Literatura

Después de abril

Edgardo Mendoza

08/05/2018 - 05:55

 

 

Farruko Kataño no olvidará la mañana cuando, al pasar por la plaza mayor, miró unos ojos oscuros que jamás había visto antes. Él, vestido de camisa muy blanca y el pantalón más azul de aquel abril, iba desprevenido. Hoy lo recuerda porque escuchó en la radio que van a remodelar la plaza, lo que significa destruir el lugar de sus recuerdos. 

Tiene la fotografía mental de un grupo de estudiantes ordenando cajas de madera en un kiosko y una profesora vestida de blusa gris, con unas gafas redondas y limpias, unos labios intensamente lilas, morados, solferinos, intranquilizadores; tanto que se acercó al kiosko de las cervezas, para mirarlos con un encantamiento de animal en celo.

Farruko y la profesora se encontraron de frente, ella con una picardía de adulta y Farruko con una juventud de potro. Pidió una cerveza, solo para escuchar su voz. Siguió intranquilo al trabajo en su oficina del hotel y regresó al mediodía cuando la plaza comenzaba a llenarse de gente pendiente a ver el concurso de los acordeones desde temprano cuando hacían sus ensayos debajo de los árboles de mangos. Los acordeones sonaban roncos como estrenando su garganta de aire, las cajas retumbaban sus cueros con una locura alegre y descuidada. Era un repique como chivos saltarines en su misma piel, sin vida pero con alma.

El potro de la camisa blanca regresó a las dos en punto, miró a Gabriela la maestra de labios delgados pintados de un oscuro raro. Ella limpió sus gafas con una coquetería de actriz. Farruko le preguntó susurrante cuál era el color del pintalabios, ella respondió con una risita limpia, insinuante, le dijo que adivinara él y escogiera el color de su imaginación. Entonces descubrió sus ojos rabiosamente marrones como fuegos de panela. Antes había visto labios de rojo carmín, escarlata, de un rojo cardenal como los pájaros del desierto, pero nunca en ese color sin nombre, que solo los obispos lucían en sus trajes y ahora estaba regado en unos labios insuficientes para cubrir un beso.

Pidió otras cervezas en el kiosco de estudiantes, sin dejar de mirar a la profesora y ella también había caído en la tentación de su conversación pausada y nerviosa. Una fuerza los invadió sin que ambos acomodaran las piezas de la casualidad. Era como si una mano extraña acomodara sus órganos internos en cada lugar. La blusa de Gabriela gris en la mañana, la había reemplazado por una roja clara que dejaba ver la sombra de sus brasieres negros entre su piel trigueña, incluso de cerca podía observar unas pequitas regadas y sin orden entre su pecho.

La profesora dijo que estaría en el kiosko hasta llegar la noche, pues los estudiantes preparaban una excursión a la playa con el producido de las ventas de ese festival inolvidable. Farruko salía a las diez de su trabajo y llegaría directo a mirar esos ojos que ya aseguraba le pertenecían, los miraba con una amenaza de ganas donde todos los habitantes del evento eran testigos silenciosos y cómplices. La profe coqueteaba sin prisa su ancha falda de color crema y sus zapatitos café.

La plaza estaba llena, cantantes sin fama, acordeoneros sin nombres, parranderos sin ron, amigos en busca de amigos para conversar, fotógrafos en busca de enamorados y enamorados en busca de algo sin destino ni razones.

En su oficina del hotel Farruko sentía que Gabriela caminaba por su piel, unos meses atrás había soñado con una mujer igual, que atendía un hospital de pájaros azules, con esos mismos ojos y esa sonrisa de sombras y misterios. La mujer del sueño llevaba una sonrisa de santa entre los pájaros heridos de una guerra reciente.

