Literatura

Outlandos d´Amour

Andrés Gómez Morales

09/09/2018 - 16:55

 

Outlandos d´Amour

 

Un día en la cárcel no se compara con un minuto afuera. El pasar de las horas en el patio, mirando los árboles a través de las rejas, sintiendo el viento que llega como el recuerdo de los días en que gozaba sin vigilancia, es la peor forma de estar solo: “So Lonely”, igual que la canción de The Police. Sólo que aquí no hay posibilidad de escuchar música. Las rutinas se reducen a ir de la celda al patio, del patio al comedor y volver a la celda recibiendo la pestilencia al pasar por los baños.

En estos meses me he dado cuenta de que no fue del todo mi culpa lo que pasó, a pesar de haber tomado decisiones equivocadas, como manejar a toda velocidad en la noche y haber presionado a Marcela para que me acompañara, sin autorización de sus padres, a la fiesta de quince años de mi hermana en el Club Campestre. Insistí en que fuéramos porque lo tomé personal, el compromiso era lo de menos, pero los motivos por los que no les gustaba nuestra relación eran prejuicios. No les gustaba mi familia, su ascendencia, nuestros gustos caros les parecían de nuevos ricos. Si no hubieran sido tan clasistas, ella no habría tenido que escaparse esa noche. Hubiésemos ido tranquilos a la fiesta. 

El club queda a veinte kilómetros de Suamox, nuestra ciudad.  El nombre significa en lengua indígena, según me ha dicho un profesor con el que comparto la celda: “víctima del sol”, pues en un tiempo fue un lugar sagrado donde se hacían sacrificios al dios luminoso. A pesar de eso, el calor no llega a la cárcel de provincia en la que pasaré los próximos dos años que me quedan de condena.

El día del accidente tenía un Toyota Corolla, color azul gasolina, de dos puertas. Buscaba un cliente para venderlo a buen precio. Era fácil hacerlo, pues en nuestra ciudad no se veían carros así. Por esos días todo el mundo compraba “renaules” y “chevettes”, aunque tuviera dinero. Siempre manejé carros de buena marca, me pagaban por mostrarlos y llevarlos a lugares donde podía encontrar buenos compradores. Iba al hipódromo, a exposiciones ganaderas y de caballos, también a fiestas donde se reunía la gente acomodada de la región.

Sabía manejar rápido, aprendí a los doce años en un Impala del 78 que mi padre vendió por tres veces su valor. Un carro único, con caja mecánica y motor de ocho válvulas. A los dieciséis saqué el pase de conducción, tuvimos que pagar más de lo normal para el trámite, porque lo legal era sacarlo a los dieciocho. Manejé un Camaro, después un Porsche, luego varios BMW y Mercedes Benz. Quería ser piloto, pero nunca pude presentarme en la fórmula kart por problemas de visión. Me rehusaba a utilizar gafas, el atuendo de nerd se lo dejaba a los scouts. Tuve que utilizarlas en todo caso, la miopía aumentaba cada año. Cuando empecé a moverme en una moto Honda scrambler de mil centímetros cúbicos, compré una montura Ray Ban de piloto con lentes sensible al cambio de luz que adapté a mi dioptría. Decían que veía como Maverick de Top Gun.

Marcela ya iba a terminar el bachillerato. Yo era algo mayor para estar en el colegio. Había perdido tres años por dedicarme al trabajo con los carros. Me aburría estudiar, prefería hablar con gente que trabajaba en el negocio. Desde los quince años sabía cómo conseguir efectivo. Compré el diploma de bachillerato en un colegio pequeño que pertenecía al amigo de un amigo que no conviene nombrar. Sabía que la universidad tampoco era lo mío. Había intentado varias veces salir con Marcela y siempre me decía que estaba ocupada. Hasta que un día al verme llegar al colegio en la moto, me dijo que la llevara a dar una vuelta.

Recorrimos los alrededores por carreteras intermunicipales, parando a comprar todo tipo de chucherías que vendían los hippies en sus tiendas. Le compré una pulsera adornada con un cuarzo rosa. Me fijé en sus ojos negros y sus orejas pequeñas mientras se la probaba. Cuando la dejé en su casa, su madre salió a recibirnos al escuchar el ruido de la moto. Marcela me invitó a seguir, pero por la manera displicente como reaccionó la mujer al verme: su evidente falsa cortesía, le dije que me tenía que ir. Nos despedimos, intercambiamos números de teléfono. Iba despacio con ella, me interesaba de verdad.

