Literatura

Traición

Diego Niño

02/12/2018 - 21:05

 

Traición

Alejandra contempla las fotos que Javier y sus amigos subieron a Facebook. Quiere encontrar un detalle que explique por qué Javier, su novio, no la invitó al paseo. No busca razones sino evidencias que confirmen que está con una vieja. Con una perra, se corrige: todas las mujeres son unas perras. Incluso ella, se dice recordando el episodio con el tipo casado.

Les hace zoom a las fotos hasta que se pixelan. Tiene la esperanza de que se vea un reflejo o una sombra delatora. Pero no encuentra nada. Examina a los amigos de Javier. Tienen el aire de suficiencia de los hombres que cruzan la sombra de los cuarenta. En cambio, ella carga sus veinticinco años de inseguridades como si fuera un bulto de escombros, como si fuera una cicatriz. Quizás por eso Javier no la llevó al paseo: se avergüenza de su simplicidad. O puede que se avergüence porque es flaquísima, casi un esqueleto. Y más si se compara con las esposas de sus amigos, que son bastante robustas, repuesticas, como si el diminutivo, fuera menos hiriente.  

Deambula por la foto hasta detenerse en Javier. Está frente al asador con una expresión de la que deduce que la está traicionando. Todo se lee en sus ojos: desde la adrenalina de una aventura amorosa hasta el temor de ser descubierto.

¡Malparido!

El insulto se desfigura en un alarido que rompe la tranquilidad de la noche. Toma aire y observa la fotografía una vez más. Cuenta los comensales: siete. Aprieta los ojos, sonríe. ¿Quién tomó la fotografía? Cuenta de nuevo: siete. Suárez, Beatriz, Patiño, El Negro, Carlos, Mónica y Javier.

Llama a su novio.

*

—¿Quién putas tomó la foto si aparecen siete? —le grita.

—La foto la tomó Jonathan —responde Javier tranquilo.

Alejandra calla. Se siente como una idiota. Javier aprovecha la pausa para decirle que se encontrará al siguiente día con Ivonne Castillo, una amiga. Una amiga, repite Alejandra antes de que su mente se desconecte. Se despide apresuradamente y cuelga para digerir la noticia.

*

Amiga; las güevas. Ninguna mujer puede ser amiga de un cuarentón. De nuevo recuerda el episodio del hombre casado: canoso, serio, con la palabra justa, con el gesto indicado. Todo iba bien hasta que terminaron en un motel. No sólo era torpe en la cama, sino que llegó más rápido que un adolescente. No aguantó ni diez minutos. El tipo se extendió en explicaciones no pedidas: que estaba casado, que amaba a su esposa, que sus hijos eran la razón de su vida, que el trabajo y el estrés lo tenían hecho trizas. Un montón de lugares comunes que le produjeron nauseas a Alejandra. Bastante mal había estado en la cama para rematar con ese rosario de güevonadas.  Además, se le ocurrió sugerir que temía que ella se enamorara de él. ¡Enamorarse de un mal polvo! Cretino. ¿Por qué les cuesta tanto a los hombres entender que las mujeres también quieren un polvo y nada más?

Contempla la foto y cuenta: siete. ¡Mucha idiota! El recuerdo de Javier se le incrusta en la boca del estómago como una cuchilla. No tiene que esforzase para recordar el nombre de la “amiguita”: Ivonne Castillo.

La busca en los contactos de Javier. Su foto de perfil es un gato que mira la cámara con indiferencia. Esculca los álbumes para saber cómo es Ivonne, pero sólo encuentra el gato en todas las posiciones y escenarios. Tiene la sensación de estar pasando las fotos de un catálogo de venta de gatos. Al final encuentra a una mujer de su edad, con pómulos amenazantes y una mirada de trepadora que le hace vibrar los ojos hasta que descienden dos lágrimas.

¡Perra!

Quisiera estar en la casa de su mamá, enrollarse en las cobijas y esperar a que todo se solucionara por sus propios medios. Pero su mamá está a más de doscientos kilómetros, en una ciudad varada en el siglo XVIII. Alejandra llora hasta que se acuerda de David.

Lo llama.

*

David llega una hora después con una caja de espaguetis, tomates, ajos, albahaca y dos botellas de vino. Cocina con una eficiencia que le produce envidia. Comen y beben. David no la escucha por amistad, sino porque le tiene unas ganas espantosas. Hasta parece que eyaculara cuando ella pasa su mano por su pierna. Algunas veces le gusta sentirse deseada por él. Otras veces le produce pena. Incluso siente lástima.

A media noche llama a Javier. Le suelta una cantaleta de media hora, que él no escucha. Se limita a emitir quejidos. Al final le dice que está cansado y que se acostará porque tiene que madrugar.

Alejandra le tira el teléfono.

—Sólo existe una razón por las que un hombre madrugue en un paseo: sexo —afirma David al tiempo que llena la copa de Alejandra, quien va al baño con pasos torpes. Minutos después sale con la cara lavada y los ojos inflamados.

*

Al tercer beso, Alejandra comprende que la infidelidad no es el camino. Le agradece a David mientras le cuelga la chaqueta en el brazo y lo lleva a empujones hasta la puerta. Cierra, pega la espalda a la pared y se desliza hasta quedar sentada en el piso. Se entrega a un llanto que parece cobrar las amarguras de la última década.

En la madrugada decide llamar a Javier. No sabe qué le dirá; sólo sabe que quiere hablar con él. La llamada entra a buzón sin los timbrazos preliminares.

¡Cabrón!

*

Siente que abren la puerta del apartamento. Cree que es una pesadilla. Intenta mover la cabeza, pero siente un puntillazo en la sien. El guayabo transformó su cerebro en un estropajo. Da media vuelta y se enrosca en las cobijas. Siente que la observan desde alguna esquina del cuarto. Quizás desde la puerta. Aprieta las cobijas para espantar el desasosiego. Se hace tangible la sensación de ser observada. Abre los ojos, ve una sombra, salta de la cama para quedar frente a un hombre alto.

—¿En serio creíste que me vería con Ivonne? —dice Javier con una sonrisa encerrada en dos arrugas.

—¡Idiota! —responde Alejandra con deseos de llorar.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

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Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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