La noche llegó con la plaza abundante de cantos, versos, concursos y acordeoneros con pitos dañados y dedos cansados y en compañías sudorosas de rones y cuentos. A las 9 y 49 de la noche, Farruko tenía todo en orden en su oficina y el corazón en desorden para volver al lugar de los ojos y la delgada tela de la blusa roja. Al contrario de siempre, no miró el tamaño de sus senos, dibujó su espalda como un canal de arroyos secos veraneros.

Gabriela anotaba en una libretica nueva sumas y restas de las ventas. Los estudiantes se marchaban con la condición de volver temprano el día siguiente y los concursos de acordeoneros tenían los seguidores definidos, mientras los primeros derrotados culpaban a los jurados de su desdicha.  Ser rey del acordeón es un honor en un pueblo de bohemios. Los cajeros seguían rasgando con sus dedos los cueros del mundo y los guacharaqueros sacudían los surcos gastados de esa caña negra que acompaña al vallenato. Varios tríos musicales estaban dispersos, algún vagabundo urbano podía contratarlos y terminar la noche con su música, con una botella de licor barato y unos billetes arrugados en los bolsillos.

Unos pintores callejeros se reunían sonrientes y silentes debajo de los árboles. Las viejas palomas del parque veían interrumpidos sus vuelos con el sonido de las fiestas de abril.

Farruko llegó a las diez y Gabriela esperaba esa hora sin pensar qué pasaría. Ella se sentiría la importante, disimuladamente altanera, pero en el subfondo de su corazón quería dejar las manchas de su pintalabios en esa camisa blanca como nubes vacías.

Gabriela y Farruko ya estaban cerca, solo faltaban miradas, gestos, indicaciones y una perversidad que la confianza se encargaría de dictar en los siguientes minutos. Los últimos kioscos cerraban de manera pausada, mientras los viejos cerveceros departían regados por todo el lugar.

Los estudiantes se marcharon y la profesora era una un clavel fresco entre la multitud. Farruko sin más preguntas le dijo: Cierra y nos vamos. Entonces recorrieron la plaza como dos antiguos enamorados. Farruko se sentía como un pajarito del hospital azul y agarraba las manitos de araña de Gabriela entre los faroles de la noche. Tomaron algunos tragos de ginebra y escuchaban el sonido del hielo entre sus dedos, la madrugada estrenaba sus primeras ráfagas de frio y algunos acordeones sonaban canciones con lamentos y elegías.

Una lluvia dejó caer unas gotas pesadas, suficientes para buscar refugios a los habitantes del encuentro. Ellos, sin embargo, alcanzaron un dintel colonial para buscar amparo. Ahí permanecieron como dos gatos inquietos y conversadores.

Ya sentados en el andén, miró sus piernas largas y blancas escondidas entre su falda. Se imaginó todas las cosas imaginables para un par de piernas solitarias y ajenas, incluso llegó a pensar en bañarlas de ginebra y después recorrer con su nariz todos los contenidos y los aromas del trago.

––Ya es tarde y la lluvia ahora regresa con más fuerza –dijo Gabriela–, mi casa está sola. Mi madre anda de viaje y podemos conversar un rato y ver la madrugada despedirse.

Al poco tiempo llegaron y sin recordar qué medio de transporte utilizaron. Ella trajo una botella larga y verde que contenía un cuarto de un vino rojo intenso que compartieron en el mismo vaso y en el mismo sorbo. Se besaron como aprendices, disfrutaban las últimas gotas del vino rojo y unos rastros de ginebra que quedaban en sus bocas de enamorados sin planes. Se abrazaron. Todo el pintalabios lila quedó como acuarela en su camisa blanca, el negro brassier no era más que un artículo inútil entre los muebles.

Amaneció sin avisos. Ahora Farruko explica torpemente en la lavandería del barrio cuál tinta manchó su camisa blanca, la profesora busca sus gafas entre la alfombra y el amor anda de nuevo en la plaza en busca de la última nota de acordeón, que ahora parece un viejo ruido de borrachos.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Sobre el autor

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza

Tiro de chorro

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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