A pesar de la actitud de la familia de Marcela, nuestros mundos no eran tan ajenos, coincidíamos en algunas reuniones, aunque hay que decirlo: la mía no tenía la misma aceptación en lugares como Club Campestre, sobre todo porque la de ella se oponía a que fuéramos socios. Su padre, el hijo de un miembro fundador, decía que si nos aceptaban como accionistas llegaría con nosotros gente de mala reputación. Sin embargo, no nos podían negar la entrada. Teníamos negocios con algunos notables socios y una membrecía especial. Mi padre les recibía dinero cuando viajaba a Estados Unidos para llevar y traer mercancía. Les hacía duplicar su inversión, gracias a los inversionistas que traficaban con droga. Cuando consiguió la licencia de importación, el negocio se hizo cien veces más rentable para todos.

Eran otros tiempos. Meterse un “pase” se puso de moda. En ese estado manejar era lo mejor. Todavía recuerdo el ruido del motor y la facilidad con que el Toyota llegaba a los cien kilómetros por hora. Cuando me uní al grupo de amigos de Marcela para recorrer discotecas, tuve la oportunidad de hablar a fondo con Marcela. Bailábamos merengue muy pegados, haciendo que nos mirarán e hicieran comentarios: “John Alex se va a cuadrar a Marcelita”. Y así fue, nos besamos delante de todo el mundo.

Al terminar nuestro tour nocturno fuimos a la casa de su prima Carolina. Su familia casi nunca estaba en la ciudad. Marcela llamó a su mamá para avisarle que se quedaría con ella. Aprovechamos para ir en el carro a un mirador a besarnos hasta la madrugada con una mezcla de canciones de The Police como música de fondo. Le sorprendió que me gustara ese tipo de música.

Cuando sonó “Can’t Stand Losing You”me preguntó cómo se llamaba la canción. Le dije y murmuró el nombre en español: “No soportaría perderte”. Le gustaba el ritmo y lo que entendía de la letra. Aproveché su interés para decirle que el nombre del disco del que hacía parte era: “Outlandos d'Amour”. Lo pronuncié de la mejor manera posible para sorprenderla.  Tal vez es demasiado para el nombre de un disco, dijo, parece sacado de la carta de un restaurante francés. Le conté que la primera vez que viajé a Miami estuve hablando un buen rato con un gringo en una tienda de discos. Me recomendó a The Police y luego se lanzó a explicar el significado del título. Es un juego de palabras, se unen la palabra outlaw que significa fuera de la ley y comandos para decir outlandos. Luego agregan la frase en francés “del amor”. Traduce algo así como “Los comandos fuera de la ley del amor”. O “Comandos del amor fuera de la ley”, agregó ella. Me sugirió que debería estudiar idiomas, le gustaba mi lado intelectual, cuando me tomaba el tiempo de entender y traducir palabras indescifrables. Nos hicimos novios aquella noche. Su familia lo tuvo que aceptar, porque en todo caso era mejor que saliera conmigo a sitios correspondientes a su nivel social en carros de buena marca, a que saliera con algún “hijo de papi” en un Renault con forma de zapato. 

Marcela no se tomaba en serio lo que me rodeaba: la fachada ostentosa con la que mis padres ocultaban sus orígenes, las visitas frecuentes a mi casa y al club de personas de bajo nivel educativo, pero con mucho dinero. Al contrario, el contraste entre los dos le atraía al punto que me pidió que le enseñara a manejar. La recogía después de clases para ir a la carretera que llevaba al aeropuerto. Allí el tránsito era mínimo, pues sólo llegaba y salía un avión a la semana. Practicábamos el arranque, los cambios para acelerar o disminuir la velocidad, la reversa, el uso de los espejos retrovisores. Por esos días los negocios estaban marchando muy bien para mi familia, mi papá era amigo de políticos y de autoridades de la región, gracias a que los agasajaba con regularidad en una finca de recreo cerca de la laguna de Tota. Marcela me acompañaba a esas reuniones, a pesar de que su familia seguía renuente a nuestra relación. En cambio la mía estaba encantada. 

