Literatura

María Elina, la niña que nació de una apuesta

Arnoldo Mestre Arzuaga

20/11/2018 - 15:07

 

María Elina, la niña que nació de una apuesta
Vista aérea de la ciudad de Valledupar / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

Se podía decir que Miguel era un hombre próspero. Su taller automotriz le producía las ganancias necesarias para vivir cómodamente, tenía a su cargo cuatro empleados que le permitían prestar un buen servicio a sus clientes. En poco tiempo su negocio adquirió popularidad en la ciudad y su clientela cada día crecía más y más. Estaba situado en una franja propicia donde solo había almacenes de repuestos y talleres, no tenía patio así que los trabajos se hacían a un lado de la calle, permitiendo el flujo vehicular por el otro lado.

Por allí pasaban vendedores ambulantes de toda índole, ofrecían comidas, loterías y toda clase de juegos de azar, también era zona de tránsito obligatorio de muchas personas que vivian en los barrios vecinos. Era costumbre que los mecánicos, además de comprar cuanto juego de azar les ofrecieran, piropearan a cuanta mujer hermosa pasara por el lugar. Miguel tenía cierta camaradería con sus empleados y entre ellos se gozaban los piropos. Lo que siempre terminaba en risas y carcajadas como festejo cuando el piropo era farolero.

Una tarde cualquiera, Miguel y sus empleados suspendieron todas sus labores para ver a una jovencita muy alegre que caminaba por la calle atiborrada de vehículos, algunos parqueados esperando ser arreglados y otros andando haciendo malabares para poder desplazarse por el constreñido espacio. También la jovencita hacía lo mismo, se movía con su galanura abriéndose espacio entre los vehículos. Miguel fue quien se atrevió a lanzarle un piropo: “Cuidado, angelito, todavía te faltan las alas para volar sobre los carros, pero si quieres paro el trafico para que tú pases”. Ella ignoró el piropo, hizo como si no lo hubiera escuchado, lo que produjo la burla entre sus empleados que rieron a carcajadas, incluso Juancho el de más confianza se atrevió a decirle muerto de la risa,  “Jajaja jefe ni bolas le paró, ya usted no levanta nada”. Miguel retiró la mirada de la muchacha que ya se desvanecía a lo lejos y se enfrentó a sus empleados diciéndoles: “Les apuesto a todos ustedes que esa mujer será mía en poco tiempo”.

Las actividades en el taller continuaban de manera normal, nada había cambiado. De la hermosa muchacha no se volvió a hablar, ni se supo más de ella. Hasta que un día Juancho suspendió lo que estaba haciendo, corrió donde estaba su jefe le tocó el hombro desesperadamente y con un gesto de la boca le señalaba: “Jefe, jefe… mire, la muchacha de la apuesta”. Miguel rápidamente dirigió su mirada donde Juancho le indicaba, era precisamente la misma muchacha, esta vez relucía  radiante, llevaba una falda azul muy corta que permitía ver sus piernas hasta arriba de las rodillas, sus pie estaban adornados con unas sandalias del mismo color de la falda, de plataformas descubiertas que la hacían más alta, acompañada de una blusa blanca muy ceñida a su cuerpo que dejaba al descubierto buena parte de su abdomen, por donde descollaba su hermoso y exuberante busto, lo que la hacía más hermosa.

Miguel, como buen conquistador, corrió a alcanzarla, caminó a su lado y empezó a hablarle, se presentó con su nombre y apellido, le dijo que no tuviera miedo que él solo quería acompañarla. “Además, quiero ser su amigo”. Ella no se inmutó, siguió caminando como si no lo escuchara, él siguió hablando: “Le repito, señorita, solo quiero ser su amigo. Mi deseo no es faltarle el respeto, al contrario, considéreme un admirador de su belleza. ¿Cuándo puede regalarme un poco de su tiempo y la invito a comernos un helado? Me gustaría hablar con usted, tengo pocas amistades en esta ciudad y me gustaría contar con la suya”. De repente ella se detuvo, lo miró de frente y empezó a hablar: “Hasta aquí puedes acompañarme, mi nombre es María Clara, donde trabajo no me permiten llegar con desconocidos. El sábado nos podemos ver a esta misma hora y te recibo la invitación a comernos el helado”.

