Literatura

Daniela

Diego Niño

23/07/2018 - 06:15

 

Daniela

Esta mañana encontré un cuaderno de apuntes que creía perdido. En la última página estaba escrito un número. Abajo decía Daniela en letras apeñuscadas que parecían animales que se aprietan para no sentir frío. Daniela es (o era, vaya uno a saber) una prostituta que conocí en burdel a las afueras de Tunja en noviembre del 2013. Llegué a ese lugar por la conspiración de varios factores: eran las dos de la mañana, un taxista me abandonó en mitad de carretera, llovía a cántaros y sentí curiosidad por el lugar del que salían hombres tambaleantes.

Al entrar vi a Daniela con la mirada perdida en la pared del fondo. Hablamos por un tiempo, hasta que el patrón le pidió que buscara con quién acostarse. Me ofrecí a ser ese cliente. Quería conocer las habitaciones en las que esta jovencita ejercitaba su oficio milenario. Así que pagué por ver, como se decía en Fierrito, un juego con la baraja española. Se desvistió por hábito profesional, pero se detuvo cuando vio que yo no me desvestía. Nos acostamos uno al lado del otro, susurramos algunas palabras hasta que nos dormimos. Minutos después una mujer gritó del otro lado de la cortina. Me desperté desorientado. Daniela me pidió papel y lápiz. Fue un susurro al oído que me erizó la piel. Escribió su teléfono para que nos viéramos al siguiente día. Quería tomar café en la plaza de Bolívar. Quería hablar, reír, distraerse de su vida de prostituta. 

Al siguiente día llamé a Daniela como habíamos convenido. No contestó. Semanas después la llamé a pesar de que yo estaba en Bogotá. Contestó una mujer con el mismo acento de Daniela. Afirmó que era número equivocado. Llamé cinco veces en el 2014 y las cinco veces contestó la misma mujer. Después perdí el cuaderno. O creí perderlo porque esta mañana lo encontré en una bolsa. De nuevo llamé a Daniela y de nuevo me contestó una mujer. Pero esta vez no era la señora de antes. Era una muchacha joven, quizás de la edad de Daniela. Me dijo que no era Daniela sino Diana quien contestaba. Tenía el mismo acento, la misma cadencia, la misma curiosidad de Daniela. Le pregunté si había vivido en Tunja. Me dijo que nunca había estado en esa ciudad. Callé por unos segundos y después le ofrecí disculpas por mi imprudencia.

Colgué.

Tomé el cuaderno. Leí el diálogo que transcribí poco después de salir del burdel. Al leerlo recordé su mirada triste, sus piernas moradas por el frío, los naufragios que la llevaron a prostituirse a los diecinueve años, las ráfagas de alegría que iluminaban sus ojos por unos segundos y el cuento que le prometí. Estuve tentado a llamarla de nuevo, a preguntarle si conocía a una mujer que trabajó en Tunja, a una mujer de veintidós años, de uno setenta de estatura, piernas largas, cabello negro. Pero no lo hice. Preferí sentarme a transcribir el diálogo y soltarlo a la marea virtual con la esperanza de que mis palabras lleguen a los ojos de Daniela (o como quiera que se llame).

Sin más que decir, doy paso al diálogo sucedido el 6 de noviembre de 2013:

—¿A qué te dedicás? —preguntó Daniela con acento de tierra cálida.

—Soy profesor de matemáticas.

—Siempre fui mala para las matemáticas. Todos los años me tocaba recuperar… Todos menos once porque no lo pude terminar —su voz fue perdiendo volumen hasta enmudecer.

—¿Por qué no terminaste?

—Me fui de la casa.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque mi papá casi me mata a golpes porque perdí la virginidad.

—…

—Vos no sabes cómo es mi papá.

—Por lo que dices, debe ser un hombre recto.

—¿Recto? Ni creás. Estuvo en la cárcel porque se fue de mula. Aunque lo soltaron a los dos años por buena conducta.

Calló. La miré detenidamente: cabello largo, negro, ojos cafés, nariz pequeña con lunares en el tabique, labios delgados, cuello largo.

—¿Quieres tomar algo? —pregunté.

—Un Smirnoff, por favor.

Levanté la mano, llegó un hombre alto, de abdomen abultado y mirada impaciente. Pedí el Smirnoff y una botella de agua.

—¿Y es que no piensas tomar?

—No puedo: consumo anticonvulsivos.

—¿Antiqué?

—Esto —le mostré la caja de pastillas que saqué de la maleta.

—Ve —la observó por todos lados, como si cada cara le ofreciera alguna sorpresa—. ¿Por qué me decís que te las tomás?

