Literatura

El Cristo de Velázquez

Antonio Ureña García

29/03/2018 - 07:05

 

Fragmento de la obra La crucifixión de Velázquez

 

A la hora convenida, Carla, Lucrecia y Miguel -los tres compañeros unidos por su trabajo docente en diversas Facultades de Antropología, pero ante todo, los tres amigos, pues su relación iba más allá de lo laboral– se reunieron frente a las taquillas del Museo del Prado para adquirir su entrada.

Para ellos, como profesores, la misma era gratuita, lo cual no evitó su enfado al ver los precios que, a su juicio, mostraban una vez más la intención de convertir la cultura en un lujo sólo al alcance de unos pocos. Cierto que la institución tenía a diario alguna hora de visita gratuita, pero las colas eran tan enormes que impedían realizarla con calma. En el museo se personificaban, a su juicio, la doble forma de concebir la cultura en el sistema económico imperante: para las élites y para las masas.

––¿Qué nos vas a mostrar hoy? ––preguntó Lucrecia una vez que hubieron franqueado el control de acceso.

––Elige tú, que para eso eres “la turista”. Carla y yo venimos más a menudo ––respondió Miguel.

––Siempre que viajo a Madrid, tengo dos visitas obligadas: la primera a ustedes, claro, y la segunda, al Prado, para ver el Cristo de Velázquez. Ya sé, ya sé, una agnóstica irredente como yo tan atraída por ese cuadro es pura incoherencia. Pero qué se le va a hacer, me encanta…

––Sí, es una maravilla, a mí también me gusta mucho. Y de incoherencia nada. El sentirse atraído o maravillado por una obra como ésta, no supone que necesariamente compartamos su significado religioso. Puede ser al contrario. Una cosa es analizar determinada concepción religiosa, otra ser practicante de la misma y otra muy diferente es disfrutar de una manifestación artística que tenga que ver con ella. ¿No creéis?

––Claro que sí, Carla; tienes toda la razón. Además, comparto la emoción de Lucrecia por el Cristo de Velázquez. Vayamos a verlo…

––Siempre he pensado que este Cristo mueve a la piedad y a la reflexión sobre el hecho religioso. En cambio, otros crucificados ––opinó Lucrecia––, llenos de sangre y con expresión de dolor, comunican justo todo lo contrario.

––Cierto ––apostilló Miguel––. Muestran una religión donde el miedo y el dolor son parte fundamental. ¿Dónde quedaría el catolicismo si se le despoja del discurso del miedo?

––Sí, este Cristo nada tiene que ver con los que llenan pueblos y ciudades en Semana Santa. ¿En Argentina ––preguntó Carla––, ¿se celebran procesiones por esas fechas? Varios países Latinoamericanos heredaron esa tradición.

––Cierto. En Buenos Aires y varios estados más celebran procesiones y, por lo que conozco, las imágenes poco tienen que ver con ésta.

––Sí, toda la Semana Santa gira, como decías, Miguel, en torno al dolor y al miedo. Cuando era pequeña, supongo que como a muchos niños, esas figuras retorcidas de dolor y llenas de sangre me daban miedo; igual que me daban miedo los acompañantes de los pasos procesionales: “los nazarenos”, con sus velas, sus túnicas y su capuchón puntiagudo que les dan un aspecto fantasmagórico.

––La Semana Santa es toda una puesta en escena de la pedagogía del miedo y el sufrimiento como camino de salvación. Es aquello de: todo lo que sufras en este valle de lágrimas se verá recompensado en la vida eterna. Así que, tranquilo, aguanta lo que echen en vida, que después de la muerte te verás recompensado. Terrible ––afirmó Miguel con expresión de desdén––.  

––Es cierto ––dijo Carla––. Sin embargo, este cuadro, pese a lo trágico de la crucifixión, nos presenta una figura de carácter divino. Cualquier mortal frente a ese sufrimiento aparecería destrozado y, sin embargo, la figura refleja aceptación de la muerte con serenidad. Como decías antes, Lucrecia, la figura irradia piedad. Todo en ella refleja mesura: desde el gesto de la cabeza con el mechón caído, hasta el propio cuerpo. No es una figura atlética, recién salida del gimnasio, como la de tantos Cristos que se ven por el mundo; ni extremadamente delgada como la de otros muchos. Es una figura extremadamente humana, en la cual el impacto del martirio ha sido minimizado reduciendo la cantidad de sangre o por la utilización del recurso de los cuatro clavos y el soporte para los pies. ¿Una rareza iconográfíca, no, Miguel?

––Sí, esta iconografía de los cuatro clavos fue definida por su suegro, Francisco Pacheco, y es cierto que se ha utilizado en contadas ocasiones. Yo, aquí veo a un hombre que ha sido vencido por la muerte; pero también a un dios por la serenidad y dignidad con la que se enfrenta a ella…

––Sabéis, chicos, siempre que veo esta pintura me acuerdo del poema de Machado que en mi país, popularizó Serrat: “

¡Oh, no eres tu mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero,

a ese Jesús del madero

sino al que anduvo en el mar!

––En España también conocemos el poema gracias a la versión de Serrat. ¿Verdad, Carla?

––Así es, me estaba acordando que desde pequeña me gustaba este cuadro, que veía con mis padres o el colegio. Pero lo recuerdo con un fondo negro totalmente opaco y aun así me encantaba. Sin embargo, siendo una adolescente lo restauraron y apareció este fondo verde casi transparente en el que se aparece la sombra de la imagen. Me acuerdo perfectamente de la impresión que me produjo…

––Saben de qué me estoy acordando yo ––dijo Lucrecia estallando en una contenida carcajada- la primera vez que estuve en el Prado, hace bastantes años ya... Y, por cierto, tienes razón, Carla, yo también recuerdo el fondo negro y la sorpresa después de la restauración…  Pues eso, que en una visita organizada, el guía, muy serio, soltó la siguiente boludez: “Velázquez le pintó el pelo por la cara puesto que, al salirle tan perfecto un lado, no se sintió capaz de realizar el otro con la misma maestría”. Lo peor de todo – continuó Lucrecia mientras sus amigos estallaban en una carcajada- es que todos nos tragamos el cuento y yo la primera.

––Si ––afirmó Miguel aguantándose la risa––, yo también había oído hace muchos años lo del pelo; lo cual es, como has dicho, “una boludez”. También se decía que el Greco pintaba las figuras alargadas porque tenía un defecto visual. Otra estupidez similar.

Todos se pusieron a reír, mientras Lucrecia, agarrando los brazos de sus amigos, preguntó:

––¿Qué vemos ahora?

––El otro día nos empezaste a hablar del misterio de “la Dama de la Maliciosa” al ver el Príncipe Baltasar Carlos a Caballo”. ¿Nos lo terminas de contar, Miguel? ––preguntó Carla.

––Por mí, encantado. Vamos para allá, si queréis.

[Continuará]

 

Antonio Ureña García

Sobre el autor

Antonio Ureña García

Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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