Literatura

De la destrucción de libros

Rafael Toriz

27/07/2020 - 05:30

 

De la destrucción de libros

 

“El fuego con que tú amenazas las letras sagradas
te abrasará, con toda justicia, a ti mismo”
Vicente, diácono de Zaragoza

Somos infelices y miserables por muchos motivos: acaso el principal sea porque recordamos, jamás nos acordamos de olvidar. Creo que, entre otras cosas, por eso duele la existencia, porque no hay remedio para la culpa, porque en nuestro cuerpo y mente siempre va grabándose la vida. A nosotros, mortales, no nos fue otorgada la Nepenta ni las aguas del Leteo. La escritura, herida volitiva, es recuerdo, presencia de lo que no está.

No pudiendo aspirar a la posibilidad de un mundo sin memoria, queda la rústica opción de inflamar las palabras, desquebrajar el mundo de los libros y hacerlos arder como la madera de la que fueron extraídos. Esta destrucción ha acompañado a la escritura desde sus inicios: el hombre que crea es el mismo que destruye, la bibliofagia nace en el momento mismo de la inscripción. De esta situación da cuenta el excelente libro del venezolano Fernando Báez, crónica de viaje a través de la destrucción de libros escrita en fornida prosa. 

La historia universal de la destrucción de los libros  relata la inefable masacre cometida con las bibliotecas desde sus comienzos en la región mesopotámica de Súmer (5.300 años aproximadamente), pasando por el emperador chino Qin Shih Huang Ti (213 a.C.), la quema de manuscritos en Constantinopla, la de la España medieval, la destrucción de códices prehispánicos (el mismo emperador Itzcóatl haría una pira para fundar la historia a partir de su reinado), los expurgos inquisitoriales, la quemazón hecha por los nazis (1933), hasta los memoricidios efectuados por los serbios (1993) y, aun ahora, el bibliocausto en Irak.

Su trabajo no puede sino mover a la indignación, demuestra, en sus palabras, que "el instinto destructor es cultivado socialmente, desarrollado en la madurez individual, y su grado de daño responde a las expectativas sociales de quien lo ejerce. Ningún individuo o sociedad destruye o mata sino aquello con lo que no quiere dialogar. Es el monólogo más radical de la acción vital. Destruir un libro es negarse al diálogo que supone la razón plural de éste". Sinsentido de la historia: curiosamente el lugar del nacimiento del libro, 55 siglos después, es también su convulsa sepultura.

¿Por qué el hombre destruye libros, por qué abate la memoria? Mucho se ha dicho pero las certezas son discretas. Se sabe que dicha actividad recibe el apelativo griego biblioclastia (o biblioclasmo) y se define, según el Piccolo Dizionario di Bibliofilia como un "odio, feroce avversione verso i libri, accompagnata da volontà distruttiva. Simile alla Bibliofobia". Por su parte, Umberto Eco, en su texto Desear, poseer y enloquecer distingue tres tipos de biblioclastia:

Existen tres formas de "biblioclastia"; es decir, de destrucción de los libros: la biblioclastia fundamentalista, la biblioclastia por incuria, y aquella por interés. El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su contenido y no quiere que otros los lean. Además de un criminal, es un loco, por el fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos excepcionales de biblioclastia, como el incendio de la biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis. La biblioclastia por incuria es la de tantas bibliotecas italianas, tan pobres y tan poco cuidadas, que a menudo se transforman en espacios de destrucción del libro, porque una manera de destruir los libros consiste en dejarlos morir y hacerlos desaparecer en lugares recónditos e inaccesibles. El biblioclasta por interés destruye los libros para venderlos por partes, pues así obtiene mayor provecho.

El mismo Fernando Báez trae a cuento el libro del psicoanalista Gérard Haddad Los biblioclastas (Ariel), en donde su autor fija una determinada tipología psicoanalítica de los destructores de libros. Aduce Haddad en boca de Báez:

Si se come un libro, es para recibir la aptitud que éste contiene como elemento de generación, para poder engendrar. Si se quema, por el contrario, es para negar su paternidad, rechazar la función de ser padre: El auto de fe actúa en forma velada y extrema el odio y el rechazo al Padre . El odio al libro, señala Haddad con enorme inteligencia, desemboca, no pocas veces, en el racismo, pues el racismo, más que el color de la piel, niega el libro de otra cultura, entendida como acto de generación de otro pueblo.

Vemos entonces que la destrucción de libros es, en este sentido, una negación, lo que recuerda desde luego a Borges en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne (Otras inquisiciones), en donde menciona una obra del estadounidense, Earth’s Holocaust, en la que confabulados todos los hombres deciden exterminar el pasado en una hoguera a la que inflaman, entre otras cosas, con todos los libros. Esta destrucción obliga a pensar en obras similares como la noveleta ilustrada de Cortázar Fantomas contra los vampiros multinacionales, narración que principia con extraños robos en bibliotecas célebres del mundo, así como amenazas de muerte a escritores, a quienes les está prohibido volver a ejercer su oficio so pena de muerte. En este caso se pretende abolir la insurrección, poner la inteligencia en llamas. Esta destrucción es una metáfora de la ideología voraz de la economía y la política contemporánea. El texto aun cabe, tanto por su originalidad creativa como por su temática contestaria, dentro de las diatribas al paradigma globalizador.

