donde se señala que: “En esta prosa la falta de amaneramiento está llevada casi al extremo de la ausencia de estilo y la falta de enamoramiento por las palabras… lo único que atrae y seduce al lector en la obra de Kafka es la verdad misma”.

Luego, de conocer estos elementos, es preciso preguntar por qué estas características inmortalizaron la obra de Kafka. ¿Otros no pensaron sobre estos temas? ¿Otros no piensan sobre estos temas? Seguro que sí. Lo hicieron, lo hacen y lo harán.

Hablaron los filósofos de la escuela de Frankfurt sobre el papel de las instituciones en la vida del individuo. Heráclito puso en duda el mito de la poesía Homérica. Descartes trató de racionalizar a Dios. Todos, desde distintas perspectivas, hablaron sobre las instituciones, antes o después, y siguen haciéndolo.

Sin embargo, lo que distinguió sus obras, de la de otros, fue el valor de éstas para su propio tiempo. Y esto mismo le sucedió a Franz Kafka, la inmortalidad del escritor checo tan sólo dependió de un punto de equilibro entre el arte y la historia, en otras palabras, el haber escrito en aquel momento, no antes ni después, sino justo allí.

Para comprender a cabalidad basta con ver algunos ejemplos. Dostoievski, representante del Realismo Ruso. Su obra se vincula al difícil contexto político de Rusia de mediados del siglo XIX, donde prevalecía la autocracia zarista. La misma es un reflejo de oposición al régimen del Zar.

Charles Bukowski, representante del Realismo sucio, su obra se vincula a la Gran Depresión, crisis de la economía norteamericana que inició en 1929. Y por último el caso de Gabriel García Márquez, representante del Realismo Mágico, del Boom literario latinoamericano. Su obra se puede interpretar como una reacción a corrientes como el existencialismo y el surrealismo.

Es de esta manera que, a través de los ojos de Kafka, podemos vincular la inmortalidad a esa perfección casi secreta de escribir una obra en el punto preciso. Porque toda gran obra es una necesidad histórica que se tejió de palabras en cada época y que ahora sólo vemos a través de un lente común.

Por que como diría Roberto Calvo Sanz, en su libro Literatura, Historia e Historia de la Literatura: “Hoy no es posible hablar del Quijote como un fenómeno narrativo aislado sin presuponer todas las novelas, las de antes y las de después, porque sabemos que el concepto de originalidad aplicado a una obra literaria es relativo

Sin embargo, a esto podríamos añadirle el valor del Quijote para su época, la cual se vincula al nacimiento de la novela, y como diría Foucault, a una revolución de los sentidos. Aquí tenemos otro ejemplo.

Quizá Franz Kafka siga repitiendo, línea tras línea, algo ya conocido, algo que terminó por convertirse en existencialismo, análisis crítico del discurso, filosofía estructuralista e incluso realismo mágico, y que aún hoy alimenta a nuevos escritores que se forjan en todas partes del mundo. No obstante, es vigente, porque lo que significó Josep K. para su época aún nadie lo olvida.

 

Javier Zamudio 

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