En el taller todos estaban atentos al regreso de su jefe. Miguel llegó sonriendo y les habló animoso para que todos escucharan: “Ajá… ¿Cuánto van a recoger todos ustedes? La apuesta sigue en pie”. Juancho respondió como vocero de sus compañeros: “Van 20.000 barras que usted no se cuadra a esa muchacha: van respondió Miguel, solo pido una semana, si en una semana no es mía tienen su billete”.

El día sábado Miguel se presentó al taller vestido como si fuera para una fiesta, el olor a María que libraba su cuerpo opacaba al olor del aceite quemado y al de la grasa, no se acercaba a ningún vehículo para no manchar su integral figura, sus trabajadores, se miraban desconcertados por aquel comportamiento. Como siempre, Juancho se atrevió a preguntar con una sonrisa picaresca: “Erda, ¿jefe y qué?¿Va para alguna celebración”. Miguel, sin mirarlos, les dijo airoso, vayan reuniendo los 20.000 pesos que hoy me tomo mis frías con ese billetico.

La tarde estaba por culminar y María Clara no aparecía por ninguna parte. Miguel desesperado caminaba de un lugar a otro, sus empleados reían solapadamente, seguros de haber ganado la apuesta. Algo sucedió para alegría de Miguel y tristeza para sus empleados, María Clara apareció al frente del taller, esta vez estaba más encantadora que nunca, destellaba un jean azul ajustado a su cuerpo, unos tenis rosados del mismo color de la camiseta deportiva, y el cabello recogido mantenido con un prendedor de igual tonalidad. Su boca resaltaba con un labial de un tonillo natural. Miguel corrió a su encuentro, le timbró un beso en la mejilla como si fueran viejos conocidos. “Espérame, angelito, ya traigo la camioneta, solo demoro un minuto”, le dijo retirándose. Solo pasaron algunos minutos cuando una camioneta Ford Ranger de color blanco se ladeaba cerca de la hermosa muchacha. “Súbete, angelito”, le insinuó el conductor. Le abrió la puerta y ella abordó el vehículo.

Los empleados desde el frente, atónitos, observaban todo lo que estaba pasando, cuando el vehículo se puso en marcha lo siguieron con sus miradas hasta esfumarse por la calle. Juancho volteó su mira hacia sus compañeros y habló dudoso: “ Erda, ¿será que vamos a perder la apuesta?”. Todos desalentados continuaron con su trabajo.

Mientras tanto, Miguel, con el vehículo en marcha, le hablaba a María Clara: “Gracias, angelito, por aceptar mi invitación. Me tenías preocupado por tu tardanza, hasta llegué a pensar que no vendrías, perdona que te llame angelito, pero eso eres para mi desde que te vi por primera vez, espero que no te moleste”, ella respondió con una sonrisa afirmando su aceptación. Anduvieron por varios sitios de la ciudad, luego tomaron la carrera novena que los llevó al balneario Hurtado, allí se bajaron de la camioneta se acercaron a la orilla del rio donde se sentaron en una roca parecida a un gigantesco huevo prehistórico. Ella se quitó los zapatos y tímidamente metió sus pie en las aguas frías. “Angelito, no sé si quieras el helado o nos tomamos unas cervezas, aquí son muy deseadas por las personas que vienen a este sitio”, indagó Miguel. Ella de nuevo sonrió pero esta vez le respondió “Como tú quieras”, entonces él le hizo señas a u vendedor para que se acercara, éste llegó con una nevera de icopor colgada al hombro y muy cerca de la pareja dijo: “A la orden, señor”. “Cuenta las cervezas y déjanos aquí la nevera”, le indicó miguel. El muchacho aceptó se retiró quedándose a una distancia prudente de la pareja.

Cervezas iban y cervezas venían, el alcohol empezaba a hacer su efecto. Todo era risa y festejo para la pareja, un equipo de sonido a poca distancia dejaba escuchar la canción de moda de Diomedes Díaz: “Oye, bonita, cuando me estas mirando/ yo sé que mi vida cubre todo tu cuerpo/ oye bonita y me siento tan contento/ que en el instante pienso como será mañana /Cuando te bese totalmente confiado/ que si alguien está mirando/ me comprenda enseguida/ que tus ojos me dominan, que tu boca me fascina/ que tu cuerpo me enloquece”.

El estado anímico y la letra de la canción propiciaron lo que Miguel se había propuesto. No estaba dispuesto a perder la apuesta con sus empleados y, además, la muchacha le gustaba mucho, de modo que inició su conquista, se le acercó más y le dijo casi a quemarropa, mirándola fijamente a los ojos: “me gustas tanto, angelito, quiero que seas mi novia”. Ella bajó sus ojos como aceptando la propuesta, situación que facilitó que Miguel le diera un beso en la mejilla, y como no encontró resistencia, abrazó a la muchacha y empezó a besarla en la boca. Ella gustosa respondió con sus caricias, así de esta forma el noviazgo quedó sellado.

