Literatura

El Castillo: soledad y frustración en la narrativa kafkiana

Javier Zamudio

26/11/2015 - 03:05

 

La obra de Franz Kafka representa una crítica simbólica a las instituciones y sus sistemas de funcionamiento. Sus libros comparten un rasgo general: el análisis a las formas del poder. Esta reflexión opera tanto desde una perspectiva deductiva como inductiva, es decir, que Kafka no sólo refleja, sino que argumenta, se hace sentir a través de sus historias, fundado formas de saber.

Uno de los elementos que trata la obra de Kafka, en relación a las formas en que se presenta el poder, es el de las instituciones gubernamentales. Hay un constante análisis de los funcionamientos de estas instituciones, de sus herramientas, alcances y formas de operar. El autor desarrolla, de esta manera, una microfísica del poder que define las relaciones entre el individuo y el mundo.

Éste, en apariencia, es el tema central que recorre su última novela, El Castillo. Sin embargo, existen unos elementos esenciales en los cuales se enmarca la literatura kafkiana, estos son los que representan su alter ego dentro de la obra.

Miremos un aforismo extraído del libro, Aforismo, Visiones y Sueños, de Franz Kafka. El aforismo número 52 versa de la siguiente manera: “En la lucha entre ti y el mundo, ponte de parte del mundo”. Es este sentimiento de soledad y fracaso su alter ego que recorre las páginas y ensombrece al lector de una forma alienante.

En su última obra se hace palpable, se intensifica esta visión pesimista, a través de las experiencias vividas por Josef K., personaje principal, que lucha, dentro de esta microfísica del poder, por alcanzar un reconocimiento del aparato estatal. Pero su lucha se ve frustrada y su vida se ve inclinada hacia la soledad.

La novela es simple, pero cruel y da la impresión que así quiere el autor que sea. K. es un agrimensor que ha sido contratado por la figura simbólica de El Castillo, para realizar un “presunto” trabajo de agrimensura.

Sin embargo, al llegar se le comunica que sus servicios no son requeridos, que se debe a un error en los trámites burocráticos que no se le comunicó a tiempo aquella decisión. Además, se le aclara que es en las cuestiones más insignificantes, como en su caso, que se dan ese tipo de errores.

A pesar de esto, K. decide quedarse en el pueblo y aprovechar su posición para llamar la atención de El Castillo y así lograr una mejor vida. Su objetivo es sencillo, una vida feliz. Cree encontrar el amor en una joven camarera. Y busca infinitamente entrar en comunicación con El Castillo. Ambas cosas resultan imposibles.

De esta manera transcurre la vida de K. en la novela. El personaje se ve envuelto en aquella microfísica del poder, enfrentado a ella en una lucha de antemano perdida. Es así como una aurora pesimista encierra la obra.

Como hemos visto, los conceptos de frustración y soledad son una constante en la obra del escritor checo. La narrativa kafkiana, entonces, se caracteriza por una ola de pesimismo que recorre sus páginas hundiendo, en lo profundo de su universo, al lector y logrando una función alienante.

Anna Arendt, en su ensayo titulado “Franz Kafka, revalorado”, nos dice lo siguiente: “El mundo de Kafka es sin duda terrible. Hoy sabemos, seguramente mejor que años atrás, que ese mundo es algo más que una pesadilla, y que, por el contrario, encaja estructuralmente, con inquietante exactitud, con la realidad que se nos obliga a vivir”

Lo que resta preguntarnos es si este propósito es voluntario, si Kafka está interesado en producir este efecto en el lector. Natalie Lam, en su ensayo titulado “Reaching for the axe: Kafka and the language of the power” (Ganador del Prize Essay Contest 2009, de Boston University) nos dice lo siguiente en relación a la actitud literaria del autor:

“En sus primero años, Kafka escribió que la literatura fue hecha para llevar al lector la verdad, aunque esto implicara que su modo de transmisión fuera necesariamente violento: los libros deben ser “el hacha que destruye el mar congelado dentro de nosotros”

Y Kafka lo logra, destruye el mar congelado que habita en el interior del lector, obligándolo a enfrentar la verdad existencial: su papel en el mundo es nimio, en la microfísica del poder tan sólo somos pedazos de arena. No obstante, de pedazos de arena está hecho el desierto.

 

Javier Zamudio

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