Literatura

El regreso

Edgardo Mendoza

10/04/2018 - 06:20

 

 

El calor de la tarde entró con seriedad por la ventana. El Viejo Bercell recordó a aquella mujer que sufrió por sus ausencias, aunque luego fue olvido infinito. También recordó en solitario su sentencia: “Antes de partir de la tierra, te buscaré, no importa dónde, ni cuándo, solo estoy segura que te buscaré”.

Bercell tomó un café amargo, simple y triste, y con el primer sorbo dejó el sobrante en la mesita de los libros. Hacen dos jueves que el café está sin aroma, soso, frio y sin ganas –dijo-. Ya van tres jueves que el café está malo. Entonces, asumió la primera determinación del día. No tomaré más café los jueves por la tarde. El maestro Bercell pensó en su suerte, tantos años de veranos largos y de inviernos cortos.

Algunos viajes sin compañía y muchos bailes de juventud con aquellas amigas de la escuela, que todas partieron con destinos silenciosos a pueblos sin nombre. Eran sus nostalgias. Se acordó de Lupe Ayala, aquella muchacha de bar que él visitaba los lunes cuando el lugar no funcionaba. Se reían en el patio donde ella lavaba la ropa, él miraba feliz su ropa interior secándose al viento, algunas prendas las conocía en el cuerpecito de Lupe. A veces la invitaba a cine y nadie notaba sus gestos ni su risa, donde transcurrían sus días. Iba sin pintarse los labios ni el cabello, y se peinaba como una inocente colegiala sin colegio.

Elvira, la muchacha de piernas largas, cabellos a mitad de la espalda y naricita pícara. Al recordarla se formaban tempestades en su pecho. Aquellos ojos silenciosos y voz de ciruelas eran su recuerdo. Elvira era como las cigarras del bosque, que salen en temporadas y se revientan el alma con sus cantos para nadie. Se marchaba sin despedirse y dejaba su corazón como un coágulo azul y sin nombre. La ausencia era su razón de ser, pero al mismo tiempo la razón para que él no fuera nadie, solo Bercell, un nadie más en el paraíso de los nadie cualquiera. Elvira amaba ausentarse sobre todas las cosas.

Con una cautela de pájaro enfermo, se asomó de nuevo a la ventana. Era ella, Elvira. Pasaba con una tristeza gris, una cartera grande y la misma forma de caminar de siempre. Iba tan distraída, que no alcanzó a mirarlo. Entonces pensó que estaba en su búsqueda y lo encontraría sin remedio. --Seguramente me llamará por mi nombre y me dirá simplemente: Vine a encontrarte—pensó.

Ya no puedo preguntarle por sus ausencias, pero cumpliré sus órdenes de carcelera viuda, como una guardiana que asusta con el gesto. Soy incapaz de desobedecerla. Cuando eran otros tiempos me ordenaba sin chistar, cómo debía motilarme el cabello, qué canciones podía canturrear en soledad sin olvidar las letras y usar zapatos sin cordones que siempre me parecieron inseguros, pero obedecí sus caprichos sin importar mis pasos.

Elvira puede durar todo el tiempo en este pueblo hasta encontrarme, a nadie preguntará mi nombre, pero es capaz de ir casa por casa, hasta esperar que asome en alguna ventana y ella con la seguridad de un cartero milenario, me dirá simplemente: Ya llegué. Es más, ella sabe a la hora que puedo asomarme a las ventanas. Sabe, sin que le digan, que estoy solo, que me disgusté hace 27 años con Nino, mi amigo de niñez. Intuye con certeza que debo pequeñas cuentas al banco y que ya no tomaré más café los jueves por la tarde, ella lo sabe todo.

Quisiera cambiarme de ciudad y de barrio, pero lo único que encontraré será gente aburrida, intranquila y con las largas tristezas de siempre. De nada vale, me encontrará donde me esconda, si es que doy para esconderme.

Su paso fugaz la hace distinta, pero no incompleta, el mismo cabello, la misma manía de rascarse la espalda sin motivo, las mismas ganas de preguntarlo todo, sabiéndolo todo, no por confirmar lo que todo el mundo sabe, porque ella sabe todo, incluso lo que no pasó. O por qué no pasaron otras cosas, como la gente pensaba que pasarían.

Unos coches pasan lentos por la avenida vieja, mientras las vagas nubecillas quieren derramarse entre los techos pardos de lluvias antiguas, el sol ni siquiera se angustia, pues lleva el reloj exacto para esconderse, sin importar que las nubes tengan su agenda indecisa.

Me asomo de nuevo a la ventana y alcanzo a verla a varias esquinas de mi casa, su naricilla pícara conoce el olor de mi sudor y de mis miedos. Conoce mis temores antes de ser temores. Distingue mi inutilidad a kilómetros. Viene a hacia mí sin preguntarle a nadie. No tengo respuestas para sus preguntas y menos un lugar donde esfumarme. Evaporarme. No sé si siento miedo, pena, vergüenza o falta de hombría. Estoy como un alacrán sin su púa venenosa.

Ya está llegando, a pocos metros viene su cuerpecito con años de secretos. Quisiera volverme una célula para que no me vea. O algún átomo incompleto, algo sin forma, ni olores. Una nada sin remedio como esos embriones que quedan en la carrera intentando llegar al ovulo sin fecundar. Ya estará aquí como si hubiera remplazado sus senos por dos bolas de billar candentes bajo su piel, llegará con su garganta recta como si tuviera un largo cuchillo en la laringe, me observará un instante eterno con sus ojos calientes y, luego, todo el otoño entrará a mi cuerpo como un huracán sin brisas. Entonces le contaré mi tragedia de tantos años, ella ni siquiera oirá mi voz porque lo sabe todo, incluyendo que soy el mismo otoño convertido en hombre.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Sobre el autor

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza

Tiro de chorro

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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