—Convulsioné a causa de una lesión cerebral —Incliné la cabeza para que viera la cicatriz. Tocó el turupe con sus dedos.

—Lo siento.

—No te preocupes.

Volvimos a callar.

—¿Cuántos años tienes? —pregunté.

—Diecinueve.

—¿Recién cumplidos?

—¡No; qué tal! Cumplo veinte en cuatro meses.

—Eres una niña…

—Ni tanto.

—¿Cuántos años llevas en este oficio?

—Nueve meses.

—Imagino que es difícil.

—Al comienzo es tenaz. Después te acostumbrás, como todo. ¿No?

—Supongo que sí.

Sonrío. Me contempló detenidamente, como si quisiera guardarme en su memoria.

—¿Dónde compraste esa bufanda tan linda?

—La tejió mi exesposa.

—¿La puedo ver?

—Por supuesto.

Me la quité del cuello y se la di. La tomó con las dos manos. La examinó apretando los ojos.

—¿Me la puedo poner un segundito?

—Sí.

Se la puso en la nuca, dio dos vueltas en el cuello, la olió, sonrió.

—¿Cómo me queda? ¿Me hace juego con el vestido?

Se bajó de la silla y dio una vuelta completa. Tenía un vestido enterizo que se adhería a su piel. En los hombros nacían dos tiras que crecían hasta formar una uve que dejaba ver el nacimiento de senos pequeños pero firmes. Cintura pequeña que contrastaba con una cadera grande. Piernas largas, delgadas, amoratadas por el frío.

—Eres hermosa

Sonrió ingenuamente, como si fuera el primer cumplido que le hicieran en la vida.

—Pero decime: ¿me hace juego con el vestido? —Dio otra vuelta.

—Claro: la bufanda y el vestido son del mismo tono.

—Pero la bufanda tiene pintas blancas y, no sé… Quizás chillen.

—Se ve perfecto.

—Te pediría que me la regalaras si no supiera que la tejió tu exesposa.

Callamos.

—¿Tu ex también es profesora de matemáticas?

—No. Trabaja en recursos humanos, aunque es licenciada en lenguas extranjeras.

Llegó el cantinero con el Smirnoff y la botella de agua.

—Olvidé preguntarte cómo te llamás.

—Diego.

—Mucho gusto, Daniela —alargó la mano para que se la apretara. Después, tomó la botella al tiempo que decía “¡Feliz Cumpleaños!”. Chocamos las botellas. Me abrazó con fuerza y me dio un beso en la mejilla—. ¿Cuántos años cumplís?

—Treinta y cuatro.

—Eres muy joven para tener esos ojos tan tristes.

—Y tú eres muy joven para estar en este lugar.

—¿Te parece?

—Deberías estar en una universidad.

—No te acordás que te dije que no terminé once porque mi papá casi me mata a golpes.

Sólo en ese momento entendí que no había sido una frase de cajón, sino que se trató de una golpiza de verdad.

—¿Tu mamá lo permitió?

—Mi mamá me dejó cuando tenía dos años.

—¿Has sabido algo de ella? ¿La volviste a ver?

—La vi un par de veces en la calle. Es indigente, le ganó el vicio.

Callé por un instante. Después le pregunté:

—¿Consumes drogas?

—¡Dios me libre! —se persignó.

Se desbarrancó en una nostalgia sin orillas. Habló de su huida de la casa, de sus compañeros dándole posada o escondiéndola bajo sus camas, el viaje a una Bogotá caótica y el arribo a Tunja.

—Bebes rapidísimo —dije al ver que había tomado dos botellas de Smirnoff en media hora.

—¿Te parece? Quizás se debe a que tomo todos los días.

—¿Todos los días?

—Entre cuatro nos tomamos dos botellas de aguardiente antes de abrir el local.

Apareció una muchacha que la llevó al baño del que regresó diez minutos después.

—Problemas con una compañera —dijo.

—¿Qué tipo de problemas?

—Tropel de viejas. Todas me la montan porque soy muy noble —enredaba las mechas de la bufanda en sus largos dedos.

Pasó un rosario de mujeres que le hablaron al oído mientras ella hacía cara de bronca.

—¡Qué mamera! —decía cada vez que se iba la mujer de turno.

Señaló su botella de Smirnoff mientras una mujer grande, morena, le hablaba al oído. Guiñó el ojo, levantó el pulgar y, luego, hizo girar los ojos como diciendo “qué jartera”. Pedí otra botella de Smirnoff. Llegó el cantinero con la botella y una planilla que Daniela firmó.

—¿Y eso?

