Literatura

Duelo

Diego Niño

19/03/2018 - 07:40

 

 

Regresaron del cementerio con pasos cansados. Se distribuyeron en los patios de la casa de acuerdo a la edad: los niños en la pila, los adolescentes a la sombra del brevo, los hombres en el corredor y las mujeres bajo las materas que pendían de las vigas de madera. Las voces subieron en volumen a la misma velocidad que el cielo se fue llenando de nubes que lanzaron una ráfaga de gotas que no alteraron las conversaciones ni interrumpieron el juego.

La segunda ráfaga levantó una polvareda que hizo que las mujeres se fueran a la sala que estaba al costado del portón que nunca cerraba. Un trueno sacudió los cimientos de la casa. Las gotas engordaron hasta transformarse en una cortina que no permitía ver a un metro de distancia. El agua inundó los corredores y los canales lanzaban chorros que golpeaban contra las ollas de barro que estaban a diez centímetros de la base de las vigas de madera. La mayoría se refugió en la sala  que estaba al costado del portón. Otros aprovecharon el desorden para desaparecer sin despedirse. Las mujeres se acomodaron en los sillones y los hombres se recostaron contra las paredes. Los turistas entraban con el cabello apretado contra el cráneo y las mochilas escurriendo agua. Mascullaban algunas palabras y continuaban su camino hacia las escaleras que los conducían al segundo piso.

Cristina entró con un grupo de turistas de melenas pálidas. Evadió la mirada de quienes la contemplaban desde la sala. La llamó un hombre de bigote canoso, pero no hizo caso: siguió caminando hacia el pasillo que la llevó al segundo patio. Se detuvo para contemplar el brevo arqueado por el peso del agua, le sonrió como si fuera un amigo de toda la vida y lo rodeó para quedar frente a la cocina. Encendió la luz. Emergió un comedor macizo y una estufa de leña de la que salía tentáculos de fuego que parecían lamer la silla en la que estaba sentada su tía Marina. Tenía los ojos aferrados a las sombras, el cabello desordenado, la falda torcida y la blusa tiznada de ceniza.

Cristina dio media vuelta para salir de la cocina.

—¿Por qué te vas? ¿Qué te hice? —preguntó Marina con una voz que apenas se escuchaba en el fragor del aguacero.

—No hiciste nada, tía; tú nunca haces nada.

—Entonces ven a tomarte un agua de panela conmigo.

—Sabes que no tomo agua de panela.

—Lo sé: no consumes carne, leche ni lo que producen los animales. Eres tan extraña…

—No empieces, por favor.

Un rayo iluminó el patio que empezaba a hundirse en la oscuridad.

—No hay mucho que elegir: conmigo en la cocina o en la sala atestada de gente —dijo Marina antes que un trueno sacudiera la casa.

Cristina bajó la cabeza y se sentó en la silla que estaba frente a su tía. Se apretó contra la estufa para robarle un poco de calor. Otro relámpago iluminó la casa. Marina pareció aprovechar el fogonazo para examinar a su sobrina: tenis sucios, jean que goteaba sobre los baldosines y blusa que se había transparentado.

—Imagino que estás loca por subir al segundo piso con esa facha —afirmó la tía con voz áspera.

Un trueno sacudió la casa: las ollas saltaron en los cajones y los cubiertos vibraron sobre los platos.

—Esta mañana, viendo a mi mamá en el ataúd, deseaba que hubiera sido ella la que se quedara sola en esta casa y que yo fuera quien estuviera metida en el cajón —la tía hablaba como si pensara en voz alta. El agua resbalaba por las tejas de barro, vibraba en los canales y estallaba contra las ollas de barro que estaban a menos de un metro de las vigas—. Sabes que no me quedé en esta casa porque la vida me fue acorralando: mi esposo murió de cáncer y Catica se fue detrás de un militar. Después vino la enfermedad de mamá, los gastos médicos, la quiebra de tu papá, verme obligada a alquilar cuartos para no morir de hambre.

Se levantó de la silla limpiándose las mejillas con el dorso de la mano, tomó la olleta del platero, la llenó de agua, metió un pedazo de panela y la dejó sobre la estufa. Cristina observaba el brevo que parecía achicarse a medida que caía la noche.

—Vi a Camilo lo más de feliz con su esposa. Gracias a dios salieron de sus problemas —la tía cambió de tema.

—Ese matrimonio es una mierda.

—¡Tú qué vas a saber de matrimonios! A los veinte años no se sabe nada de la vida; a duras penas sabes ponerte ese pantalón que parece prestado. —Calló por un instante—. Menos mal que mamá está muerta porque le habría dado un infarto si te hubiera visto vestida de esa manera. —Se acercó con pasos cortos, y cuando estuvo cerca, se inclinó para susurrarle al oído—: imagino que mueres por darte una vuelta por el segundo piso para que los gringos te vean el brasier y esas téticas chiquitas.   

—¡Pues sí: me encantaría que Irwing se masturbara mientras me paseo frente a su ventana!

Marina la tomó del cabello en un movimiento inusitadamente rápido para sus sesenta años. La sacó de la cocina, la arrastró hasta una esquina del patio y la soltó bajo el chorro de agua.

—¡Puta! —le gritó.

Cristina la miró asombrada sin saber qué hacer. Sólo atinó a preguntarle:

—¿Celosa?

—¡Culicagada de mierda!

Marina dio la espalda y entró a la cocina seguida de Cristina. Suspiró frente a la estufa, se levantó el cabello con las dos manos y lo dejó caer en una cascada negra. Tomó la olleta para servir agua de panela en dos pocillos.

—No quiero

—¡Me importa un culo si quiere o no! ¡Se la toma y punto!

Cristina tomó el pocillo y lo lanzó al patio. Marina se abalanzó sobre ella para cogerla nuevamente del cabello, pero Cristina le dio una cachetada que la paralizó.

—¿Qué pasa? —gritó desde la puerta un hombre alto y de bigote canoso.

—¡Estoy cansada de vivir en esta casa! —gritó Marina y salió de la cocina.

El hombre miró a Cristina, como buscando explicación. Cristina levantó los hombros al tiempo que dijo:

—Lo que oíste papá: Marina está aburrida de vivir en la casa.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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