Otro libro parecido, aunque con un sostén más bien filosófico, es el de Bradbury, que tiene uno de los epígrafes más contundentes y seductores de la literatura: Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel de los libros inflama y arde.

La utopía negativa de Bradbury es un territorio en donde no cabe la tristeza ni la diversidad, las personas son unidimensionales, se ha abolido la contingencia y la humana capacidad de hacerse daño: la lectura no tiene lugar. Montag, bombero encargado de exterminar los libros puesto que propulsan la reflexión y roban la tranquilidad, es el ejemplo de una destrucción que no crea, su fuego es definitivo. Los habitantes de su novela viven alienados, son fantasías huecas y monocordes. Sin embargo, su narración no niega la memoria, los marginales de su comarca son prueba del recuerdo, evocan las palabras porque conocen de memoria los libros.

El proverbial libro de Báez, si bien conmueve tanto por su temática como por su vigor intelectual, no deja de ser una denuncia al estado geopolítico actual, en donde criminales avalados por la fuerza militar, no conformes con arrasar a pueblos enteros, se empeñan con terquedad porcina en liquidar el sostén espiritual e intelectual del hombre. El autor, ex asesor de la Unesco sobre daños al patrimonio cultural iraquí, da cuenta de la extinción de obras irrecuperables (manuscritos de las primeras traducciones al árabe de Aristóteles, tratados de Omar Khayyam, etc.). Señala que alrededor de un millón de libros fueron destruidos en la invasión al país árabe (Irak). Conviene mencionar también la desaparición de vetustas tabletas sumerias y de millones de archivos de índole varia. Triste es saber, nos recuerda el ensayista, que en la historia del libro sólo el 40 por ciento ha desaparecido por causas naturales, el resto ha sido devorado por el fuego del hombre.

La llama y la palabra, dupla continua, traen ecos de las obras de Elías Canetti (Auto de fe) y Bohumil Hrabal (Una soledad demasiado ruidosa). Ambos comprendieron el poder de la creación, la melodía de la hoguera que aun en la destrucción vivifica y crea. Porque, como en el Quijote, existen destrucciones creadoras, aquellas que limpian del ruido como la del barón de Teive que quema su única obra, como el biblioclasmo propuesto por Fernando Rodríguez de la Flor,1 necesario para dotar de sentido a la muchedumbre de textos que más que informar dispersan y confunden.

Afortunadamente Báez y su obra proverbial no son una rara avis; el profesor estadounidense Nicholas A. Basbanes, autor de la trilogía A Gentle Madness, Patience and Fortitude y A splendor of Letter lo corroboran. Basbanes es un defensor de la palabra escrita, del libro como objeto. Sus tres textos dan cuenta de las grandes bibliotecas, inmensas guaridas que han tenido los libros en el decurso de la historia. Relatan también anécdotas de ínclitos librohabientes. Sus libros, como el de Báez, son metalibros, y en El esplendor de las letras conversa acerca de la destrucción criminal, del asesinato del recuerdo. Ya se refiera a la destrucción de Cartago o a la incineración hecha por los nazis, la tesis que esgrime el autor es la siguiente: no importa lo mucho que pretenda abolirse la palabra escrita, después de todo, esa cercana fugitiva permanece.

Distingo, tanto en los libros de Basbanes como en el de Báez, cierta continuidad del noble trabajo de William Blades, The Enemies of Books.

Al principio de esta reseña aludí a la memoria como fuente de nuestras desgracias y lo sostengo, como suscribo también que entre nuestras facultades aflora el recuerdo. No podemos vivir olvidando el pasado: nuestra infelicidad es la luz agorera del futuro, y, si como dicen, el mundo únicamente puede ser considerado humano en la medida en que está dotado de sentido, sólo resta custodiar los trabajos y los días de aquellos que habitaron la palabra para recordar, sobre todo, la cita que hace Báez a Henrich Heine: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres".

Fernando Báez ha publicado Aproximaciones (1991), Alejado (1993), El Tractatus Coislinianus (2000), La ortodoxia de los herejes (2002) y Los fragmentos de Aristóteles (2002). Actualmente están por editarse La destrucción cultural de Irak y la novela El traductor de Cambridge.

Rodríguez de la Flor; Biblioclasmo. Por una práctica crítica de la lecto-escritura, Junta de Castilla y León, Salamanca, 1997.

 

Rafael Toriz

Acerca del autor: Rafael Toriz es un ensayista mexicano (Xalapa, 1983). Estudió música y literatura en la Universidad Veracruzana. Ha sido distinguido con mención honorífica en el Concurso Internacional de Ensayo convocado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la República Islámica de Irán (2001).

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