Literatura

La culebra verde

Edgardo Mendoza

19/01/2016 - 07:10

 

El muchacho salió de la casa una tarde de agosto, fue a la única placita del pueblo, pero  estaba solitaria -- Francisco, así se llama-- siguió sus pasos inciertos hasta llegar, a un pequeño caudal de agua limpia y fresca que las pobladoras tenían como sitio de lavar ropa, los hombres sin oficio, lo miraban como  un lugar de pesca, con la fe de encontrar algún pescado de baja estima, resbaloso y negro que los pueblerinos llamaban “moncholo” de acequia.

En la orilla del caño, estaban pequeñas lomas de basura, y  sobresalían unas páginas de El Heraldo el más reconocido periódico de la región, que se habían escapado de los montículos. Sus ganas de  lector aprendiz, lo indujo a leer las páginas del olvidado diario, pero en ninguna encontró un párrafo completo, solo pedazos de fotografías y algunos titulares sin desarrollo, por el desgaste mismo del papel. De todos modos buscó una sombra en la orilla, debajo de un inmenso árbol de  caracolí, se montó en un tronco de regular altura a leer ese pedazo de prensa, sin noticias.

Fue entonces cuando escrutó entre las ramas  del árbol, sus ojos lo llevaron a una culebra verde que estaba enrollada entre las primeras hojas y lo miraba con amenaza solitaria. Los nervios lo traicionaron y permaneció sentado como una estatua de mármol. La culebra lo miraba de frente e iniciaba un  lento  proceso de desenrosque, lo miraba de frente y abría su boca pequeña y roja del reptil venenoso, que ya no tenía ojos para nadie, solo para ése muchacho con algunos kilos de más para su edad.

Entonces, Francisco también miraba a la culebra. Sentía que iba a lanzarse a su cuerpo, la imaginaba mordiéndolo entre las costillas con su fría piel debajo de su camisa, pero al mismo tiempo calculaba que por la distancia era casi imposible de caerle cerca. Sus agudos ojos asustados y su incapacidad motriz estaban en desacuerdo. Miró a los ojos de la serpiente, eran amarillo pálido como un chorro de orina joven, y en el ojo derecho tenía una imperfección notable --era una culebra bizca-- que solo alguien lleno de nervios pudo captar. Pensó—si este animal me muerde—llamaré a Benito Cujia, un curandero del sur experto en víboras, o Tere Mestre, rezandera de Atánquez que había salvado vidas por mordeduras, o al flaco Alvérico, un loco de Ibácharo que tenía el remedio para cascabel. Mientras repasaba nombres, el rabo de la culebra estaba totalmente libre y ella mantenía una posición de rematarlo. Adivinó su intención de morderle la cara y la nariz. Volvió a mirarla de frente y notó que ambos se miraban con odios, su cabeza algo oscura dejaba ver el verde de su cuerpo, y daba más fuerza al rojo escarlata de su boca, que se  mantenía abierta, como una granadilla.

Francisco, se paró del tronco, pero pesado de nervios no lograba moverse un milímetro. Dejó caer los pedazos de periódicos sin noticias, con una pausa inconsciente. Su manos temblaban con un ritmo sin acordes, cada dedo hacia su propio impulso, su propio movimiento. Un frío corrió por su cabeza, con un hilo de hielo entre el cerebro. Notó sus pies sembrados entre la arena fresca y mojada de la orilla. El pueblo estaba solitario. Las últimas lavanderas se habían marchado, notó a la distancia una señora que traía ramos de leña seca, pero cambió su dirección sin que él lo notara. Volvió a mirar a la rama donde estaba la culebras desde el principio, fue entonces cuando confundió los verdes del animal con las hojas, la culebra se había devuelto buscando el tronco de la ceiba y venia en su encuentro con una determinación de morderlo en cada poro de su piel, supo que le mordería las manos y la espalda sin detenerse, ahí pudo notar que el animal medía casi 80 centímetros y por señales particulares tenía en su piel, unas líneas de color ocre  difíciles de notar desde la altura donde estaba anteriormente.

Fue entonces cuando sus zapatos se despegaron de la tierra mojada, como un cohete en impulso y corrió como una locomotora, cruzó la esquina de la primera casa que encontró, subió como pudo las cercas de los patios de las casas, miraba que el animal corría en su búsqueda, entre las cercas de las casas y pasaba con una velocidad de rayo; entonces subió a un viejo tractor que roncaba, mientras su conductor conversaba con unos señores que bebía cervezas debajo del almendro frente de la  tienda.

La serpiente subió la por la llanta alta trasera de la máquina agropecuaria, y Francisco se tiró desde lo alto, cayó  al suelo, se paró tan de prisa que no alcanzó a dejar huellas en la tierra, cruzó la otra esquina y  se encontró con un grupo de muchachos que jugaban a la pelota en la calle. Fue entonces cuando el animal que lo perseguía se confundió con los jugadores y decidió rabiosa regresar a su rama, y esperar de nuevo a su lector de prensa cerca del basural.

Desde entonces jamás ha pasado por el lugar, y 37 años, tres meses y cuatro días, está seguro que esa culebra verde sigue ahí, esperando para tragárselo. Sueña que la ha visto gorda y se confunde con las ramas. Su ojo derecho ya perdió la visión, pero sus ganas de morderlo por todo su cuerpo siguen intactas. Francisco jamás ha vuelto por el viejo arroyo. Nuevas basuras siguen ahí, como la verrugosa culebra que lo espera.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Cuentos de enero

Sobre el autor

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza

Tiro de chorro

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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