Literatura
Meditaciones de André Maurois sobre la novela

Cuando se reflexiona sobre la pasión por la literatura de ficción, tanto desde la perspectiva del escritor como del lector, se observa que las palabras de André Maurois sobre la novela cobran un significado especial y revelador. ¿Cuándo se ha visto que, en la vida, todos los hombres sean conocidos por su vida interior? Si esa vida interior fuera la tercera dimensión, solamente en la novela se obtienen las tres dimensiones.
A un personaje de novela se le puede comprender, incluso conocer; sin embargo, en la vida real, los seres vivientes son enigmas, sus acciones son imprevisibles. Nos situamos ante los amigos, ante los enemigos, como ante dramas infinitamente complejos cuyo fin no se conocerá jamás.
Por el contrario, los personajes de novela aunque complejos en su mayoría, pero la misma complejidad es ordenada y podemos descifrarla. No sólo este aspecto es generador de acercamiento del lector a la novela, y en general a cualquier obra de ficción en cualquier formato; también otro tan importante como el poder participar de las emociones sin exponerse a sus consecuencias.
La verdadera vida se conoce a través de los libros
Maurois lo deja claro: “la lectura de un buen libro es un diálogo incesante, en el que el libro habla, y el alma contesta”. Parece, pues, que una novela tiene, para cumplir su cometido, que contener dos elementos. Por una parte, una imagen de la vida —lógica o ilógica— que el lector pueda creer, por lo menos mientras dura la lectura. Y, por otra parte, una construcción intelectual que agrupe, siguiendo un orden —lógico o ilógico— las imágenes naturales.
Esta reflexión —extraída de Las Quintaesencias de André Maurois, Ediciones de la gacela, Madrid 1942— nos acerca a un gran pensamiento del autor francés, “el arte de leer es, en gran parte, el arte de volver a encontrar la vida en los libros y, gracias a ellos, de comprenderla mejor”. Y no le faltaba razón al francés cuando decía que, un buen novelista se forma cuando acumula un conocimiento abundante y amplio de hombres y sentimientos.
Cierto es que cualquier joven inteligente y sensible puede escribir una buena novela, que seguro será su autobiografía sentimental; algunos se salvan por la fantasía del tono, de la forma; más la verdadera novela tiene que nutrirse de experiencia. Por eso los novelistas jóvenes son tan raros como los poetas líricos viejos.
Dice André Maurois que, “casi todas las grandes novelas de la humanidad han sido escritas después de los cuarenta años”, y apostilla “hace falta que los sentimientos se apacigüen para que el escritor los exprese sin reticencias”.
Me estoy acordando de un joven que con veintiséis años ganó el Premio Planeta con la obra La Tempestad, coincidiendo toda la crítica en que su descripción de Venecia es magnífica; pero el autor de esa obra ha reconocido en innumerables ocasiones que, cuando la escribió, nunca había estado allí. Todo está en las bibliotecas. Pero es la excepción; sin embargo, muchos poetas han muerto muy jóvenes dejando un legado extraordinario.
Carlos de Tomás Abad
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