El equipo de sonido seguía arrojando melodías y avivando aquel romance. Ahora era el cantante Jorge Oñate, con su estruendosa voz, quien echaba más leña al fuego: “Esta noche consigo tu amor/ o no vuelvo a tu casa mi vida/ estoy cansado, perdí la paciencia de tanto rogarte/ mejor prefiero llevarme el dolor/ que hoy azota a mi alma a otra parte/ y buscar en otros brazos el refugio de amor que mi alma necesita/ oye tu no juegues con mi vida / oye tu no juegues con mi amor”.

El tiempo fue trascurriendo y la noche apareció con su sombra. Miguel, conocedor del lugar, le hizo señas al vendedor. Éste se acercó y le pagó las cervezas consumidas, el sitio no era recomendado, en horas nocturnas, ya que era frecuentado por delincuentes que aprovechaban la soledad para robar a los bañistas y visitantes. Ahora, con más confianza y animados por el alcohol, salieron abrazaditos hasta donde se encontraba la camioneta, dentro de ella se besaron con más frenesí, antes de partir él le propuso que fueran a un sitio más solo, donde estuvieran más tranquilos y seguros, ella aceptó gustosa, de modo que se fueron a un motel, donde se amaron por muchas horas, y cuando ya habían decidido marcharse, ella empezó a llorar y a tartamudear palabras en su gimoteo: “No vayas a pensar mal de mí, soy una mujer viuda, mi esposo fue asesinado delante de mí por unos narcotraficantes porque les incumplió con un dinero, tengo a una niña y la vida me ha dado muy duro“.

Miguel la abrazó fuerte y le dijo que eso no importaba, la besó amorosamente y ella se sintió más tranquila así que de nuevo se amaron para confirmar su amor. Ya en la camioneta camino al lugar de trabajo de María Clara donde ella también vivía, Miguel le dijo: “Angelito, te agradezco vayas temprano el lunes al taller solo será un momento quiero darte algo”. “Bien, amor, me esperas, pero solo por un momento no puedo ausentarme por mucho tiempo de mi trabajo”.

Ese lunes Miguel llegó sonriente y triunfante a su negocio, antes de saludar a sus empleados les dijo, que el sábado ya se había gastado la plata de la apuesta, así que a todos les descontaría cinco mil pesos de su paga para asegurar sus 20.000 acordados. “¿Cómo así? -replicó Juancho- eso es con pruebas”. “Las tendrán y muy pronto”, confirmó Miguel. “Bueno, que se vean”, respondió otro de sus empleados.

Serían como las diez de la mañana cuando María Clara se presentó al frente del taller, esta vez no iba tan arreglada pero su belleza era evidente, todos en el negocio la vieron y se miraron entre sí desconcertados.  Miguel caminó rápido hasta donde ella se encontraba, y sin medir palabras le estampó un beso en la boca como prueba de su conquista para sus empleados, después sacó del bolsillo derecho de su pantalón una bolsita y se la entregó a Claribeth, al abrirla ella se percató de su contenido, eran unos chocolates americanos muy ricos y apetecidos para esa época. “Gracias, mi Ratón divino”, lo llamó ella por primera vez.

Los encuentros concertados eran frecuentes en la pareja, María Clara se aparecía todas las tardes cuando ya se acercaba la hora de cerrar el taller. Salían en la camioneta y siempre terminaban en un motel donde le daban rienda suelta a su amor apasionado.

Algo sucedió que cambiaría el rumbo de este romance: la ultima tarde que se vieron, ella estaba muy triste y preocupada, así lo develaba su rostro y su ánimo: “Ratón, estoy embarazada”, le dijo sin ningún preámbulo. Esta noticia no fue muy bien recibida por Miguel, detuvo el vehículo y le habló enérgicamente: “Tú no puedes tener ese niño, soy un hombre casado y esto me traería problemas con mi esposa, tenemos que interrumpir ese embarazo”. “Como así, nunca me habías dicho que eras un hombre casado, de saberlo no me habría enredado contigo, siempre me mentiste”, él hizo caso omiso a las palabras de ella y siguió hablando: mañana vienes a las diez al taller para que visitemos un medico amigo.