—Pagan cinco mil por cada botella de Smirnoff que le hacemos consumir a los clientes.

—¿Cuánto te pagan por acostarte con un cliente?

—Treinta por el rato.

—¿Cuánto le vale al cliente?

—Cuarenta más la pieza.

—Un pago justo, al menos más justo que el de la mayoría de trabajos.

—No te creo.

—En serio… Una vez trabajé dando turorías con un tipo que me pagaba doce mil por una clase por la que él cobraba cuarenta y dos.

—Mucho ladrón.

—Por eso me independicé.

—¿Trabajas por horas?

—Igual que tú.

—¿A cómo cobrás la hora?

—Cuarenta.

Soltó una carcajada fría, sin matices. Después dijo:

—Me va mejor a mí porque cobro a cien la hora.

—Me acabas de decir que vale cuarenta.

—Pero el rato, que son veinte minutos.

Callamos.

—Por lo visto no se necesita estudio para ganar plata —parecía que era la conclusión de una reflexión que elaboró en su cabeza mientras estuvimos en silencio.

—No se estudia sólo por el sueldo. También se estudia por el placer en aprender.

—Prefiero seguir de puta.

—¿Toda la vida?

—No sé… No me gusta pensar en el futuro.

—¿No tienes sueños, proyectos?

—¿Las putas podemos tener sueños y proyectos?

—¡Por supuesto!

—En ese caso soy una puta sin sueños.

—¿Por qué?

—Porque mi papá los mató.

La miré a los ojos. Los tenía encharcados.

—¿Quieres a tu papá?

—Es el único hombre que he amado.

—¿El único? ¿Ni siquiera amaste al tipo con quien perdiste la virginidad?

Río a carcajadas. Esta vez sonaban llenas de vida, de sinceridad.

—A veces salís con unas bobadas… Le tocó a él por suerte. Pudo ser cualquiera. Sólo quería experimentar.

—¿Tuviste otros novios?

—Algunos. Hasta estuve casada un año.

—¿Casada? ¿Tan joven?

—¿Qué tiene de raro?

—No es frecuente, al menos entre las mujeres que conozco.

—Debe ser porque te la pasás con mujeres diferentes a estas —su índice giró en círculo, apuntando al techo.

—Imagino que iniciaste la prostitución después de separarte.

—La inicié cuando estaba con mi esposo.

—¿No le importaba que te acostaras con otros hombres?

—¡Para nada! Sólo le importaba que llegara a la casa con plata, por eso me vine a Tunja: me lo quería quitar de encima.

—Pareces que tú tienes treinta y cuatro y yo quince.

—No exagerés. Mi vida es como la vida de cualquiera. ¿O no?

Apareció el cantinero. Preguntó si necesitamos algo. Lo miré sin saber qué decir. Miró a Daniela con rabia. Probablemente imaginó que el giro del índice que hizo Daniela significaba la señal de “otra ronda”. Pedí una botella de Smirnoff que trajo minutos después. Le hizo firmar la planilla y le hizo una señal. Daniela lo miró seria. Bebió la botella de Smirnoff de un sorbo.

—Muy rica la charla, pero no estoy acá para hablar con los clientes sino para acostarme con ellos —se quitó la bufanda y me la puso en el cuello—. Concretemos o tendré que buscar otro cliente.

—Sesenta por media hora —lancé la oferta.

—A nadie le hago rebaja, pero me caíste bien porque eres decente.

—¿Decente? Me parece que venir a las dos de la mañana a un burdel no habla bien de mi decencia.

—No me has tocado como hacen los otros.

Miré alrededor: todos los hombres tocaban a las mujeres con algo más que deseo. Parecía que querían subyugaras con sus toqueteos salaces, con sus apretones violentos.

—¿Vamos? —preguntó.

Me levanté de la silla. Me tomó de la mano y me llevó al rincón en el que había un escritorio y una mujer de veinte años con cara de cólico.

—Arreglé media hora por sesenta —le dijo Daniela a la mujer.

—¿Tan poquito? Usted verá si quiere regalar su trabajo —hablaba con los brazos cruzados—. La plata —me dijo con rabia.

Entregué los billetes. Los pasó por la máquina para verificar que no eran falsos, los metió en un cajón de madera. De otro cajón sacó dos preservativos y un rollito de papel higiénico que lanzó sobre el escritorio. Daniela me tomó de la mano y me llevó por un pasillo angosto en cuyo margen izquierdo había cuartos con cortinas en lugar de puertas. Entramos a un cuarto de uno cincuenta por dos metros. En el margen derecho había una cama vieja frente a una caneca llena de preservativos y papel higiénico…

 

Diego Niño

@diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

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Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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