Como se acercaba su cumpleaños decidieron que debíamos darle algo especial, así que al calor de unos whiskies mi padre propuso que, como yo le estaba enseñando a manejar, le regaláramos el Toyota. Quedé de una sola pieza, pues entendí que se trataba de un reto a la familia de Marcela, por oponerse a que nos aceptaran como socios del Club Campestre. Traté de disuadirlo, era seguro lo tomarían como un gesto de mal gusto que terminaría alejándome de ella. Sin embargo, esperé confiando en que con el pasar de los días y con los gastos del cumpleaños de mi hermana se olvidarían del asunto y le darían un regalo más acorde a la situación.

Las tardes se nos pasaban escuchando casetes en el carro. Ella había comprado lo último de Madonna: Like a Prayer. Lo repetía tanto que ya se sabía las canciones. No me molestaba, estaba un poco decepcionado por la separación de The Police y la canción de Sting como solista “English Man in New York”, no estaba a la altura de los grandes discos que había hecho con la banda. Había adoptado los gustos musicales de Marcela, incluso disfrutaba “Visa Para Un Sueño” y “De Tu Boca” de Juan Luis Guerra que también sonaban todo el tiempo. Hablábamos de lo que pasaría el año siguiente. Ella se iría a la universidad a estudiar diseño gráfico. Le encantaba dibujar. Trataba de convencerme para que fuera con ella y estudiara algo relacionado con los carros, pero estudiar no era para mí. Ya sabía cómo ganar dinero y vivir bien sin necesidad de llenar mi cerebro de información que no iba a ser útil. Conocía los automóviles y cómo venderlos. Eso era suficiente, podía viajar para verla cuando quisiera. Podía llegar a Bogotá por la autopista en menos de tres horas si me lo proponía.  

Como lo había previsto, la celebración de los diecisiete años de Marcela sería en su casa, algo muy íntimo, evitando el ambiente de derroche que se vivía por esos días en la ciudad. Circulaba mucho dinero y nadie se preguntaba de dónde venía. Ellos no querían involucrarse en nada que tuviera que ver con inversiones a corto plazo, no querían arriesgar el futuro de su única hija. Nosotros aprovechábamos el momento, traíamos carros de diferentes marcas y mi padre invertía cada vez más en las exportaciones con el dinero de la gente más pudiente de la región. Yo estaba preocupado, pues aún no vendía el Toyota, y me pidieron que la invitara a desayunar el día de su cumpleaños. Trataba de no pensar en eso, me ocupaba en mostrarlo a posibles clientes en cualquier sitio donde sintiera el olor del dinero. Finalmente, el dueño de un casino mostró interés, pero mi padre insistió que esperará.

El día de su cumpleaños la llevé como lo dispusieron mis padres. Mi madre preparó un desayuno con todo tipo de frutas, jamones de diferentes tipos, huevos y chocolate. Al final sirvió helado de fresa con una copa de vino blanco. Marcela estaba más que complacida. Nunca la habían invitado a desayunar. Repetía que era un detalle muy original. Mi padre hizo un discurso que nos incomodó a los dos. Decía que la consideraba un regalo de Dios para nuestra familia y que la veía como una hija. Le entregó una caja de terciopelo. Ella la abrió y vio las llaves del Toyota en un llavero plateado en forma de M. Yo esperaba una reacción peor de su parte, pero Marcela cerró la caja y les dijo que no podía aceptar el regalo, sobre todo porque sus padres no entenderían el gesto. Mi padre insistió y mi madre le dijo que no se preocupara, pues ella entendía que no se quería comprometer así. Mi hermana la apoyó y cambió de tema, preguntándole que tenía planeado para la noche. Aprovechó para pedirle que no dejará de ir a su cumpleaños al día siguiente.

Esa noche fui a la casa de Marcela según lo planeado. Dejé la moto junto al garaje y al entrar a la reunión noté que además de sus padres no conocía sino a Carolina. Habían venido familiares de su mamá, tíos y primos que nunca había visto en la ciudad. Su padre fumaba y sostenía una copa grande de coñac, como si la calentara en su mano, y le recomendaba a Marcela que no descuidara a los invitados por estar conmigo. Fue un momento incómodo, aunque venía preparado para los desplantes. Le agradecí a Marcela que no les hubiera contado nada a sus padres del carro y del momento embarazoso que le habíamos hecho pasar. Se rio del incidente, dijo que era una de las cosas más divertidas que le habían pasado en la vida. Me llevó donde estaba Carolina y nos dedicamos a poner discos. Nos burlamos de la exclusividad de la reunión. Pasamos a la mesa con todo el protocolo, para cantar en inglés el “cumpleaños feliz”. Justo en ese momento se escuchó afuera un estruendo de trompetas de mariachi. Pensé que se trataba de un asunto familiar, pero la familia me miró como si tuviera algo que ver. Miramos por la ventana y afuera se veía la figura menuda de mi padre con un conjunto de mariachi y dos de sus empleados de confianza. Vi con pavor el Toyota Corolla azul con un moño gigante de regalo pegado en el techo.      