La mañana siguiente María Clara se presentó muy temprano al frente del taller. Ya Miguel la estaba esperando, le hizo una señal con un giro de de su cuello para que lo siguiera. Así lo hizo ella, caminaron hasta un parqueadero donde guardaba su camioneta, la abordaron y partieron rápidamente, en el trayecto, sin aflojar su rostro de piedra, Miguel le dijo: “Tienes que hacer todo lo que el médico te diga, yo pagaré todos los gastos, ese niño no puede nacer para bien de los dos”.

Cuando llegaron al consultorio médico, María Clara irrumpió en llanto, se bajó del vehículo rápidamente y corrió sin rumbo, hablando para sí misma: “¡Noo! ¡No! Eso no lo haré, no voy a matar a mi hijo”. Miguel trató de seguirla, pero ella se le perdió en medio de los transeúntes. Desde ese día no volvieron a verse más.

María Clara siguió prestando sus servicios de empleada doméstica, donde era muy querida por sus patrones. Ellos nunca se percataron de su gravidez, las ropas que usaba ocultaban su embarazo, de modo que el tiempo fue pasando sin ninguna notoriedad hasta que una mañana sintió un dolor fuerte en su vientre. Era tan irresistible que corrió a su cuarto se despojó de su ropa íntima y no pudo evitarlo, algo bajó desde sus extrañas y salió a la luz de sus ojos. Los quejidos inevitables pusieron en alerta a su patrona que de inmediato se presentó y, al abrir la puerta del cuarto de María Clara lo que vio la dejó pasmada. Empezó a gritar hasta llamar la atención de su marido, éste, al ver el cuadro que tenía ante sus ojos, corrió a un centro de salud muy cercano y se presentó con un enfermero, quien de inmediato procedió a hacer su trabajo: cortó el cordón umbilical y limpió al recién nacido. Al final se pronunció mirando a la madre: “Es una niña. Felicitaciones, señora”.

El hecho se regó por todo el vecindario, y muchos vecinos iban con algún pretexto sólo para ver a María Clara y a su niña, en una de esas visitas inoportunas una señora le propuso que le regalara la niña que ella no tenía hijos y le daría una crianza estable, tenía cómo educarla, dijo, pero que si aceptaba todo se haría por la vía legal. María Clara estaba confundida, su estado anímico estaba por el suelo. Su patrona intervino para darle más argumentos a la petición de la señora: “Piense bien las cosas, usted tiene otra niña de apenas dos añitos, está sola y no podrá criar bien a esas niñas. La señora es conocida, tiene su trabajo estable de costurera y la niña estará en buenas manos”.

Casi inconsciente, sin fuerzas e influida con las palabras de su patrona, la mujer desde su cama aceptó la propuesta. Al día siguiente, Elina la costurera se presentó muy temprano. Llevaba consigo una bañera, unas maraquitas, y un juego de oro de unos areticos y una cadenita. Apenas estuvo al frente de la niña la cargó y procedió a abrirle las orejitas. Estas visitas eran frecuentes y varias veces al día. Definitivamente, estaba entusiasmada con la niña.

Cuatro días después del parto se presentó con un abogado y casi a la fuerzas hizo levantar a  María Clara para concretar la adopción ante el funcionario pertinente. Éste le sugirió que la niña llevara el nombre de las dos madres, la natural y la adoptiva, acordaron llamarla María Elina. Desde ese momento María Clara perdió contacto con su hija, y después de hacer todo lo que la ley ordenaba, Elina se llevó a la niña, parecía que la recién parida era ella, la vistió con ropitas rosadas y haciendo nido en sus brazos cargó con ella para su casa.

Todos los familiares fueron a conocer a María Elina, incluso su abuela (la madre de Elina). Después de cargarla y observarla detenidamente, le dijo a Elina: “Es muy bonita, pero va a ser bajita. Mira el tramo de la rodilla al pie es corto”.

El tiempo fue transcurriendo y María Elina creció. Su comportamiento era como el de cualquier niño de su edad, ya tenía cuatro años y era notoria su precocidad. Todo lo preguntaba y asimilaba las cosas fácilmente. A esa edad ya leía los cuentos, infantiles que su mamá adoptiva le compraba, en la escuela su maestra la quería mucho lo que produjo el celo de algunas madres que empezaron a murmurar sobre su origen y hasta le contaron a sus hijitas, por eso algunas se atrevían a preguntarle sobre su madre natural. A María Elina esto no la amilanó, por el contrario, cuando llegó a su casa, le hizo la pregunta a su madre. “Mami, tú no eres mi mamá, pero yo te quiero mucho. ¿Quién es mi mama?” Elina quedó pasmada ante la pregunta de la niña, no le respondió, pero sí captó la capacidad mental de la niña.

