Literatura

Appassionata...

Antonio Ureña García

17/12/2015 - 05:50

 

Sin duda, era aquel uno de los días más importantes de su vida. Tal vez por eso, desde que puso un pie en el aeropuerto, no se quitaba de la cabeza aquel dibujo de Goya que representaba a un anciano de larga y poblada barba blanca, apoyado en dos bastones, donde aparecía la frase “aún aprendo”. Una reproducción de esa obra colgaba en su estudio, convirtiéndose en una imagen que evocaba con frecuencia y había dado lugar a un lema de vida: “nunca hay que dejar de aprender”.

Hacía algunos años, con una beca gestionada por el propio Conservatorio en el que estudiaba, tuvo la oportunidad de pasar unos meses en Viena, recibiendo clases de un importante pianista austriaco. Fue en ese momento donde se fraguó la idea que ahora, por fin, se hacía realidad. Fue en el propio avión que la traía de regreso donde, observando por la ventanilla las cada vez más pequeñas calles y edificios de la antigua capital del Imperio Austro-Hungaro, se hizo a sí misma la promesa: “un día tocaré en Viena”. Era como si el tocar en aquella ciudad marcara el inicio de su carrera de pianista. No era este, ni mucho menos, su primer concierto; no iba a tocar en la principal sala de la ciudad, pero la importancia ese día era que finalmente vería cumplido su sueño. Desde pequeña había aprendido que era importante tener sueños y cómo luchando día a día, esforzándose por conseguirlos, esos sueños acababan haciéndose realidad. Unos sueños que actuaban como faros que guiaban su camino, y le iban indicando las etapas por las cuales debía transitar

Pese a haber elegido un difícil repertorio, horas antes, momentos antes del concierto, se sentía especialmente tranquila. Muchas veces, incluso en actuaciones de  menor importancia, había sentido esa punzada en el estómago, ese sudor en las manos propio de los nervios; unos nervios que desaparecían cuando, sentada frente al instrumento, tomaba aire y descargaba el primer acorde sobre el teclado. La tranquilidad de hoy, se debía con toda seguridad a sentir la cercanía de todas las personas que le había acompañado e hicieron posible el ver cumplido su sueño. Sus padres, ahora fallecidos, que desde muy niña la matricularon en el conservatorio y, de  mayor,  siempre la habían apoyado. Alberto, su pareja durante mucho tiempo, quien le llamaba “appassionata”, como la sonata de Beethoven que tanto le gustó siempre y que esta noche iba a tocar por vez primera vez en público.

Fue, cuando aún no tomaban en serio su formación musical. Fue cuando aún le preguntaban por sus estudios en la universidad y ella respondía que estudiaba en el conservatorio y los más atrevidos preguntaban: - “¿Sólo?”-,mientras el resto guardaba un revelador silencio, pensando: “¿qué pérdida de tiempo?”. FuE, cuando al poco tiempo de conocerse, Alberto le hizo uno de los regalos más bonitos que recibiera nunca. No era un regalo costoso, más bien al contrario; era un regalo pensado y elegido solo para ella. Era un cuaderno de papel artesano en cuya cubierta podía leerse el nombre con que desde ese día utilizó en tantas ocasiones precedido de su nombre auténtico o incluso como única firma: Appassionata. Debajo del mismo podía leerse: Pianista. No pudo contener la emoción cuando abrió ese paquete que él dejó en su almohada.  Era su forma de decirle, estoy contigo; creo en ti. Era la primera vez que alguien tan cercano, además de sus padres, tomaba en serio su formación. Alberto ya no estaba en su vida, pero una vez superado el dolor de la ruptura, recordaba solo buenos momentos vividos junto a él, que era muchos y muy intensos. Recordaba su apoyo en los momentos más difíciles y por eso hoy,  antes de salir al escenario le evocaba con una sonrisa.

 En cierta ocasión escribió en aquel cuaderno, que la música es como las personas: según van recorriendo espacios y paisajes, las maletas de la memoria se van cargando de colores y calores: de sabores y de aromas. Al igual que viajar nos lleva de vida, la música está viva y de la misma forma que nuestros recuerdos nos acompañan siempre -haciéndonos evocar personas y lugares- las sensaciones vividas  al escuchar determinada música se mezcla con el resto de nuestras experiencias vitales, convirtiéndose en parte de la misma cuando la escuchamos de nuevo; pero también cuando la interpretamos.

Mientras sus dedos volaban por el teclado desgranando nota a nota, acorde a acorde, frase a frase cada uno de los tres movimientos de la sonata de Beethoven, los sonidos escritos hace algo más de 200 años se iban enriqueciendo con todos  aquellos  matices, que daban un color personal a la interpretación. Esa era la magia de la música: podían transcurrir años de su creación pero cada una de las veces que se interpretaba o se escuchaba, se volvía actual al impregnarse del carácter de su intérprete u oyente..

En cierta ocasión escribió en aquel cuaderno, que la vida es como una sonata con sus tres tiempos: presentación, desarrollo y reexposición. Los diversos acontecimientos que van configurando la propia vida y la propia historia van estableciendo una temática que influirá en el camino o los caminos por los que se  marche después. A largo del camino habrá momentos en los sea necesario hacer balance de todo lo vivido y contemplar como dichas vivencias se han ido modificando  para mostrase de nuevo redivivas.

Hoy era uno de esos momentos importantes y al igual que los temas de primer movimiento volvían a aparecer en el movimiento final de la Appassionata -con variaciones armónicas, y melódicas, pero conservando su esencia-  las luces y sombras que componían su vida; toda su lucha en los momentos difíciles y la tenacidad con la que logró vencerlos, se hicieron presentes en la tarde del concierto,  entretejiéndose con las notas de la sonata.  De manera similar a aquella,  donde unas frases se encadenaban a otras para volver aparecer, desaparecer, reaparecer y resolverse al final en un acorde que nos lleva a la tonalidad inicial; de esta misma forma, la “coda” de aquel concierto -con sus aplausos, sus “bises” y los nuevos  aplausos finales-  se resolvía marcando el inicio de los múltiples acontecimientos que vendrán después y marcarán de nuevo su vida, en la que -sin lugar a dudas- este tan esperado concierto de Viena dejará su huella.

Como escribió aquella tarde en el cuaderno que le regalara Alberto: al igual que la “Appassionata” de Beethoven es un combate entre la fatalidad del destino y la voluntad que al final se alza victoriosa, es necesario luchar siempre para alcanzar los sueños...

Mientras se dirigía al escenario, totalmente concentrada y la vez totalmente relajada sintiéndose como levitar por los pasillos que conectaban su camerino con el proscenio, se repetía a si misma la frase que Alberto le decía una y otra vez antes de comenzar una actuación: “Appassionata, demuéstrales todo lo que llevas dentro”. 

 

Antonio Ureña García 

Sobre el autor

Antonio Ureña García

Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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