La escena en la calle no parecía tener una salida digna. Al salir el padre de Marcela, mucho más alto, delgado y viejo que el mío, lo recibió de manera cortés. Tocaron dos canciones más y se le acercó a la cumpleañera. Le entregó la caja de terciopelo con las llaves del carro en el llavero en forma de M. Es para su hija, le dijo a la madre, un pequeño gesto en comparación de lo que ustedes se merecen. Ella dijo que de ningún modo lo podían aceptar. Mi padre se acomodó el sombrero que llevaba, les pidió que lo pensaran esa noche, y que de todas formas lo dejaría allí esa noche. Luego se subió en la parte de atrás de su camioneta acompañado de los empleados y los mariachis. La familia se reunió de nuevo sin comentar el incidente. Le pedí a Marcela que les dijera que no se preocuparan, hablaría con mi padre y recogería el Toyota al día siguiente. Bailamos un rato en la sala, puse un casete de The Police, escuchamos “Truth Hits Everybody” a todo volumen, bailamos en el jardín. Al rato me despedí de Marcela sin notar nada raro en ella. Acordamos que yo tenía que alejar a mi padre de nuestra relación, aunque no sabía cómo hacerlo.  

Al llegar a casa llamé a Marcela y nadie contestó. Mi padre estaba durmiendo en un sofá de la sala. Seguí directamente a mi cuarto para no despertarlo. No dormí mucho. Al día siguiente volví a llamarla; nadie contestó y me invadió la ansiedad. Puse al tanto de la situación a mi madre y a mi hermana. Esperaban que algo así sucedería. Mi padre se despertó de buen humor. Cuando le dije que debíamos recoger el Toyota, fue muy enfático al decir que no quería volver a ver el hijo de puta carro en la casa y asunto cerrado, que ya era problema de la familia de Marcela lo que hicieran con él. Me bañé con agua fría y tomé dos aspirinas con jugo de naranja. Me puse las Ray Ban y encendí la moto con el botón de arranque. Tarde menos de quince minutos en volver a la casa de Marcela, el carro todavía tenía el moño en el techo.  

Al verme, salieron los dos, el padre y la madre, a hablar conmigo. Apagué la Honda y guardé las gafas en el bolsillo de la camisa. En pocas palabras, dijeron que yo les había demostrado que me interesaba sinceramente Marcela, pero que por eso mismo debía alejarme de ella. Marcela miraba por la ventana, me hacía señas. Con una mano hacía señas para que me calmara. La otra la puso en forma de manija de teléfono. Perdí el control cuando dijeron que yo sabía que Marcela merecía algo mejor. Les dije “hipócritas” y que se tendrían que retractar cuando tuviéramos sus nietos. El hombre se burló de mis palabras, me tocó la cara y reaccioné golpeando su antebrazo, él se resistió y me golpeó en el pecho. La mujer lo contuvo, vi a Marcela en la ventana y respiré profundo. Toqué el bolsillo de la camisa notando que había roto el marco de mis gafas. Me fui y les prometí con resignación que mandaría a alguien a recoger el carro.

No les conté nada de lo sucedido a mis padres. Confirmé que Marcela nos acompañaría en la celebración sin saber a ciencia cierta lo que pasaría. El teléfono timbró, contesté y era ella. Se disculpó por lo sucedido de todas las formas posibles. Le dije que no se preocupara que éramos unos “Comandos del amor fuera de la ley”. Se río, pero me dijo que no la iban a dejar salir conmigo esa noche, pero que se escaparía. Sentí que el pecho me estallaba. Colgué el teléfono. Esperé a que anocheciera. Me puse un traje gris claro a cuadros, anudé una delgada corbata en el cuello de una camisa italiana. Traté de arreglar las gafas. No tenían remedio. Sabía que no era prudente manejar sin ellas. Pedí un taxi por teléfono y le dije a mi madre que los alcanzaría en el club. Me detuve unas cuantas cuadras antes de llegar. Caminé como un ladrón entre las sombras. Arrojé una piedra pequeña a su ventana. Se asomó y me dijo que me esperaría en el Toyota mientras yo hablaba con sus papás para llevarnos el carro. Me negué y alegó que quizás sería la última noche en que estaríamos juntos. No se equivocaba. Lo hicimos a su modo y cuando subí al carro después de quitar el ridículo moño del techo, ella estaba sentada en la parte de atrás.    

