Literatura

La luz difícil, de Tomás González: una mirada sutil a la muerte

Luis Barros Pavajeau

27/07/2012 - 11:23

 

Cubierta de La Luz difícil David, el narrador de La luz difícil, última novela del escritor colombiano Tomás González, es un pintor que está perdiendo la vista. Menuda contradicción. Entonces, trueca el oficio.

La escritura le da la oportunidad de relatarse antes de que se lo trague la ceguera. Colores por palabras, ni más ni menos. Como si fuera un lienzo en blanco que hay que llenar. Y David lo hace, para fijar una muerte que les concierne a todos los personajes.

La historia es sutilmente conmovedora. Ahí está su fortaleza. La muerte vista a los ojos, eludiendo obviedades. Dolorosa pero digna en su intensidad. Profunda y respetable.

Tanto así que David “cambia el camino de su viaje de letras cuando aparece el tono de obituario.” De esta manera es innegable la conciencia de la escritura. Conciencia que lleva al narrador a no desbordarse en el dolor provocado por la muerte de Jacobo. Lejos de eso, uno de los aciertos de esta historia es que transcurre con éxito, caminando sobre el filo de demasiados lugares comunes.

Escritura y vida; vida y escritura. Aunque la una pueda vivir sin la otra, se fundirán en un juego de imágenes donde la ternura aparece frecuentemente en esta tragedia, trascendiendo el dolor.

Para nadie es un secreto que la escritura es catarsis, confesión, reconocimiento. Espejo hondo como las penas; espejo ancho como la felicidad, en el que cabemos todos. Sólo tenemos las palabras. Como relato de nuestro sitio en el mundo. “…Dúctiles son las palabras; lo mucho que por sí solas, expresan lo ambiguo, lo transmutable, lo poco firme de las cosas. Son iguales al mundo: inestables como casa en llamas, como zarza ardiente.”

Eso a juicio de David que en su vejez, una vejez sin grandes expectativas, va desenrollando el recuerdo para volver a asomarse a la muerte del hijo con una sabiduría savia. No en vano afirma “…pero la alegría aflora siempre, o casi siempre, como trozo de madera en el agua, no importa lo profundo del horror de lo vivido.”

La luz difícil se enraíza en la filosofía taoísta; el ser humano en armonía con el orden natural. En ella no existe un dogma. El dogma aísla, jerarquiza, separa, opone. El taoísmo es energía que fluye para conocerse uno mismo y el universo de las cosas circundantes.

Entonces la muerte se derrama sobre los personajes con todas sus contradicciones. El reconocimiento que tanto anhelaba, le llega al pintor cuando ya no importa. Él mismo lo dice “…Le disgusta. Parece inoportuno a  su aflicción.” El tiempo de la muerte muestra sus dientes; “se viene encima como si descargara sobre nosotros piedras o ladrillos”; “…pasaba como una rueda que nos apretaba cada vez más los huesos”; “…chirriaba y nos atormentaba con sus piñones y púas”; “…pasaba muy despacio, casi se devolvía, pero era para triturarnos mejor y mejor lamernos con las llamas”; “…el tiempo hacia adelante y hacia atrás, como un péndulo, como una segadora”.

Y sin embargo, la muerte de Jacobo es una ablución de melancolías anteriores. La contundencia de su deceso está no en la oposición vida-muerte, sino en sus respectivas equivalencias.

La muerte invade la vida y la llena de significados. La vida se vacía en la muerte y la convierte en tránsito. La sentencia de David reafirma lo dicho en las líneas anteriores; “…un mundo sin aflicción, estaría tan incompleto y sería poco armonioso, tan feo, como una escultura o un árbol que no tuviera sombra.”

La luz de esta novela es la médula del texto. Maravillosa luz que transforma a un gato blanco en farol. O a unos murciélagos en mariposas del ocaso. Luz encaminada hacia la ceguera irremisible. Ante el desvanecimiento de la contundencia del mundo, asomará otro ámbito más tenue. La luz del interior que llevará al pintor a “gozar la luz de los sonidos, de la memoria, de la luz sin formas…”

Para esa luz son innecesarios los ojos. Basta el deseo. Y las palabras. Una a una, para dar cuenta de la vacuidad del hombre. Tal como hace 300 años a.c. Lao Tsé lo escribió en el Tao Te Ching: “…Todos los seres llevan la sombra a sus espaldas y la luz en los brazos. Y el aliento de la nada resuelve la armonía.”

Luis Barros Pavajeau

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