Literatura

Macondo: perfil de Gabo

Oscar Pantoja

18/04/2016 - 06:00

 

Gabriel García Márquez era niño cuando su abuelo lo llevó a la plaza de mercado cerca de la compañía bananera. Esa mañana quedó maravillado con los pescados que estaban sobre los escaparates. Eran grandes y frescos, de colores vivos. Pero lo que lo asombró fue el hielo. Cuando puso su mano sobre el bloque, se estremeció al descubrir que era frío. Retiró la mano.

Su abuelo, don Nicolás Márquez, coronel de la guerra de los Mil días, junto con su esposa, doña Tranquilina Iguarán, fueron los que se hicieron cargo de la crianza de su nieto. Los padres lo habían dejado con la pareja porque habían partido con la intención de instalarse en Barranquilla. Hasta los ocho años Gabo estuvo viviendo en la casa de Aracataca, pequeña población ubicada en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

La casa de los abuelos se convirtió en su universo. Una casa habitada en su mayoría por mujeres: tías, parientas y muchachas guajiras que llegaban a trabajar en los oficios domésticos. Creció entre las historias que el coronel le contaba de la guerra civil, el circo, el cine, y el miedo a quedarse solo en esa casa grande, llena de cuentos fantásticos.

Gabo dice al respecto: “Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en un casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia”.

Su abuela le narraba leyendas familiares a medida que realizaba las labores del hogar. De esta forma fue ubicándose en una realidad de ensueño en medio de esa casa. El coronel creía que su nieto había nacido con el talento de pintor. Le compró colores y mandó pintar las paredes de blanco para que las rayara, pero el niño había nacido para otra cosa.

“Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo:

—Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca. Era un mamotreto ilustrado con un atlante colosal en el lomo y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.

—¿Cuántas palabras tendrá? —pregunté.

—Todas —dijo el abuelo

Ese niño curioso y tímido, en 1982 recibiría el premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca le otorgó el premio por el conjunto de su obra y su vida dedicadas al arte de escribir. Ese día el flash de las cámaras estalló como un volcán de fuegos artificiales. Después regresó al país a visitar a su madre en el tradicional barrio de Manga. Colombia tenía al ciudadano más ilustra de su historia.

“Yo no sabía, te lo juro, hasta dónde podía empujar el carro. Simplemente me levantaba cada mañana, sin saber qué iba a ser de mí, y lo empujaba. Un poco más. Siempre un poco más, sin saber si llegaba o no llegaba. Sin saber nada”.

Quizás, desde esa soleada mañana en la que tocó el hielo, el pueblo se fundó. Y lo real que veía lo traspasó a un sitio inexistente. Un amigo de Gabo, Eduardo Daconte, cuenta la siguiente historia. “Él dice que cuando estaba pequeño le contaron que la cocinera de la casa había desaparecido. Y bueno —preguntó él—, ¿qué le pasó a la fulana?”. “Imagínate que estaba comiendo raspao ahí afuera y se fue volando”. A él le quedó esa imagen grabada, y cuando la necesitó para uno de sus libros, ahí estaba. Se convirtió en Remedios  la Bella.

Macondo no está en ningún mapa, pero de sobra se sabe que está ubicado en la Costa Atlántica, que su calor es infernal y que cuando llueve todo se inunda como en un cataclismo. Se sabe que su gente es amable, soñadora y conversadora.

En Colombia se hizo un referendo popular para que Macondo existiera. Los promotores cogieron firmas y adelantaron la campaña, pero a nadie le interesaba que Macondo existiera. Todos saben que el Macondo que no existe es el más real.

Cien años de soledad, uno de los clásicos hispánicos, cuenta la historia de la familia Buendía, que por generaciones vive en Macondo. Se han vendido treinta millones de libros y esto lo ubica en el puesto 30 de los más vendidos de la historia.

 

Oscar Pantoja 

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