Desde este momento, Elina se aferró más a su hija, pensaba que en cualquier momento María Clara se la iba a quitar y la niña preferiría a su madre natural. Nació en ella una obsesión y un amor enfermizo, que le impedía dejar a la niña tranquila. Iba al colegio a darle vueltas y no la dejaba jugar con otros niños. A medida que iba creciendo más se sujetaba a ella, ya adolecente la llamaba frecuentemente para preguntarle dónde estaba y con quién andaba, esto se repetía y se hacía más intenso incluso cuando María Elina se graduó como abogada seguía con su misma actitud. Nunca le habló de su madre natural y, sí su hija insistía, le daba falsa información.

Por casualidad María Elina se enteró que su madre adoptiva y su madre natural tenían contacto. En una ocasión, sin quererlo, escuchó una conversación de las dos, donde Elina le preguntaba a su madre natural donde estaba viviendo, escuchó claramente cuando Elina le repetía lo que le decían del otro lado de la línea y ella repetía: “Ah, ya estás aquí, en Valledupar, trabajando donde Leonardo Ustariz”. Solo escuchó eso, pero se le quedó grabado y, apenas pudo, buscó la ayuda de su primo Armando, un hombre mayor que ella que conocía a todo el mundo en la ciudad. Le contó lo que había escuchado y éste le dijo que conocía a Leonardo, era su pariente. Sin perder tiempo, le enseñó la casa y, desde entonces, cada vez que podía pasaba enfrente buscando la oportunidad de ver a su madre María Clara.

Hasta que un día se decidió. Llegó y tocó la puerta. Cuando le abrieron, preguntó por su nombre, la persona que le abrió, habló fuerte para que la escucharan: “María, la busca una señorita”. Ella apareció al instante, y se puso a sus órdenes. “Soy María Elina, tu hija”, le dijo la recién llegada. María Clara casi desfalleció. Sacó fuerzas de donde pudo y le dijo: “Sigue a mi habitación”. Estando en la habitación, se desbordó en una llanto interminable y, al mismo tiempo, le hablaba a su hija: “Perdóname yo nunca quise desprenderme de ti, he sufrido tanto en estos 27 años, han sido mi castigo por regalarte, tu madre adoptiva nunca me ha dejado acercarme a ti, recuerdo que una vez te vi en un almacén de víveres andabas con ella y tú sin conocerme corriste y me abrazaste, tenías como cinco años, ella se llenó de celos y amenazó con echarme la policía si me acercaba a ti, desde entonces no había vuelto a verte”.

María Elina le dijo que no había nada que perdonar, que ella quería conocer a su verdadera madre y se sentía feliz por haberla encontrado. Se abrazaron como señal de perdón y feliz reencuentro. Conversaron por mucho tiempo, María Clara le mostró fotos de ella cuando estaba joven y de su otra hija, mira esta es Ana, tu hermana, es mayor que tú de dos años.

Desde ese día los encuentros fueron frecuentes, pero a escondidas de Elina (quien de seguro moriría de los celos porque todavía no había superado la obsesión). En uno de los encuentros María Elina preguntó a su madre sobre la vida de su padre, que quién era, ella le respondió que no había sabido más de él. “Solo puedo decirte su nombre porque nunca le pregunté su apellido, una vez fui donde tenía el taller para hablarle de ti y ya no existía. Uno de los empleados me contó todo, me dijo que me había conquistado por una apuesta que hizo con ellos, también me contó que había fracasado en su negocio, que después del desastre de Armero y la quema del Palacio de justicia en 1985, las cosas andaban mal en el país y Miguel no había sido ajeno a todo esto, su economía se fue a tierra”.

María Elina, la niña que nació por una apuesta amorosa, ahora vive feliz con sus dos madres, aunque su madre adoptiva no lo sabe, nunca le ha contado por su estado de salud y teme causarle algún daño. También es exitosa en su vida profesional donde goza de gran prestigio por su profesionalismo y seriedad.

 

Arnoldo Mestre A.

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

1 Comentarios


Charles mach ete 21-11-2018 05:46 PM

Tambien pediste tierras al incoder? , cuenta la historia como anecdota del valle del cacique.

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