Unas cuadras adelante ella se pasó al puesto del copiloto. Se veía radiante, el color azul de su vestido hacía juego con el carro y con el cielo nocturno. Los ojos me ardían un poco por la ausencia de las gafas, pero no reparé en ello. Conocía la carretera de memoria. Aceleré para llegar a tiempo a la fiesta. Sonaba “Roxanne” en la casetera. Calculaba que nos demoraríamos menos de media hora. Marcela me miró a los ojos, tocó mis mejillas y me dijo que antes de la fiesta fuéramos al mirador donde nos habíamos hecho novios. No pude negarme. La vía era angosta y pedregosa, pero la conocía muy bien. Nos parqueamos a contemplar las luces de la ciudad. Parecían luciérnagas agonizantes. La sentía más agitada de lo normal mientras nos besábamos. Se bajó la parte de arriba del vestido para que besara la suave piel de su pecho. Se quitó la ropa interior de debajo de la falta y se subió sobre mis piernas. Dilatamos el tiempo lo que más pudimos, nos movíamos despacio y con fuerza. Las ventanas se empañaron. No importaba lo que pasaba afuera sino ese pedazo de eternidad que nos estábamos robando. Sonaba “Bring of the night”: I couldn’t stand another hour of daylight, la voz de Sting, la guitarra de Andy Summer, la batería de Stewart Copeland. Volvimos a nuestro tiempo. Abrimos las ventanas para que se desempañaran los vidrios. Ninguno de los dos fumaba. Marcela se arregló el peinado, volvió a pintar sus labios y a delinear sus ojos mirándose al espejo retrovisor. Miré el reloj, calculé la distancia. Aceleraría y llegaríamos antes del inicio del baile.

No puedo decir si íbamos muy rápido cuando nos salimos de la carretera cinco kilómetros antes de llegar al club campestre. Me guiaba por las señales de piso sin reparar en el velocímetro. A los lejos todo era oscuridad. No esquivé con tiempo un carro que circulaba con las luces traseras apagadas. Si hubiera utilizado los frenos estaríamos muertos, por eso hice una maniobra con el timón que nos sacó de la vía. Marcela no llevaba puesto el cinturón de seguridad y, cuando una pequeña montaña nos detuvo, salió volando a través del parabrisas. Quedé inconsciente unos segundos, reaccioné y, al no verla, salí del Toyota. Su rostro estaba cubierto de sangre. Confundida dijo que sus padres la iban a matar. La tapé con mi chaqueta y busqué ayuda en la carretera. Detuve un carro que pasaba eran personas que nos conocían, iban para la fiesta de mi hermana.

Cuando llegó la ambulancia, Marcela estaba todavía consciente. La policía me detuvo para hacerme pruebas de alcoholemia y esclarecer los hechos. Escuchaba a Marcela llamar a su madre. Luego perdió el conocimiento, duró varios días así en cuidados intensivos. En este momento sé que está mejor, le quedó una cicatriz en la cara y casi pierde el ojo izquierdo.  La policía me retuvo. El accidente no reflejaba intenciones homicidas. El problema era lo que mi padre había dejado en el baúl del Toyota. Encontraron una pistola automática y un kilo de cocaína. Era el verdadero regalo para la familia de Marcela. Una advertencia. Quería dejarles en claro quién era él y de lo que era capaz. La responsabilidad la cargué yo. Me dieron una condena corta, gracias a sus influencias. Espero salir de aquí en menos de dos años. Me han dicho que Marcela no quiere saber nada de nuestra relación. Lo que más extraño es escuchar música con alguien que la entiende igual que yo.  

 

Andrés Gómez Morales

1 Comentarios


NRivera 12-09-2018 09:24 AM

Gran relato, me lo imagino en el.año 1986. Esos son los discos que suenan de maravilla en un auto!

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