Literatura

Tres siglos románticos [I]

Jairo Tapia Tietjen

09/05/2017 - 06:10

 

Miranda (La tempestad, de William Shakespear) por John William Waterhouse

 

Aristóteles se ocupaba de la “mimesis” (imitación o simulación), donde el artista copia la realidad y la refleja mejor de lo que es, la idealiza; por ello es idealismo retocar y embellecer lo horrido, tal cual el hombre ha humanizado a sus dioses pues, tanto el neolítico como el actual, siente dentro de sí el latido divino. Líricamente así lo plasma el mexicano Amado Nervo (1870-1919):

Fue con un delirante  misticismo,

buscándose él en Dios y la presencia

de Dios en lo más hondo de sí mismo:

en el espejo azul de su conciencia.

Entre las  libertades permitidas a los humanos, está el de construir seres sin clon posible; por ello en sus cantos convierten la imperfección de la realidad en obra de arte. Este idealismo estético fue posible al acumular atributos de perfecciones de la realidad, repudiando lo formalmente imperfecto.

En las obras cumbres del Romanticismo, abundan los héroes y heroínas. Se nos muestra a la mujer como un compendio de virtudes, más divinas que humanas: ojos de esmeraldas, cabellos ondulados de oro, discreta, grácil, honesta, melancólica, pudorosa, alegre y esbelta; es el ideal femenino extraído de la vida misma, es una mujer real y a la vez un ensueño hecho mujer.

Por ella la ceguera humana transmuta en virtudes los defectos y amplifica la cualidades que adorna la inspiración de un corazón rendido, o de alguien que emplea la observación indirecta de una realidad. Esto se observa en los versos de Baudelaire, muchas novelas, poemas y el folklore, recurso que amplía el ámbito del arte, salvándolo de lo pedestre y lo esparce hacia los abismos del tiempo.

También lo hacían los trágicos griegos, los románticos históricos y nuestros juglares vallenatos -poetizando la Edad Media en manos del Arcipreste para que surjan las comedietas eclesiásticas-, y la crudeza en el autor de la Celestina, los prodigiosos personajes del pasado en Shakespeare, tanto como lo hicieron Walter Scott y su discípulo Manzoni, en sus episodios  sumergidos en atmósferas históricas prefabricadas, o tal cual nos lo contaban Leandro Díaz y García Márquez. 

El sentimiento menos creador que existe, la nostalgia, debe a Petrarca la hazaña de haberlo convertido en esa poesía que podría restañar la herida abierta entre el Yo desterrado y un edénico sentido de la vida. Según las operaciones de transformación y transvaloración de la  poiesis, lo cual acostumbraba recordarnos Leopoldo Lugones en 1938: “¿Caminar, siempre caminar en el sentido contrario? Estas palabras-guijarro se resisten a la magia: el río de la historia las pule y las deja a los bordes de nuestro tiempo como a los utensilios de una civilización ya desaparecida”.

Tal “sentimiento antiguo”, romántico y modernista, es planteado por el peruano César Vallejo (1892-1938), en la lucha incesante entre el deseo profano del cuerpo y el conflicto existencial del amor; es la fuerza que le permite escribir y, a la vez, le anula el deseo:

“El amor es el alma del mundo, y todo lo trascendente es obra suya; por este motivo todo encuentra sus motivos más altos en el amor”.

¡Amor en el mundo tú eres un pecado!

Mi beso es la punta chispeante del cuerno

del diablo: ¡mi beso es credo sagrado!

Muchos luchan contra el sentimentalismo que anida en el fondo del corazón, pero la música enervante de los sentidos se encarga de su supervivencia. En ello, el espíritu global concierta con la expresión estética de moda de la que en su momento emana la esencia de su verdad humana. El  espíritu romántico, como el de los ambientes restantes, se refugia en los parques melancólicos, en cementerios exóticos, en la vista brumosa de la luna, en los claustros misteriosos, en la añoranza del pasado, donde asoma el perfil estético de la época.

Las reglas clásicas imperan en el siglo XVIII, sometido a una normatividad literaria rigurosa de influencia grecolatina, la cual se rompe gradualmente en el período llamado prerromántico, en donde predomina el pensamiento de Pascal, “hay razones que la razón no comprende”, tal como afirma Vaurenargues que, los grandes pensamientos vienen del corazón.

En tanto Dickens  muestra las grandezas y miserias de la sociedad  y del imperio inglés en Pickwick en 1836, convirtiéndose en el novelista que simboliza el sentimiento romántico inglés, aproximándose a la miseria y el dolor de humildes y explotados en la etapa atroz e inicial del neoliberalismo capitalista, con sus cuadros de humorismo con tintes melodramáticos y de sentimientos trágicos.

Es el sentimiento, valoración de lo natural y espontáneo, la tristeza y exaltación, lo espectacular y lo cómico, la libertad política, y la imposición de la ciencia y la razón en reemplazo de lo religioso. El célebre documento (1760) elaborado por Diderot en Francia, promotor de los 28 volúmenes de La grande Encyclopédie, junto a Condorcet y Helvetius, abre las puertas a la Revolución  Francesa (1789) e ilustra estas tendencias:

¿Cuándo veremos nacer poetas?  Después de grandes desastres y grandes desdichas; cuando los pueblos comienzan  a respirar y las imaginaciones, excitadas por espectáculos terribles, se atreven, a pintar cosas que ni siquiera podemos concebir los que no hemos sido testigos de ellas”.

Voltaire, padre de nuestra tradición poética, ayudó a impulsar el repudio a todo el artificio del siglo XVII en la corte de Luis XIV, develando la modernidad en sus planteamientos sobre los problemas profundos de la realidad, lo cual le avala  prisión y persecuciones, dentro del marco de la cultura en forma antológica, prominente y aguda, donde vibran las emociones en defensa de los derechos del corazón.

Los siglos románticos fueron abordados en Europa y Latinoamérica por una pléyade  sentimental, desde Alemania con Heine, Rusia con Pushkin, Gogol, Tolstoi y Dostoyevski; Italia con Leopardi y Manzoni, EEUU con Irving, Emerson y Poe; Francia con Stendhal, Zolá, Balzac, Mme de Stael, Victor Hugo, Chateaubriand y Verlaine. En España era representado por Espronceda, Zorrilla, Valera, Galdós y Bécquer. Inglaterra, con Scott, Carlyle, Dickens, Byron y Shelley, tendrán nuestra atención en el segundo capítulo de este trabajo, donde intentaremos reconstruir acontecimientos histórico-literarios fundamentados en  la evolución del genio y el pensamiento creativo, atendiendo las claves sincrónicas de sus protagonistas.

Los países latinoamericanos ven brillar a Heredia, Epifanio Mejía, Bello y Jorge Isaac. Es  época de Independencia política contra el imperio español, cuando Andrés Bello (1781-1865), invita a la musa para que abandone Europa, exaltando sus bellezas naturales y las hazañas de los libertadores.

El arte está sobre la marcha y son las obras del pasado las que conservan un valor perenne, en inspiración que conmueve a los artistas desde Platón y Virgilio, hasta el Romanticismo, comunicándole un entusiasmo vital ante las nuevas visiones estéticas, trascendentales e intensas, percibidas desde la realidad, sintiendo necesario transportar con ímpetu creativo de un acto de conciencia y de exaltación del sentimiento en una forma nueva de su creatura estética.

 

Jairo Tapia Tietjen

jtt.stspiritu2@hotmail.es

 

Sobre el autor

Jairo Tapia Tietjen

Jairo Tapia Tietjen

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Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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